Opinión

Orgullo y prejuicio

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 12 de julio de 2017

Ser de Madrid significa muchas cosas y muy variadas. Yo comparo a esta gran ciudad como si de un cantón suizo se tratase, pero todavía más neutral, más acogedora, más alegre y sobre todo más de bocadillos de calamares. Baste con ver el programa ese de madrileños por el mundo para entender cuanto se valoran estas reliquias cuando se está en lejanía.

Vista la ciudad desde las alturas no es lo mismo. Conviene callejear e impregnarse del desorden que atesora y a la vez de la armonía que nos brinda. Nadie queda indiferente porque en Madrid se convive con la improvisación y casi siempre a uno le salen bien los planes. Da igual quienes manejen el timonel en el Ayuntamiento. Es lo de menos. Los madrileños estamos revestidos con una pátina de permeable conducta. Abnegados, muy sufridos y hasta serenos pagadores, porque en la capital se paga todo y por todo.

En Madrid todos los días son fiesta, incluso las que siempre fueron de guardar. No hay remilgos para acoger cualquier amago de jarana. Da igual una manifestación en contra del maltrato hacia el cangrejo australiano que una concentración en favor de la cerveza de barril. Y de ahí a mayores, como la macro fiesta del Orgullo Gay, porque aquí somos de buena acogida y lo que sea menester.

Tolerancia, diversidad y respeto por igual a unos, a otras y al resto de seres humanos es lo que preconiza el espíritu de esta gran ciudad. Sin ir más lejos la regidora alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, estuvo presente durante el despliegue de la enorme y vistosa bandera arcoíris en la fachada del edificio del Ayuntamiento: "No solo tenemos el orgullo de colocar nuestra bandera LGTBI aquí en el Ayuntamiento, sino que este es un acontecimiento que demuestra hasta qué punto el Ayuntamiento ha conseguido que haya muchas sinergias para conseguir esta imagen de Madrid", señaló Carmena. Razones de cargo no le faltaron a la regidora diciendo esto con alborozo, banda y música de por medio. Y los madrileños, tan justos como es habitual, participamos del convite en la creencia de tener una fachada para toda clase de banderas o pancartas por igual.

Pero no hay felicidad completa. Y es que ni todo es jolgorio ni salteado de colores a la hora de medir raseros. La señora Carmena saca pecho (con perdón) para unas cosas, sin embargo estropea las consideradas sinergias al no mantener el equilibrio entre las duras y las maduras. Me estoy refiriendo a la inmejorable ocasión para que doña Manuela haga buena la asociación de valores igualitarios que tanto preconiza si cambia por unos días la pancarta de Welcome Refugees por otra que rememore el recuerdo de Miguel Ángel Blanco. Hace ahora 20 años de aquel asesinato que tuvo una tremenda respuesta en toda España y en particular en Madrid, con numerosas movilizaciones y con más de un millón y medio de personas bajo la consigna de Paz, Unidad y Libertad.

Mire señora Carmena, usted es madrileña y sabe que los madrileños lo somos por méritos propios, porque hemos sufrido la franquicia del terror en diferentes versiones y ello nos ha servido para crecer en la no violencia y en la no intolerancia, de manera que a estas alturas partimos con la ventaja de conocer lo que no queremos. Esa es la grandeza de Madrid y ese es el mensaje que debe ondear en la fachada. Hágame caso y para la ocasión cuelgue la pancarta haciéndolo sin ruido ni estridencias. Nada de política, nada de ideologías, nada de malos rollos y sí mucho de humanos sentimientos. Ni orgullo ni prejuicio, Doña Manuela, basta solo con aplicar una parte de esas sinergias de imagen que dice usted haber conseguido para Madrid, principalmente porque esta ciudad es de todos y para todos.

No hay excusa posible, porque en esto del terror, una sola víctima simboliza al resto. La historia nos da lecciones para copiar y pegar en ejemplos, de manera que para la ocasión voy a citar a Martin Luther King. Mire usted por donde la casualidad, también un solo hombre asesinado, pero todo un símbolo mundial para quienes defendemos la igualdad, la tolerancia y la diversidad.

Es lo que tiene ser alcaldesa de los madrileños, que somos muchos. De ahí la exigencia de ser equitativa en el mandato. Tómelo como un cumplidoy hágame caso en lo de colgar una pancarta en la fachada. Aunque ya sé que no.