Opinión

El Estado predicador

Juan José Solozábal | Jueves 03 de julio de 2008
A veces de verdad lamentamos que las cosas no sean como solían. Así me ocurre que no acabo de acostumbrarme a un Estado que define, pontifica, y opina, pero que no actúa, o lo que es peor aun que no sabe que debe actuar, que en puridad no debe hacer otra cosa que actuar. En la teoría clásica constitucional el Estado era definido como unidad de acción y decisión y el Gobierno era designado inequívocamente como ejecutivo, esto es como un poder que lleva a término decisiones, que concluye lo que las leyes establecen.

Nada que ver con un Estado en el que sus ramas, así el Gobierno, se pasa el tiempo proponiéndonos conductas, que tienen que ver con referencias morales o ideológicas, que creía yo, correspondía realizar a otras instancias. Si cundiese el ejemplo hasta podríamos llegar, en tal Estado declarativo, a un Tribunal Constitucional limitado a señalar lo que no es conforme con la Norma Fundamental, pero remiso a decretar la anulación de la ley correspondiente.

Lo que hay detrás de este intervencionismo ideológico, llamemos a las cosas por su nombre, es la idea de que la felicidad es asunto público o que depende en gran manera de la intervención del Estado. La finalidad del Estado no es asegurar las mejores condiciones, sobre todo materiales, en que autónomamente pueda desenvolverse la sociedad, sino orientar a la sociedad en la identificación y observancia de la conducta adecuada de sus miembros.

Este planteamiento da origen a situaciones ciertamente pintorescas en las que un o una ministra pueden enredarse tratando de proponer un código de costumbres a la comunidad, o potenciar un determinado modo de entender nuestra idiosincrasia cultural o establecer nuestra verdadera tradición histórica, seleccionando cuidadosamente del pasado patrio actitudes ejemplares o censurables.

Pero ideológicamente el problema es más grave, pues se quiebra la cesura entre el plano político y el social sin la que un orden liberal es difícil que exista, de modo que en tal sistema se admiten sólo contadas intervenciones, sobre todo con un significado protector, del Estado sobre la sociedad. Hoy en cambio se tiende a sustituir este modelo por un patrón en el que el Estado ve con toda naturalidad una intervención total y con propósito conformador de la sociedad. Ha ocurrido, como sugeríamos, sencillamente, que la felicidad, siguiendo el consejo de la ideología enferma del nacionalismo, ha de dejado de ser asunto privado, y que la actuación del Estado ha renunciado al objetivo del reequilibrio de oportunidades en los sectores más débiles de la sociedad, según quería la mejor socialdemocracia, y busca la legitimación política a través de propuestas ideológicas y morales.

El nuevo Estado ya no tiene que ver con las cosas, con el bajo mundo de la gestión y la ejecución, sino con el noble plano de los valores y las ideas. Un mundo, como de seminario universitario y púlpito, digámoslo cervantinamente, de encantamiento y ensueño.

TEMAS RELACIONADOS: