TRIBUNA
Emilio Arnao | Viernes 04 de agosto de 2017
Entiendo que haya gente que necesita entretenerse viendo la televisión. También entiendo que haya quien no quiera adentrarse en programas sesudos, complejos, de difícil comprensión. Pero de ahí a tener que soportar en la mayoría de los canales de la televisión programas que se conocen como reality-shows a todas horas y de una manera excesivamente escandalosa resta una profundización sobre lo que debe ser la televisión de calidad en este país. Hay programas de entretenimiento que más que entretener asquean, adquieren la dinámica de la mala educación, del insulto, del grito desgallitado, lo cual pone en evidencia la falta de respeto y de cultura de sus integrantes. Lo malo de todo esto es que este tipo de programas los dan a todas horas, mañanas, tardes y noches. Uno tiene la sensación de que comen, se echan la siesta, escupen y orinan en el plató durante todo el día, porque es que sus caras ya son como una perpetua sesión de vulgaridad que llega hasta la estética de la España chafardera y meapilas, como decía Machado, de charanga y pandereta.
Este tipo de programas sólo consiguen que la gente que los ven retrocedan en su actitud hacia la dignidad, la ética o el aprendizaje de un mundo que solvente el agrafismo o el típico cotilleo que nos viene desde que se fueron los romanos de la península. A muchos españoles les gusta saber quién se mete en la cama con quién, a quién persiguen los paparazzis cuando alguien sale de un centro psiquiátrico o quién ha sido más veces infiel con el azul de unos ojos. Esta persecución a los famosos a mí me parece lamentable, incluso punible, por no decir repugnante. También soy consciente de que muchos famosos no pegan ni el palo y viven de las portadas de las revistas o de las exclusivas. Pero este periodismo de ira y velocidad, de mordedura de serpiente o de depredación sobre las vidas íntimas ajenas sólo indica el estado de analfabetismo en que este país se encuentra.
La televisión todavía está por inventar. Ver hoy la televisión es como ver los desechos de la basura en un camión de recogida. Zapeas por encontrar algún programa de cierto interés y no hay manera de hallar algo que nos sirva como una naturaleza de culturización, de profundidad donde el pensamiento se arrebate y vayamos creciendo en una mayoría de edad sana y próspera. Los reality son porquerías en donde se pone en evidencia el verdadero estado de atraso de este país. Los programadores de las televisiones ya no saben qué inventar para ganar audiencias, pero esa audiencia está ahí porque todavía seguimos siendo toscos y huecos, vacíos de alfabetización y renqueantes en preparación moderna y europeísta. La televisión española es el calco de la gilipollez que todos llevamos dentro.
Yo tengo la seguridad de que en televisión falta muchísima imaginación. La televisión tiene muchas posibilidades para situar una arquitectura de bellezas incomparables, donde todos aprendamos que lo bello es tan necesario como los amores románticos. Insisto, todavía no se ha inventado la televisión del siglo XXI. Nos hemos quedado en la bestialidad, en la vulgaridad, en la construcción de una sociedad que evoluciona hacia la inopia, hacia el descerebramiento, hacia la nada.
Si queremos avanzar en la protección de nuestra educación llega el tiempo en que la televisión no esté colapsada por este tipo de programas que sólo traen la viva voz de la bellaquería, de la ridiculez, del retraso mental. No estoy aquí imponiendo nada, cada uno que vea lo que le apetezca, pero sí que doy el aviso de que si seguimos así sólo lograremos manejarnos como animales o como gente sin sentido del progreso intelectual. Los chismes y los cuentos cruentos deben formar parte ya de la historia si acaso entre todos queremos formalizar una España más culta, más preparada y menos vergonzante. Construyamos las nuevas generaciones y dejemos a los paparazzis sin trabajo. Y que se metan a políticos que al fin y al cabo es lo mismo.