Ángel Duarte | Miércoles 02 de julio de 2008
Lo han leído ustedes bien. No catalán y español. Sino catalanista y español. ¿Es eso posible?
Si atendemos a lo que dicen muy a menudo los dirigentes políticos, por no hablar de los creadores de opinión, tal combinatoria sería un imposible metafísico. Pero la realidad es mucho más tenaz, y compleja, en sus expresiones que la insistencia y el griterío que despliegan, que es mucho, los ideólogos de lo puro, de lo monocromo. Viene la reflexión a cuento de los efluvios sentimentales vividos en Cataluña, y entre catalanistas, a raíz del triunfo de la selección española en la reciente Eurocopa. Tal fue así que el AVUI, periódico que puede no gustar, faltaría más, pero que es sencillamente estúpido comparar con el GARA como hacen muchos, se creyó obligado a formular en una de esas encuestas que intentan conocer la opinión de los lectores la siguiente pregunta, y traduzco: “¿Es compatible ser catalanista y emocionarse con la selección española?” A las ocho y cuarto de la mañana del martes día 1 de julio, que es cuando redacto esta nota, un 39% ha respondido que sí, del todo. Un 44% que para nada. Y un 17% se sitúa en un punto intermedio. El retrato me parece, en su imprecisión, bastante ajustado a las circunstancias. Cerca de la mitad de los lectores del periódico pensaban que, de manera completa o parcial, se podía ser catalanista y español.
Es evidente que a quienes prefieren los sabores fuertes, el picante, en materia de identidades y proyecciones políticas de las mismas, les conviene sobredimensionar el peso de los exabruptos soberanistas y de las muestras de antiespañolismo antes que posicionamientos razonables que se dan en todo el abanico ideológico catalán, de Josep Antoni Duran Lleida a Miquel Iceta. A mí hace tiempo que los excesos, en este orden de cosas, me dan fatiga.
Debe ser cosa de familia. Permítanme, para ilustrarlo, una anécdota familiar. Corría el verano del año 1973 o 1974. Toda la familia había ido a celebrar una boda en Salàs de Pallars. Se trata de una pequeña localidad catalana ubicada junto a Talarn, donde se encuentra una conocida academia militar. Ese día, a media tarde, con mi abuelo materno al frente -Montserrat y Rocamora eran sus dos primeros apellidos, Bonaventura el nombre de pila; poca broma- unos cuantos varones, de todas las edades, nos instalamos en el café del pueblo para tomar un refresco. Yo ya había empezado con la cerveza, pero todavía no en presencia de los mayores. En definitiva, que estaba con mi trinaranjus. En esas que de manera ostensible un grupito de jóvenes cadetes empezó a hacer burla ostensible de nuestra ‘xerrameca’. Aquello del ‘bub-bub’ y del ‘guau-guau’, que acaso muchos de ustedes no hayan tenido que soportar. No saben lo que se han perdido. Pues bien, mi abuelo, que era muy inteligente, y se sabía catalán y español, encontró una rápida solución para el ambiente innecesariamente tenso que se había creado. Se puso en pie, se dirigió a los aprendices de oficiales y en voz alta dijo aquello de “Caballeros... ¡Viva España!”. Al desconcierto inicial siguió una invitación en toda regla. Yo no pensaba pagar la limonada, pero a mi abuelo, que lo dijo de todo corazón, ese día el refresco de sus nietos le salió gratis. Pues eso, desde un catalanismo de ‘pedra picada’ “Caballeros y caballeras... ¡Viva España!”.
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