Opinión

Morir antes de llegar

TRIBUNA

Alicia Huerta | Lunes 24 de julio de 2017

El tráfico ilegal de seres humanos es hoy uno de los negocios más lucrativos para las mafias de todo el mundo. Es, además, el que menor peligro entraña para sus cabecillas. Porque los primeros interesados en que no se descubra el atroz delito son, precisamente, las víctimas del mismo. Son víctimas, a la vez que colaboradores necesarios, dispuestos a todo con tal de abandonar su particular miseria, guerra, persecución o falta de futuro, hasta llegar a la “tierra prometida”. A ese lugar del mundo que, en realidad, solo les puede prometer el grupo mafioso que les cobra por llevarles a donde es cada vez más probable que no se les admita. Hace mucho que dejaron de existir las tierras prometidas, solo quedan las fariseas promesas que los mafiosos cobran a precio de oro, al que muchas veces se suma el de la propia vida. En tierra o flotando en el mar, las cifras de refugiados o inmigrantes fallecidos en plena travesía aumenta en diabólica proporción al porcentaje de los que se atreven a probar suerte, número que, a su vez, crece en proporción a las advertencias de endurecimiento de las políticas migratorias que precipitan la ejecución de planes desesperados para “entrar” donde no se los quiere.

Atrás quedaron los tiempos en los que Europa podía sacar los colores a Estados Unidos o dar a nadie lecciones de humanidad, así que estos días a muchos no nos ha quedado más remedio que mirar su frontera con México como si se tratara de un indeseado reflejo. Algo que antes nos habría parecido un inhumano despropósito, impropio del viejo pero antaño “amable” continente. Observamos las imágenes de uno de esos enormes e impolutos camiones que surcan las carreteras del país, en el que perdieron la vida nueve inmigrantes mexicanos, y no podemos dejar de pensar en pateras a la deriva, barcos para el desguace repletos de personas tratando de alcanzar la orilla o cadáveres sin nombre flotando en el mar, desmadejados sobre la arena de cualquier playa del Mediterráneo. Donald Trump no ha movido aun un dedo para levantar el famoso muro que, según el estrafalario mandatario estadounidense, iba a impedir para siempre que siguieran entrando espaldas mojadas a EEUU, pero su amenaza – como suele ocurrir con casi todas las amenazas – solo ha servido para alentar la acción, en este caso, para aumentar los intentos de cruzar la frontera.

Si el millonario inquilino de la Casa Blanca retomará pronto o no su promesa electoral, es en estos momentos una incógnita. Igual que lo siguen siendo algunos de los demagógicos proyectos que muchos quisiéramos que olvidara en las profundidades de su cabeza, allí bajo su rala melena rubia, detrás de su rosado rostro de gesto normalmente contrariado y fruncido entrecejo. Bastante parece tener ya el rubio presidente, con los “malditos” jueces que le ponen piedras en las ruedas de su veto a los vuelos procedentes de países de mayoría musulmana, con díscolos miembros de su propio partido que no votan a favor de su reforma para enterrar el Obamacare. Con tener que explicar sus contactos con la Rusia de su colega Putin y, para colmo, con las dimisiones en cadena de miembros de su gobierno que se suceden cual epidemia.

El tráiler estacionado en la localidad texana de San Antonio frente a una tienda de la cadena de la familia Walton fundada en 1962, Walmart, símbolo del nivel de vida de los países del mundo privilegiado, no es el primero que acaba convirtiéndose en ataúd mientras recorre las carreteras de Estados Unidos o Europa. Ni será el último. Bajo un sol que calentaba implacable, la policía, alertada por los empleados de la cafetería en la que el conductor había pedido agua, encontró junto a los cadáveres a otras 30 personas, de las que 17 tuvieron que ser trasladadas en helicóptero a hospitales con pronóstico grave o muy grave. “Imaginen”, declaró horas más tarde el fiscal del distrito oeste de Texas, Richard Durbin, “el sufrimiento de estas personas, atrapadas en un camión a más de 37 grados”. Difícil imaginar algo que cae por completo fuera de la esfera del pensamiento, pero que, en todo caso, no podemos dejar de mirar. Es el espejo en el que Europa lleva demasiado tiempo mirándose, incapaz de alejarse del darwinismo social tan típicamente estadounidense que, por fortuna, sí hemos dejado atrás en muchos otros aspectos sociales. No es quien vale, es quien tiene una oportunidad. No se trata de pensar que somos mejores, sino solo que hemos tenido más suerte. Nacer es, sobre todo, un azar y la alambrada, como pensaba el protagonista de la famosa canción de Nino Bravo, solo un trozo de metal.

Sobre su pecho flores carmesí, brotaban sin cesar.