Opinión

Fiestas de mírame y no me toques

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 17 de agosto de 2017

Esta semana se celebra la fiesta grande de la España popular; antes rural y hoy simplemente municipal. Era, sobre todo, la fiesta de una España interior que era la España de pueblo. La playa está tomada de turistas mientras en la plaza del pueblo empieza el baile. Entiéndase que ese interior no es estrictamente geográfico: allí donde quedaba algún elemento popular – de algún modo todavía cerrado a las corrientes civilizatorias luminosas y foráneas – se celebraban porentonces las fiestas. Que esta fiesta de la Virgen conserva el eco remoto de la fiesta popular lo manifiesta su carácter local y diverso: se celebra de modo diferente en casi todas las pequeñas localidades del país. En las ciudades el festejo mantiene la pequeña escala merced a su sabor de barrio o de distrito: del barrio de Grácia a la Latina.

¿Pero es que sigue vivo ese pueblo levantado en fiestas? Acaso, pero confuso y arruinado. Sus costumbres y tradiciones hace tiempo que recibieron la asistencia artificial de los saberes antropológicos. Objetos del folklore o la demosofía las costumbres se conservan como piezas de museo al alcance de especialistas. La música de tradición popular se escucha en festivales aromatizados con el perfume de la cultura, mientras la gente se divierte con ritmos electrónicos. El sujeto de la popular music es “la gente” (people) que no es exactamente “el pueblo”. Desde la postguerra el pop – y los ritmos que le suceden – se dirigen a un público masivo y planetario, preferentemente en lengua inglesa. Pese a todo, la verbena se empeña en conservar viejos modos y manifiesta la nostalgia de una gente que se quisiera nuevamente pueblo. Se entreveran las gorras de los yankees con las del chulapo y el arrabal reúne la panela y el tejeringo, el mojito y el chato. La fiesta popular contradice el casticismo. La proximidad es su signo y en la verbena el otro puede empezar a convertirse en prójimo. Es asombroso que todavía hoy esa posibilidad quede bajo la advocación de la gran madre de la religión universal.

Pero esa posibilidad de hacer pueblo de la gente, de convertir en prójimo al que tenemos al lado, se frustra hoy casi necesariamente. La gente que acude al festejo ignora costumbres heredadas y, quiera o no, se somete al gran poder formativo de la publicidad y de los modos contemporáneos de relación y de consumo que propaga, a las maneras que inducen los iconos de la industria cultural. Para evitar que el mercado cultural se erija en exclusivo educador del gusto de la gente se levanta el Estado y así el Emakunde (Instituto Vasco de la Mujer) propone una lista de doscientas canciones, digamos que populares, marcadas con el índice del sexismo, el patriarcalismo o el machismo. Significativo resulta que en la lista figuren, o hayan figurado, las canciones de mayor éxito, un éxito que puede llamarse también universal, aunque en un sentido del todo distinto.

Y tenemos nuevamente en apariencia enfrentados al mercado de la cultura popular en que reinan Maluma o Shakira, Beyoncé o DaddyYankee, con el Estado que quiere hacer ciudadanía de la gente, formando su gusto mediante una aplicación que detecta sexismo en la publicidad o aconsejando la atenta escucha de Bebe o Antipatriarca.

Y, sin embargo, esa oposición me resulta simple apariencia. En primer lugar, porque Estado y Mercado son dos lados de una misma realidad: la sociedad moderna. Esa sociedad que se ha querido ecualizada y atomizada – liberada e igualada – y que encuentra graves problemas para mantener de algún modo su cohesión interna: su solidaridad, que empezó llamándose fraternidad. El ciudadano es un consumidor bien intencionado y, por lo mismo, peligroso. El consumidor es un ciudadano que ejerce su derecho a la libre expresión de su subjetividad: opinando, viajando, comprando o vendiendo. Pero hay una nostalgia de la gente – ciudadanos trabajadores y consumidores – por restaurar de algún modo su naturaleza popular. Porque hay gente que quiere vincularse al prójimo según lazos que, aunque limitan su independencia o libertad y se fundan en el reconocimiento de una diferencia, permiten forjar una auténtica fraternidad. Cuando semejante restauración se logre haremos una gran fiesta en la que, bajo el reinado del sentido común, se escuchará una música definida por el buen gusto.