Opinión

Vieja y nueva oratoria

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 14 de julio de 2017

La cultura del orador clásico, como la del político actual, debe ser lo más enciclopédica posible, porque debe saber encajar la materia de la que ha de hablar en un contexto general. La materia de la retórica son todos los asuntos que se puedan ofrecer al discurso. Cuando Aristóteles dividió al discurso en tres clases o genera orationum, iudiciale, deliberativum et demonstrativum, este último dividido en alabanza y vituperio, asignó al orador todas las cosas del mundo y sus relaciones. Cicerón llamará a los aristotélicos “orationum genera” “genera causarum”, materias del arte oratorio, que exigen cada una de ellas la inventio y la dispositio, la elocutio y la memoria, y la pronuntiatio sive actio. La Retórica pone freno a las acrobacias del discurso encajando a éste en un modelo clásico que ha pervivido más de 2.600 años. Memorizar este modelo garantiza la coherencia, la comprensión del oyente y la belleza, pero un sistema político fundamentado en el olvido sistemático, como es éste, no puede producir arte oratoria.

Hay tres cosas que debe aportar el orador en cualquier discurso: enseñar, mover y deleitar. Cada discurso se fundamenta en una causa, y una causa es un asunto, cuyo objeto es una cuestión discutida. En palabras de los romanos: “Causa est negotium, cuius finis est controversia”. Eso es, no hay oratoria posible con consenso, la madre que mueve el discurso y la política se llama controversia. Generalmente, la causa en el discurso político, deliberativo, no representa negar la existencia de la cosa o afirmarla, sino justificar el hecho o, por el contrario, criticarlo, vituperarlo o denunciarlo. Se trata de interpretar y valorar de acuerdo a una ideología latente y de acuerdo a una interpretación del ordenamiento jurídico. La causa, a la que pertenece la mayoría de los casos en litigio, cuando no se niega el hecho, sino que se defiende lo acontecido por una razón justa.

El acusador o atacante utiliza la conjetura, que deriva de coniectus (lanzamiento), en tanto que el acusado la negación (infitiatio). En la política y el ámbito forense predomina más la intención ( voluntas ) que el texto legal. Sin intención no hay controversia.

¿Por qué hoy no existe una oratoria política digna de tal nombre, que si no se funda en la retórica clásica, se funde al menos en alguna otra? ( Se nos ponen los pelos como escarpias cuando pudiera alguien llamar la retórica actual a los power-point o los prezzi, gracias a los cuales cualquier bárbaro ignaro te pueda endilgar un discurso ) Hay más de una razón. Como me decía hace unos días en una comida don Antonio García-Trevijano, cuando la política oligárquica genera una ciudadanía que se degrada en aficiones de la misma categoría que las futboleras, el placer de la sola victoria barre todo mínimo asomo de la emoción humana ante la exposición bella de la verdad, de los principios nobles y del rigor de la argumentación en la controversia. No basta con que haya libertad para la oratoria sino que también importa muchísimo cuales son los principios morales de los oyentes ( “plurimum refert qui sint audientium mores”). Sin amor general a la verdad no existe oratoria ninguna. Porque la oratoria no sólo obliga a decir la verdad, sino que en cierta manera se creó para hacerla ostensible (“veritas non solum dicenda, sed etiam ostendenda est”, afirma Quintiliano).

Decían los clásicos que pocas son las cosas de las que brotan todos los discursos: el hecho y lo no sucedido, el derecho y la injusticia, el bien y el mal. Efectivamente tres son las preguntas que se plantean en todo caso discutido, a saber: si existe la cosa, qué es y cómo es.

