Pues bien, aquí están, nadie los ha inventado ni son un espejismo en el bochorno húmedo de la arbolada ribera del Sena cuya plata azulada fluye indiferente a los hechos de la vida humana; despaciosa como una canción, como un murmullo de agua sobre ese trozo de cielo de claridad infinita en la tórrida mañana del verano rojo y azul.
Quizá sean setenta o cien.
Algunos dicen menos, otros ven más.
Nadie los cuenta porque son ubicuos y se colocan en una fila paciente y ordenada en la esquina de los Campos Elíseos para entrar, cuando una dama de falda negra y ademanes elegantes, pero firmes, como una policía con vestido de seda, les dice cuando y cómo pueden pasar al imperio del consumo, a la catedral del esnobismo mercantil y la moda todopoderosa cuyo guiño transforma un cuadro de Van Gogh en bolsa de cuero blanco o convierte la Gioconda en una carcasa de lujo para el celular de la nena; ya llegan a la zona perfecta de la belleza convencional.
Es la hora señalada; ya se abre la puerta de Louis Vuitton y ya entran a poner como platos sus ojos oblicuos, a disminuir sus carteras en las vitrinas, a colmar sus afanes de conquista del capitalismo globalizado al cual nunca los invitó, ni siquiera en sueños de revisionismo imposible el gran Mao Tse Tung de hace pocas décadas apenas.
Ellos son consumidores implacables y opulentos y abundantes en los extensos páramos de la sociedad de consumo.
Ellos no saben nada. Sólo quieren viajar y colmar con su gentío las orillas del mundo y la extensa planicie de las Tullerías y el Campo de Marte y el Trocadero y el Metro y la Estrella y la flama eterna, y la ventana y la caja del buzón y la manguera del bombero, y se quieren encaramar a la torre Eiffel, cuyos alrededores infectados por la abundante concurrencia y unas medidas de seguridad absurdas y enrejadas, adquieren malamente una semejanza espantosa con el Metro Pantitlán.
Vallas, puestos de baratijas y torres enanas de colores diversos, vendedores de diverso origen, africanos con imitaciones; pacifistas ecuatorianos en busca de la cura para el cáncer de los niños y en general una marejada de turistas con bermudas, insoportablemente tantos, inconvenientemente muchos.
Ese es el paisaje del nuevo París y no importa si a unos metros de ahí, apenas unas cuantas calles, Francia y Estados Unidos quieren rehacer el destino común, en pleno aniversario de la Revolución Francesa.
Pero no lo saben ni los chinos de la tienda, ni las gritonas argentinas del Museo de Louvre, ni nadie más allá de quienes a partir de hoy se van a reunir en Hamburgo, Alemania, para discutir en las sesiones del G-20, qué va a pasar con el futuro del mundo, ahora cuando un loco peligroso se ha puesto a jugar a la política global sin comprender nada. Casi como los chinos de los Campos Elíseos.
Por lo pronto, en el Palacio del Eliseo, ese maravilloso edificio al cual uno puede entrar por la Rue du Fauburg de Saint Honorè con sus fachadas grises y sus balcones de ribetes de oro, donde está la Galerie de la Presidence, cuya vitrina ofrece un cuadro de Poliakof y otro de Utrillo y uno más de Buffet, dos hombres quieren cambiar el destino, al menos el destino del acuerdo climático firmado hace ya tiempo en París, y puesto en agonía por Trump.