TIRO CON ARCO
Dani Villagrasa Beltrán | Lunes 17 de julio de 2017
Por supuesto, ya hay quién está bromeando sobre la cuenta atrás hacia la obsolescencia de los periodistas. Para los milenials que conocimos la vida sin Internet -xennials, se nos llama por ahí- la sorpresa es relativa. Estamos inmunizados al vértigo. Todo porque Google ya ha comenzado a invertir en la creación de contenido periodístico a través de inteligencia artificial. 706.000 euros para diseñar robots periodistas. Desde el texto de la noticia, hasta imágenes y gráficos. El proyecto, llamado RADAR -Reporteros, datos y robots, por sus siglas en inglés-, pretende que estas máquinas elaboren más de 30.000 noticias locales al mes.
Lo noticioso es la entrada del gigante Google pero, de hecho, ya hay un sistema de inteligencia artificial en funcionamiento que trabaja para la agencia estadounidense Associated Press desde 2014. Se llama Automated Insights y diarios como Los Angeles Times lo utilizan para elaborar informaciones automatizadas sobre resultados deportivos o cuentas trimestrales de las empresas. Hace poco, un compañero suyo, también robot, Quakebot, que trabaja para el mismo diario, la pifió. El pasado 22 de junio comunicó vía Twitter que se estaba produciendo un terremoto en la Costa de Santa Bárbara, California, de 6,8 grados de magnitud. Ese terremoto tuvo lugar en la misma fecha de 1925, con lo que la noticia llegaba con bastante retraso y Los Angeles Times tuvo que pedir disculpas. Quakebot se equivocó, de acuerdo, pero lo hizo con una fuente fiable, el US Geological Survey, un servicio público que envía información en tiempo real sobre movimientos sísmicos. Teniendo en cuenta que no cobra nómina, la empresa no tiene que pagar impuestos por él, no descansa, no tiene vacaciones, no protesta, no cotillea, y no va a afiliarse a ningún sindicato, a nadie le entraron ganas de despedirle.
Ya en 2014, Shelley Podolny escribía una pieza seminal para New York Times en la que defendía el roboperiodismo -sí, utilizaba este palabro- como una herramienta con la que los profesionales podrán liberar tiempo en el procesamiento de datos y dedicarse a escribir-escribir.
No sé si la escritura automatizada está emparentada con la escritura automática, aquella que preconizaba André Bretón para liberar el inconsciente. Mucho de ese espíritu surrealista alcanzó por distintas vías al Mayo del 68 -bajo los adoquines, la playa, como se sabe-. Pero en el maremágnum de datos, que ya sólo el estómago del robot es capaz de digerir, el valor de la información pasa por conceptos detestados para la generación sesentayochista: el orden, la jerarquía. Para no ahogarse en una información cada vez más híbrida y automática, quizá todo pase por redefinir qué es lo importante.
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