En Barcelona se ha atacado un autobús lleno de individuos de todas las procedencias: el arca del género humano, un autobús multiétnico que evoca la alabanza del mestizaje y la gran síntesis de todos los hombres. En efecto, José Vasconcelos cantó la gloria de la raza cósmica, muy próxima a la que celebraba el franquismo en aquel día de la raza. Al racismo de pureza originaria – empantanado en una estirpe pasada de presunto vigor incomparable – se oponía la multiplicación de razas. Multiplicación que finalmente rompe la idea misma de raza al confundirla con los individuos, cada uno de su padre y de su madre, según un nominalismo biológico, popular y abigarrado. Frente al remoto antepasado cuya forma habría que preservar, encontraríamos la patria en la tierra de los hijos: ubi filii ibi patria. No en vano ese universalismo sincrético y mestizo se apoyaba en una idea de filiación trascendente. Todos hermanos como hijos del mismo Dios. Desaparecido ese foco trascendente se multiplican los padres de distinta procedencia y dotados de atributos característicos: arios y semitas, germanos y mediterráneos, eslavos y mongoles…
Hoy, en un mundo sin Dios, el Mercado se pretende el crisol capaz de obrar la síntesis de la que surgiría el nuevo género humano. El gran desarraigo que supone la globalización (universalización del comercio y exaltación del tráfico de bienes y personas) conlleva una radical conmoción de la vida sedentaria en nombre de un nomadismo de escala planetaria. Pero coexistencia no es convivencia y no nos aproxima la molesta cercanía del infinitamente extraño, así como el consumo de extravagancias no significa comunicación real con otros mundos. Bajo la aparente diversidad de formas, el gran trasiego de cosas y su inseparable tráfico de seres humanos, esconde una monótona reducción económica de la existencia.
Abraham suele figurar como símbolo de la caravana de miserables que han de abandonar la casa paterna para buscar una tierra de promisión en la que asentarse y prosperar. Pero no se olvide que la escasez es la norma del mercado – incluso en medio de la actual multiplicación productiva, que también produce un constante estado de insatisfacción o de carencia – de manera que el trasunto de Abraham no viaja sólo en patera, sino también en primera clase. Ambos buscan llenar un hueco que el mismo orden productivo se encarga de drenar incesantemente. La insatisfacción está rigurosamente programada. Desde que Charles Kettering, modelo de modernidad, viera que “la clave para la prosperidad económica consiste en la creación organizada de un sentimiento de insatisfacción” a los actuales medios de amable compulsión que pautan nuestras navegaciones electrónicas, la producción de insatisfacción ha avanzado en profundidad y sutileza de modo asombroso. Hoy no hay quien no esté acuciado por una amarga sensación de escasez: de la patera a la primera clase.
El turismo es una de las formas de esa búsqueda pautada de una satisfacción imposible, pero es una forma que tiñe hoy todo modo de viaje. Las ciudades se adornan de atractivos turísticos, su identidad y su historia sirven de reclamo o advertencia. El pasado es hoy simple valor añadido en la industria turística. Se prevé que en la histórico-turística ciudad de Toledo abrirá sus puertas el primer parque temático dedicado a la historia de España, como si no hiciera ya mucho tiempo que toda España es un magnífico parque temático de enorme éxito, a la luz de las cifras de visitantes. Al turista lo lleva dentro incluso el más sedentario de los hombres contemporáneos, el turismo es nuestra condición cuando podemos navegar sin rumbo merced a los efectos extáticos de la realidad virtual.
Y en esto que llegan los graves y reflexivos jóvenes de la CUP y deciden transformar el mundo empezando por el turista. Rápidamente descubro que su transformación revolucionaria se reduce a la consabida reforma económica. Los Candidatos de Unidad Popular se limitan a exigir la socialización de los beneficios del turismo, como puede exigirse en general la socialización de beneficios de cualquier sector industrial. Por un momento pensé que los cuperos o cupistas (¿cómo abreviar el nombre de estos identitarios del catalanismo?) pretendían devolvernos revolucionariamente a la condición de peregrinos.