Opinión

Miguel Ángel Blanco, veinte años después

TRIBUNA

Alicia Huerta | Sábado 15 de julio de 2017
La memoria puede ser tan frágil como traicionera. A veces tanto como uno quiere; en otras ocasiones, por desgracia, aunque no quiera. Porque si falla o la ignoramos, dejamos de ser nosotros mismos. A nivel individual, cuando una enfermedad se encarga de borrarla, la tragedia es inconmensurable. No recordamos el nombre de quienes nos rodean ni qué hacen a nuestro lado, estamos incapacitados para evocar sentimientos, atrapados en una neblina que diluye el pasado con aciagas consecuencias. Buena parte del alma reside en el recuerdo de la persona que fuimos, de aquellos a quién amamos. Radica en conservar la capacidad de evocar qué hicimos, de dónde vinimos, hasta qué lugar llegamos. Como colectivo, el olvido distorsiona la Historia, nos arrastra de nuevo a ese precipicio que invita a repetir los mismos errores, los mismos crímenes. Es una torpeza demagógica confundir recuerdo con rencor, memoria con resentimiento. El tiempo pasa, marcado para siempre por determinados acontecimientos. ¿Quién no recuerda ese lejano día especial? ¿Aquel trago amargo que la vida le obligó a tomar?

En ocasiones ese sorbo de veneno no está reservado únicamente para unos labios, sino que intenta inundar la garganta de un pueblo entero. Para intentar ponerlo de rodillas, doblegarlo bajo el peso del miedo. Así ocurrió hace veinte años, cuando los terroristas etarras secuestraron a Miguel Ángel Blanco con intención de escribir la crónica, a cámara lenta, de su muerte anunciada. Un delirio asesino, que terminó por volverse en contra de la banda terrorista. No contaban con que el miedo, el chantaje y la amenaza que querían infligirnos a todos con la sangre del joven concejal, iba a traducirse en repulsa, conmoción y rechazo. Salimos a la calle sin temor para exigir que Miguel Ángel fuera liberado y, después, una vez cometido el cobarde crimen, volvimos a inundar las calles, para condenarlo. En vez de dejarnos envenenar, guardamos respetuoso silencio, alzamos manos pintadas de blanco, permanecimos juntos en la abominación a la barbaridad de unos matones que, quizás, hoy habrían hecho ondear su bandera junto a la del negro califato. Resistimos, unidos en el dolor por el asesinato de un hombre que solo estaba empezando a vivir. A poner su granito de arena en la constante lucha para alcanzar una existencia en libertad. Sin miedo a ser, decir, mirar, mostrar.

Hoy, que haya que se empeñe en ignorar el recuerdo de aquel suceso, las horas anteriores y posteriores al repugnante asesinato, duele. Sobre todo, por lo incomprensible de la negativa de quienes no son capaces de dejar por un día sus colores colgados en el armario y vestirse con el simple traje de ser humano. Aflige, porque quienes dicen defender la paz y la memoria histórica pretenden realizar distinciones tan injustas como inexplicables. No se puede decidir – no, al menos, con el corazón en la mano – qué víctimas merecen o no tributo. Que recuerdos son buenos o malos. A raíz de la muerte de Miguel Ángel Blanco, ETA empezó a desangrarse, si es que por tus necrosadas venas corrió alguna vez sangre en lugar del cianuro con el que confeccionaba sus planes. Veinte años después, ETA no mata. Porque no puede, porque ha sido derrotada. Solo le queda el odio que impide que reconozca su perversión, pida perdón a las víctimas, entregue las armas, descubra sus zulos y colabore para que no quede ni un atentado sin resolver. La memoria está para impedir que los verdugos de antaño, pretendan ahora hacerse las víctimas. No es rencor; mucho menos, revancha. Es sentido común, justicia, memoria y democracia.