Este señor de pelos de bruja que es Donald Trump tiene más peligro que las antiguas guerras de las Cruzadas protagonizadas por los templarios. A su lado George Bush junior, el que nos metió en la guerra de Irak y otras pendencias, es un santo político al lado de éste pelirrojo, quien mostró al mundo durante la campaña electoral todo su infantilismo y que nos hizo ver el tipo de monstruo que se nos venía encima. De momento sus principales barbaridades no las ha podido poner un funcionamiento, pues el Congreso americano, con el voto de algunos republicanos, se los han tirado para atrás. Como el monstruo se estaba dando cuenta que su gigantismo se estaba empequeñeciendo no ha tenido más remedio que sacar pecho y hacerse valer. Todo político que preside un país, por arrogancia o por demencia, tiene que demostrar que el que manda es él y que tiene que dar una imagen de poder y de acciones que sean portada en los periódicos y en los otros medios de comunicación durante todos los días.
Donald Trump, dado su analfabetismo político y su carácter de actor porno, ha pensado lo que ha pensado y hasta ahora lo único que ha hecho es echar mano del militarismo, de la autarquía y de darle gasolina a todas las bases americanas que ocupan los puntos más estratégicos alrededor del todo el planeta. Nada más entrar, sin consultar con la ONU ni con las instituciones internacionales, metió un bombazo en un aeropuerto de Siria, y días después, como un lobo hambriento y un maníaco enfermo, soltó la bomba más poderosa antes de la nuclear en un refugio de los talibanes en Afganistán, donde luego se supo que hubo víctimas civiles, niños y otros inocentes. Lo más lamentable es que después de esa acción hitleriana y excesiva nadie dijo nada. Europa calló. Occidente se tragó el misil aunque le hubiera entrado directamente por el ano. No hubo ni declaraciones sólidas ni medidas de coacciones económicas o políticas contra la gran Norteamérica.
Donald Trump vive suelto en el mundo. Nadie es capaz de pararle los pies o de avisarle que si sigue así habrá que empezar a formalizar reuniones, despachos, encuentros, diplomacia, llamadas de teléfono y todos estos aparatos que se ponen en marcha cuando todo esto sucede en un país de juguete o de minaretes excesivamente violentos.
Estamos en un momento internacional en que en cualquier momento podemos revivir aquellos tiempos en que la política se ejercía con amenazas, envío de tropas con los soldados embriagados de anfetaminas y coñac, e invasiones que en el siglo XX produjeron dos guerras mundiales. Cuando todos creíamos que todo aquello ya era sólo un error de la Historia reciente, cuando todos aprendimos a respetar los tratados y a hacer uso del diálogo y de la diplomacia, ahora estamos retrocediendo en el tiempo cuando Adolf Hitler ganó las elecciones en 1933.
El tema de Corea del Norte a mí me da la impresión que cuando menos nos lo creamos puede surgir de nuevo las gordas tetas de las muertas masivas. Como da la casualidad que tanto en Corea como en Norteamérica sus presidentes deberían estar hace tiempo encerrados en un psiquiátrico, por lo que la serenidad, el raciocinio y la inteligencia han desaparecido de la rama de olivo de la paloma de la paz, en estos momentos el mundo entero está aterrado por ver quién es el primero que deriva de su estado de locura hacia los límites de la irracionalidad. Trump está pendiente de la isla, base militar norteamericana, que está a pocos kilómetros de Corea charlateando a cada momento sobre el peligro que podría suponer nuevas pruebas de misiles nucleares en el único país comunista y enloquecido que queda en Asia. Al gordito de Corea no le importa una mierda su pueblo y lo que puede ser una acción militar contra sus gentes, de la misma manera que al orangután de Trump le importa poco que los misiles coreanos tengan un alcance de lanzamiento que llega hasta la misma Norteamérica. La cosa ya es sólo un gusano de seda, una mariposa que en cualquier momento puede caer en la telaraña de los salvajes, los apólogos de la violencia o simplemente los que el mundo entero ya debería haberles puesto un esparadrapo en la boca, atarlos de pies y manos o ponerles en el pecho un letrero que dijera: “Las guerras no pueden ser fomentadas por la firma de una sola mano, una mano leprosa o enferma”. Pero la cosa sigue. Trump está claro que quiere todo el petróleo de Venezuela. La CIA ya está preparando el principio de la filmación de esta nueva película de Hollywood. ¿Quién tiene los cojones de parar a Donald Trump? Yo creo que únicamente el pato Donald de Walt Disney.