El objeto artístico de la oratoria es el discurso. Tradicionalmente la dispositio clásica organiza el discurso en cuatro Partes:

I. EXORDIUM: En el exordio (gr. “prooímion”) el orador debe lanzarse con prudencia, reserva y medida. La solemnización del comienzo o de la inauguración es un problema que excede la retórica (ritos, protocolos, liturgias ). En algunos discursos del género deliberativo vemos que no hay exordium, se entra in medias res. Es cuando el orador recomienda un fin o un objetivo de forma abrupta o trepidante. El exordio tiene como objetivo hacer a los oyentes (jueces o pueblo) benévolos, atentos y receptivos (“benevoli, attenti et dóciles”). El exordio comprende canónicamente dos momentos: A) captatio benevolentiae, o intento de seducción del auditorio al que inmediatamente se trata de captar con una prueba de complicidad. La retórica clásica y medieval tiene una miríada de tópoi o trucos para conseguir el orador la simpatía de los jueces o del auditorio ( la humildad, un chiste,…todo aquello que produzca cercanía y atención ). También a veces encontramos en este apartado un excursus o eggressio en forma de anécdota sabrosa con que “enganchar” al público. Debemos ser humildes en esta parte y considerarnos a nosotros mismos de poco talento y dignidad, pues había entonces una natural tendencia del pueblo a favorecer a los modestos (hoy que el pueblo ha sido sustituido por los “idiôtai” aislados, la cosa ya no es así, pues que la razón común ha desaparecido y los fantasmas tienen prestigio). Tampoco debemos dar la idea de confiar mucho en nosotros mismos, pues tanto el juez como el pueblo aborrecen por lo general la autoconfianza de quien litiga por un derecho. Tampoco debemos olvidar cuando iniciamos un discurso que tanto los jueces como el pueblo no quieren solamente ser informados, sino también deleitados (“nec doceri tantum, sed etiam delectari volunt”) B) El segundo momento es la partitio. En ella se anuncia el plan del discurso, los apartados de que consta en relación al contenido. La ventaja de esta parte reside en que, según Quintiliano, nunca parece largo algo cuyo término se anuncia, sabiendo en todo momento el oyente cuánto falta para acabar, no de otra manera que a los viajeros quitan mucho cansancio las distancias indicadas en las inscripciones de las piedras miliares (“detrahunt fatigationis nota inscriptis lapidibus spatia”). Esta parte del discurso está en decadencia en cuanto que con ella se buscaba en su día el favor de los oyentes (“petatur audientium favor”) y hoy el discurso deliberativo –aquél que se hacía para persuadir o disuadir– se pronuncia sólo ante entregados devotos o ante adversarios sordos. El exordium debe terminarse explícitamente con alguna cláusula que así se lo indique a los jueces o al pueblo. “Oíd ahora lo que sigue”, “paso ahora a aquélla parte”, etc.

