Miércoles 09 de agosto de 2017
Cuando en Venezuela se incrementaron hace unos meses las protestas de una ciudadanía absolutamente harta de un tirano que les ha privado de libertad y llevado a la ruina a un `país con enormes y ricos recursos naturales, Nicolás Maduro se permitió la desvergüenza de decir, y casi en tono festivo, que la Policía y la Guardia Nacional Bolivarianas únicamente utiliza “agua y gasecito” para disparar contra los manifestantes, que, naturalmente, ve como una panda de poco menos que terroristas, incapaces de apreciar y agradecer todo lo que el chavismo está haciendo por los venezolanos. Pero resulta que esa inocente “agua y gasecito” empezó a cobrarse cada vez más víctimas mortales.
No cabe ninguna duda de que el chavismo ejerce la represión con absoluta violencia, empezando por detenciones y condenas completamente arbitrarias contra la oposición. No es de extrañar en un país donde ha desaparecido el poder judicial independiente. Como es el caso, representativo de todos, de Leopoldo López, sometido a un juicio-farsa, y vejado en la prisión de Ramo Verde. Ahora, Naciones Unidas ha emitido un duro y contundente informe ratificando la sistemática violación de los derechos humanos en Venezuela.
El régimen de Maduro utiliza de manera generalizada la fuerza contra manifestaciones pacíficas. Ahí está el simbólico ejemplo de Willy Arteaga, conocido como “el violinista de Caracas”, que iba a las protestas quizá pensando, como reza la expresión popular, que la música amansa a las fieras. Le dispararon y la boca y la mitad del rostro se le hincharon espectacularmente, y ahora está detenido, sufriendo diarios golpes. Porque en las cárceles del “paraíso” bolivariano son el pan de cada día los choques eléctricos, las brutales palizas con cascos y porras, presos colgados por sus muñecas, violencia sexual… El chavismo tortura. Y mata. ¿Hasta cuándo?