La mezquindad de la vida política española de estos últimos cuarenta años no ha propiciado la creación de una gran literatura. ¿Cuál es el título de la última novela que refleje las iniquidades más graves sufridas por los españoles durante la Monarquía de Juan Carlos I? Lo desconozco. Dicen que ahora, al fin, hay una novela sobre el crimen del nacionalismo vasco contra España. De acuerdo, ya tenemos una novela sobre la desgracia de España. Quizá haya otras dos o tres más… Nos conformamos con poco. Pero, ¿son suficientes tres o cuatro novelas para enterarnos de verdad del proceso de desaparición de la identidad de los españoles en estos últimos cuarenta años?, ¿quién está narrando que los particularismos y localismos borran un día sí y otro también la conciencia nacional?, ¿dónde está el arte literario que cuente este proceso de desaparición de un país?
Creo que no existe y, lo que es peor, aún no ha nacido el futuro novelista que nos lo cuente. Ni siquiera aparece como problema literario para nuestros “creadores”. Nuestra amanerada literatura es incapaz de dar cuenta sobre qué está pasando, entre otros motivos, porque es dependiente de la mezquindad de la vida política española. No hay lugar para el arte cuando la justicia se resigna a vivir de rodillas o aplastada por la brutalidad de lo “políticamente correcto”. La “justicia poética” ha sido arrasada por la ideología de la justicia. Nadie osa ensayar nada nuevo y se acomodan con facilidad a la historia oficial: España solo es un nombre para decir en la intimidad. Todo vale en esta literatura provinciana, excepto mantener líneas de continuidad con los narradores españoles del XIX y el XX. Lo decisivo es negar la novela de España. Eso no está en la agenda de nuestros literatos. Nadie se atreve a contar nuestro asunto “nacional”. Eso sería una forma creativa para hacer más llevadero las maldades del presente. Eso sería arte.
Pero nadie quiere hacer el relato de lo real. Todo es vulgar ideología a favor de la historia oficial. Se escribe para ir a favor de la ovejuna corriente que impone el poder. Ni vigorosa ni noble es nuestra literatura. Es tan mediocre y rufianesca como la democracia postfranquista. Nada. Nuestro país está absolutamente desnacionalizado. Roto. No hablo de España invertebrada. Ojalá. Nada me gustaría más que la posibilidad de poder situarme en el diagnóstico de Ortega y Gasset sobre la España de los años veinte. Eso implicaría que vivimos en un conflicto entre posiciones y propuestas diferentes sobre una misma realidad. Sí, eso significaría que vivimos una tragedia. Falso. Aquí no hay lucha entre diferentes particularismos. Ojalá, digo, hubiera lucha entre diferentes opciones políticas e intelectuales, pues que, quizá, al final del combate, podría triunfar el mejor. Pero eso en este caso es imposible, porque solo avanzan el fraude y la fuerza, el disimulo y el engaño; no puede haber tragedia donde impera la iniquidad. Todo es ruin y miserable.
Esta realidad de España sin España mata cualquier instinto o intuición creadora. Este mal acaba por no interesar ni al arte que ha hecho de la recreación de la nausea su seña de identidad. Quizá sea el olvido lo único que merezca esta cochambrosa situación política, que ha vuelto a ponerse de manifiesto ante las mentiras vertidas sobre Barcelona por cien columnistas a propósito del atentado yihadista. Yo también amo Barcelona, pero tanto como me gusta Valencia, Ponferrada u Orense, pero, por favor, digamos tres sencillas cosas. Dudo de que Barcelona hubiera sido en alguna época de la historia de los siglos XIX y XX patrón de medida de civilización de cualquier otra urbe europea. No creo que Barcelona haya sido jamás un modelo de ciudad abierta y liberal, pero aceptemos que alguna vez lo hubiera conseguido. No creo que ni durara mucho ni fuera relevante. En esta ciudad dizque liberal y abierta le pegaron un tiro en la rodilla al amigo Federico Jiménez Losantos… Lo de Barcelona como modelo de ciudad es discutible. Todo era una imagen falsa. Literatura de relleno para engordar las arcas de un editor que entró con las tropas de Franco en Barcelona, en el 39, vestido con el uniforme de legionario, nació en Sevilla y transformó el mundo editorial. En fin, todo eso es tan sabido como los cuentos que se han escrito sobre Barcelona y su liberalidad. Vienen desde Cervantes…¡Unos serán verdad y otros mentiras!
