Dentro de la particular manera de irse acogiendo a la estupidez como fuerza motriz de nuestra extraña y surrealista afición por cambiarlo todo, salta la noticia de que el Ayuntamiento de Ponteareas (Pontevedra) acaba de aprobar una extra para desincentivar el absentismo de sus funcionarios públicos. Es decir, dar una gratificación por acudir a su puesto de trabajo con tal de evitar las conocidas y persistentes ausencias, ahora convertidas en norma laboral. No cabe otra que dar las gracias a quien corresponda porque hay días que lo de trabajar da mucha pereza, que quieren que les diga.
Al parecer, el plus para combatir la falta de ganas de laborar se pagará si se alcanza al menos el 90% de la jornada. A buen seguro que habrá quienes piensen si además del incentivo es obligatorio el tener que acudir al puesto de trabajo. Ya verán ustedes como llueve sobre mojado. Es lo que tiene la empresa pública, que carece de cuenta de resultados.
Lo de cobrar por trabajar hasta ahora era como una costumbre que venía de antiguo, diría que desde los tiempos de la antigua Mesopotamia; ahora bien, funcionario desmotivado, aburrido, apático, con astenia primaveral permanente, pues miren ustedes que el alcalde del BNG, Xosé Represas, ha dado con el antídoto. Y no vayan a creer que esta sea una idea luminosa de uno solo, de eso nada, la medida ha salido adelante con diez votos a favor, gracias al apoyo del PSOE y la abstención de Izquierda Unida.
Lo que uno siente es el agravio comparativo por decirlo suave, porque la cosa pinta bien teniendo en cuenta que cuando suena el despertador mañanero no es algo que sea de buen gusto. Supongo que el espíritu de esta medida estará basado en esa especie de profilaxis social que se viene extendiendo de manera alarmante entre nosotros. Me explico, no es que sea un virus, tampoco una bacteria ni una de esas enfermedades de nuevo resurgir, me inclino en pensar que se trate de un renacer de pensamientos ideológicos traídos de alguna lejana memoria esteparia.
Creo, no obstante, que esta manera de potenciar el trabajo a base de pagar pluses no está reñida con la dedicación, la responsabilidad y el compromiso del trabajador en cuestión; ahora bien, una cosa es acudir al centro de trabajo, por aquello del qué dirán, o sea, afición por querer ganar más con el mínimo esfuerzo, y otra muy diferente es hacerlo con voluntad de trabajar. De manera que si lo que se premia es el desperece lo más probable sea que haya mayor actuación presencial en el trabajo pero no así garantía de un mejor y mayor rendimiento laboral. Luego estamos ante una de esas medidas que hacen buena la vieja teoría: “me engañarán en el sueldo, pero no en el trabajo”.
Cobrar sin trabajar o como suele ser dado en decir: “que le pasen a uno el sueldo a casa”, es el sueño dorado de muchos apostantes del ocio, y si no el reciente ejemplo que ha transcendido en donde la Administración llevaba 10 años pagando a un funcionario sin que éste pusiera pie en su puesto de trabajo durante todo ese tiempo. Esto crea ansia, mucha, y sobre todo que se coge vicio. De ahí la pereza, el absentismo y toda esa batería de ausencias de larga duración que ciertos funcionarios llevan a buen término.
Hoy en día ser contribuyente tiene un mérito increíble. No lo digo por establecer comparación alguna con el funcionariado, pero ahora resulta que hay perezas remuneradas y otras son sacudidas con el 20% de recargo en nada que hagas absentismo tributario y te relajes un solo día en pagar cualquier gabela. Ya me dirán si no es para darse de baja de todo.