Opinión

Lola quiere sacar los tanques

TRIBUNA

Emilio Arnao | Viernes 14 de julio de 2017

María Dolores de Cospedal, mi Lola, División Azul de cuando el Tercer Reich, según la hemos oído con su voz de legionaria militar, quiere poner todos los medios de las Fuerzas de Orden y Seguridad del Estado en el caso que arribe ese fatídico 1 de octubre que está ya ahí, como caído cual fruta madura. Lola quiere literaturizar su cargo de ministra de Defensa y acatar con orden y ley lo que manda la Constitución en el caso de una rebelión institucional como es el caso del desafío catalán. Imposibilitada la puesta en marcha del artículo 155 por fabular lo luciferino y lo inquisitorial, según parece sólo quedan los cielos, las tierras y los mares para impedir por la fuerza lo que, con mucha anterioridad, debía haberse contratado y contraatacado en los despachos.

La independencia de Cataluña hace tiempo que debería haberse estudiado de una manera psicoanalista en esa asignatura homosexual que es la política. Sólo desde lo político se organizan los terremotos de los Estados. Sólo desde la deontología de la palabra y del diálogo se puede entender el combate histórico, la caries de una cronología, el derrame cerebral de un tiempo en tanto que es el tiempo el que pone sus piernas de angustia y confrontación desde que lo Uno metafísicamente no puede convivir con lo Otro. En este mundo en cuanto dos opiómanos se juntan surge de inmediato la economía globalizada del opio.

Cataluña –cierta Cataluña- quiere entrar en la guerra del opio contra el Estado español, y como toda contienda aparecen el culto del ego, el diamante de la cultura, los libros de Historia y toda una lejanía que ahora se aproxima con toda la razón de la sinrazón.

Aquí no hay solución posible. Estamos ocultados en las profundidades de un océano en donde los submarinos no quieren saber nada del debate parlamentario, de la negociación ética y posética, de la odontología de una ley que asuma el acuerdo, el yo y el tú y el otro y el uno. Contra todo eso se propone el uso de la fuerza –constitucionalmente escrita- para la búsqueda de una solución a una enfermedad que está en su estado ya más que terminal. La Historia es imparable y es sólo desde la lectura de lo histórico como se puede comprender el caso catalán. Todo lo que está ocurriendo no es sino ese naipe falso con que se juegan los paisajes históricos y que ahora mismo se están desbordando si lo observamos por el telescopio de los submarinos.

Son esos submarinos los que Lola de Cospedal quiere poner bajo la estatua de Colón. Es el uso de la fuerza lo que mi Lola quiere, como mujer fiera que es, imponer para que la Sagrada Familia siga siendo Sagrada pero sin Gaudí. Lola se quiere cargar esta inmensa crueldad en que consiste el separatismo provenzal con todo el poder del que dispone un Estado democrático para combatir en sí misma la energía de esa otra democracia que es la que respalda a Cataluña como signo y fábula a la hora de decidir lo que quiere ser, con quien quiere estar, por qué desea conmover, desmontar, indicar la ira, en definitiva, poseer el derecho de disponer de su propia economía. Lola quiere luchar con sus piernas poderosas no a una voz o a una posibilidad histórico-cultural sino a esa estrategia que surge desde la economía como base para toda integración o desintegración.

Aquí lo que manda es la economía. Y no hay más muñecos de trapo. El dinero cubre el color de las esteladas mientras Lola quiere bombardear esa ecuación económica con esa náusea que aparece siempre que se hace uso del poder para escribir la literatura del diario de un ladrón. Voluptuosidad y convivencia. Éstos son los conceptos básicos para que el 1 de octubre no se convoque un nuevo fascismo. El fascismo guerracivilista de los submarinos.