Opinión

El hombre que nunca existió

Antonio Hualde | Miércoles 02 de julio de 2008
Una de las historias más fascinantes de la Segunda Guerra Mundial tuvo como protagonista a un hombre inexistente. A finales de 1942, el norte de África había pasado a manos aliadas, tras la derrota de Rommel en El Alamein. Ya entonces se había empezado a preparar la Operación Overlord o desembarco de Normandía, cuyo éxito dependía en gran medida de una mayor presencia en Europa. El problema es que gran parte del Viejo Continente estaba dominado por Hitler. La clave era la invasión de Italia, entrando por Sicilia, lo que se vendría a llamar Operación Husky. Pero la presencia de tropas del Eje en la península itálica era considerable, por lo que había que alejarlas de allí a toda costa. ¿Cómo?

Al capitán de corbeta Ewen Montagu, adscrito al MI 5 -servicio secreto británico- se le ocurrió la idea de lanzar un señuelo a los alemanes, con información falsa pero suficientemente creíble. Para ello, recuperaron el cuerpo de un vagabundo inglés, fallecido en Londres a orillas del Támesis, y le dotaron de una identidad ficticia. Sería desde entonces el mayor William Martin, oficial de enlace de la Marina Real con las tropas del norte de África. Supuestamente habría fallecido al caer su avión al mar en el trayecto de Londres a Gibraltar, portando documentación muy sensible, en la que se detallaban los planes aliados de invadir Grecia y Cerdeña, en detrimento de Sicilia. Se le vistió con un uniforme acorde a su rango, y se elaboró un conjunto de evidencias personales que darían al anónimo -ya no- personaje una consistente pátina de normalidad. Entradas de obras de teatro representadas aquellos días en Londres, dos cartas de una supuesta novia, una factura del tinte y el recibo impagado de un anillo.

Hecho el “paquete”, sólo restaba entregarlo. A tal fin, el submarino británico Seraph partió de la Base Naval de Holy Loch -Escocia-, llevando en su interior una caja metálica de unos dos metros de longitud. En su interior, el cuerpo del “mayor Martin”, conservado en hielo, y que fue dejado en aguas del Estrecho de Gibraltar, para que lo arrastrase la corriente. Y así fue. El cadáver apareció en la playa de Punta Umbría -Huelva-, y como su aspecto parecía importante, se dio aviso inmediato a las autoridades. Al mismo tiempo, el vicecónsul inglés -quien no sabía nada- se apresuró a reclamarlo, indicando que el oficial inglés era poseedor de importantes documentos. Documentos de los que el gobierno español dio cumplida información a la Abwehr -servicio militar alemán de espionaje-, que se tragó el anzuelo. Poco después, una flota entera de dragaminas se desplazaba hasta el Egeo, dejando a Sicilia sin protección. La Operación Mincemeat -“carne picada”, en inglés- fue un éxito, y las tropas del general Alexander vencieron en Italia. Gracias al hombre que nunca existió. Cuya tumba, por cierto, aún tiene flores frescas en Huelva, llevadas periódicamente por una anciana inglesa...

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