II. NARRATIO (la diégesis griega). Es el relato de los hechos intervinientes en la causa, pero este relato está concebido únicamente desde el punto de vista de la prueba; es la exposición persuasiva de algo que se ha hecho o se pretende que se ha hecho. La narración no es, pues, un relato ( en el sentido novelesco y como desinteresado del término ), sino una prótasis argumentativa. La narratio ofrece información ordenada del tema (“ordinem rei docet”) Presenta dos caracteres obligados: 1) la desnudez: nada de digresiones, nada de prosopopeya, nada de argumentación directa. Según la escuela de Isócrates, debe ser clara, verosímil y breve (“lucidam, brevem, veri similem”). Será patente y transparente, expuesta con palabras apropiadas, certeras y jamás vulgares, que no sean, sin embargo, rebuscadas y alejadas del uso común (“ab usu remotis”). No se debe decir más que lo que es necesario, sin tautologías ni parissologías. 2) su funcionalidad: es una preparación para la argumentación; la mejor preparación es aquella cuyo sentido está oculto; la narratio tiene simientes escondidas ( semina probationum ), que deben aparecer aunque pasando desapercibidas y que brotarán en la tercera parte del discurso, pues la narración no se inventó con la finalidad de que el juez o el pueblo solamente conozcan la cosa, sino para algo más, para que presten asentimiento. Hoy ya no es que pasen desapercibidos (latuerint) los trucos (“calliditates”) con que se pretende engañar al pueblo o al juez, sanos de juicio ambos, sino que toda la narratio es un fragmento de una mentira consensuada, como tesela de un mosaico fabricado no sólo de espaldas a la verdad, sino contra la verdad. Pero la mentira pactada de toda una generación obliga a tener bien engrasada la cuarta facultad de la oratoria, la que es la Memoria, pues como decía el vulgo romano “mendacem memorem esse oportet”, y muy a menudo, cada vez más, quienes protagonizan la oratoria actual entran en contradicciones insuperables, “quoniam solent excidere quae falsa sunt” ( porque se suelen olvidar las cosas que son falsas ). Vivimos un momento de la oratoria en que los olvidos de lo amañado llegan a eclipsar la propia mentira. Al pueblo español le pasa hoy lo que a Laodamía y a Pigmalión en la mitología clásica, que tienen como pasión lo que no existe, una mentira o “figura”, que es como se llama las mentiras en la Literatura, una “figura” que no siente sus caricias, ni sus besos ni apasionados abrazos, ni su amor, porque no está fundado en la verdad, o espejo de la realidad nacional. La narratio incluye dos tipos de elementos: los hechos/facta y las descripciones/ékphraseis. Hoy, en estos tiempos tenebregosos de postverdad y hechos alternativos, la narratio contiene la transparencia de la mala literatura de ficción, kitsch, a la que sólo se le exige la coherencia verosímil de los impossibilia (adýnata) y la coherencia de los caracteres de los sujetos diegéticos y metadiegéticos. A veces la narración es un simple enunciado: “Yo no he matado a ese hombre”, “tú estuviste en ese lugar en el que fue asesinado tu enemigo y tenías una espada ensangrentada en tu diestra”, “Yo afirmo que Horacio ha matado a su hermana”, etc. Ahora bien, la brevedad no debe carecer de aliño (“non inornata debet esse brevitas”), porque menos largas parecen las cosas que procuran distracción. Suele terminar la narratio con cláusulas del tipo, “habéis oído lo que hasta aquí sucedió, oíd ahora lo que sigue”, etc.

III. CONFIRMATIO. A la narratio o exposición de los hechos le sigue la confirmatio o exposición de los argumentos: es aquí donde se enuncian las “pruebas”. Si la narración es un continuo enunciado de la demostración o confirmatio, la demostración será una argumentante corroboración en armonía con la narratio. En numerosos discursos la confirmatio comienza con una parékbasis o egressio, una digresión o excursus en que el orador se explaya a través de algún elemento del discurso ( patria, persona, tipo de delito, asunto político, etc. ) a fin de aumentar la veracidad de la probatio de los hechos contados en la narratio indirectamente. La confirmatio (apodeixis) puede incluir tres elementos: 1) la propositio (prothesis): es una definición concentrada de la causa, del punto a discutir; puede ser simple o múltiple, esto depende de los cargos o temas; 2) la argumentatio, que es la exposición de las razones probatorias; se debe comenzar por las razones fuertes, continuar por las pruebas débiles y terminar con algunas pruebas muy fuertes; 3) la altercatio, el ataque racional en 2ª persona al adversario político (genus deliberativum) o al abogado de la otra parte (genus forense).

IV. EPILOGUS. La última parte de la oratio supone el intento del orador de dejar con buen sabor de boca a su auditorio. Por ello, entraña la parte más literaturizada, más bella, con mayor emoción moral. Quizás lo más bello de la literatura clásica se encuentre en estas perorationes. Presenta dos nieveles: 1) el nivel de las “cosas” (posita in rebus): se trata de retomar y resumir ( enumeratio, rerum repetitio); 2) el nivel de los “sentimientos” ( posita in affectibus ) en el que el orador hace vibrar las cuerdas más sensibles. Es la gran escena del político o del abogado. Una escena de gran teatro. En el genus deliberativum de tipo electoral (el meeting) “peroratio incendit et plenos irae reliquit”.

En general, el discurso político debe ser sencillo y digno, y adornarse más de pensamientos que de palabras. Como las palabras se armonizan con las cosas, reciben ya su brillantez del propio resplandor de la materia (“ipso materiae nitore”). En general, el político deberá preferir el honor a la utilidad y, en general, defender la utilidad a través del honor, haciéndola honorable. Hoy, nuestra Administración de Justicia, no precisa los discursos de los abogados ante una representación aleatoria del pueblo convertida en jurado, ni nuestro régimen político exige que nuestros líderes políticos sean duchos en las artes oratorias. Si hubiese libertad real de expresión nuestros políticos hablarían mejor, no farfullarían, como ahora hacen, ni sería necesaria la hermenéutica de los medios de comunicación, imprescindible para hacer cognoscible y con sentido el propio discurso. Tampoco la educación ha ayudado mucho al desarrollo del arte que nace con la Democracia. Desde Villar Palasí no se ha enseñado en España ni a los niños ni a los muchachos cómo se elabora un discurso, y con la potente tecnología de los medios digitales, que garantizan que todo humano o humaoide, pueda llegar a pronunciar una conferencia, la gran arma de la libertad, que es el discurso, no tiene un futuro prometedor en España. Si bien, fuera de nuestras fronteras, Obama, Cameron o la propia Theresa May, nos alientan a seguir estudiando a Quintiliano tras oírlos.

Ahora que nuestro maestro don Antonio García-Trevijano denuncia con razón la creación de palabras sin fundamentos etimológicos y significados caprichosos, como esa de “argumentario”, recordamos aquí el significado que tiene en la retórica el concepto de “argumentatio”, vocablo que utiliza Cicerón en su obra De inventione, para traducir el término griego “synechon”. En los discursos forenses la argumentatio sería la razón más consistente que tiene el defensor y la más decisiva para la sentencia del juez. Sería el punto central de consistencia, los firmes fundamentos de la defensa, con cuya remoción no puede haber defensa alguna. El argumentum es aquello sin lo cual no puede darse un litigio, en el caso de la oratio forensis, o un debate, en el caso de la oratio deliberativa. Esta es la aportación que nosotros hacemos a este debate léxico a través del estudio de la oratoria clásica.

Respecto al ilustre calagurritano Quinto Fabio Quintiliano fue alto cargo de la Administración imperial ya desde su primera juventud. Escribió su Institutio Oratoria para su amigo Marcelo Vittorio, a fin de que el hijo de éste y su malogrado hijo propio aprendiesen bien el arte oratoria. El emperador Domiciano le encomendó la educación de los nietos de su hermana. Él mismo habló en una causa en defensa de la propia reina judía Berenice, el amor maduro y perturbador del emperador Tito, y ello fue para Quintiliano algo de tal importancia que pone el propio pronombre de 1ª persona, que sólo tiene un valor retórico en la lengua latina, cuando nos lo cuenta orgulloso: “ego pro Regina Berenice apud ipsam eam dixi.” Fue el maestro de los grandes cargos administrativos del imperio que trabajarán bajo Trajano, como los dos Plinios. Triunfador en la esfera social como sumo artista en el arte oratoria, sin embargo, la vida le derrotó con la muerte de su mujer y dos de sus hijos. Sea esta humilde conferencia homenaje a aquel niño de la familia de los Fabios, cuyo nomen ya resuena en la monarquía romana, que corroteó por estos campos y que sin duda aprendió aquí esos garabatos fenicios a los que los griegos por primera vez dieron valor fonético, añadieron las vocales con garabatos sobrantes y que a través de la versión calcídica llegaron al Latium, en donde produjeron el alfabeto de la inmoribunda civilización romana.