Pero lo real es que la ideología, la falsedad y la “mitología” que, desde Vázquez Montalván hasta hoy, se habían “perpetrado” sobre Barcelona presentándola como la “ciudad ideal”, un mundo aparte de los problemas cotidianos del resto de España, se ha ido al trste con el cruel atentado terrorista de Las Ramblas. Esa “imagen ideal”, que había conseguido hacerla odiosa para la gente normal, incluido algunos escritores honrados que todavía moran en esta ciudad (por cierto, a ese proceso de falsificación sobre Barcelona y su historia no solo contribuyeron los separatistas sino también muchas de sus víctimas, pero eso es tema para otra ocasión), ha saltado hecha añicos. Pocos escritores y periodistas de Cataluña se han atrevido a decirlo en estos días de luto y dolor. Todo han sido bobadas melifluas. Pocos han dicho: Barcelona era una mentira construida por mamarrachos nacionalistas y catetos izquierdistas. Pocos han escrito: el modelo de ciudad del separatismo era ridículo. Un fracaso. Uno, por fortuna, y solo uno lo ha reconocido con grandeza. Es de Barcelona y lo ha dejado escrito con la limpieza literaria propia de un clásico. Aquí les dejo un fragmento de la columna de Ignacio Vidal-Folch, un magnífico narrador español, en El Mundo del sábado pasado: “Para los yihadistas, también los barceloneses somos literalmente «cerdos españoles», infieles ocupando tierras de Al Andalus y practicantes de aborrecibles costumbres liberales. Aquí nada de «hecho diferencial», ni sociedad democrática y pacífica, sino un pueblo al que se le declaró la guerra en Atocha, en 2004, y ahora se le ha recordado que siguen las hostilidades, nuestras ciudades igualadas con las demás ciudades del mundo en el duelo por los asesinados y el odio de los fanáticos islamistas.
Viví unos años muy cerca de Las Ramblas. Algunos lugareños la han definido como «la avenida más bonita del mundo». Yo la rebauticé la Cloaca Máxima. Al salir de casa por la mañana para desayunar en el Moka lo primero que veía era a un sujeto perfectamente inmóvil, disfrazado de legionario romano, sosteniendo en alto una lanza, pintado de color cobre desde el casco hasta los pies enfundados en sandalias. Ante aquella estatua humana solía congregarse un corro de turistas tomándole fotos.
Cada noche oía desde mi piso unas carreras procedentes de Las Ramblas, que se detenían bajo mi balcón. Me asomaba y veía a un grupo de tres chicos magrebís mascullando nerviosamente en su idioma, apresurándose a vaciar un bolso de mujer para guardarse todo lo valioso que contenía, tirar lo demás, y seguir corriendo para «perderse en un dédalo de callejuelas», como suele decirse. Al cabo de un minuto llegaban corriendo bajo mi balcón una o dos mujeres rubias gritando «Stop that men!». Y a renglón seguido, en esforzado español: «¡Ladgones, ladgones!». Éstas eran la primera y la última imagen de las Ramblas cada día, y me parecía que estaban relacionadas: no por ser turista uno es más tonto, pero uno está de vacaciones, liberado de sus responsabilidades habituales, y bajas la guardia. Un hervor continuo de turistas visita las tiendas de falsos souvenirs y el mercado de la Boquería, se sientan a comer y beber cerveza en las terrazas, se emboban ante las estatuas humanas y ante los músicos callejeros, son esquilmados por carteristas y trileros, abordados por lateros paquistanís que les ofrecen cerveza, y vigilados por numerosas dotaciones de los mossos y la guardia urbana -el jueves se vio que inútilmente-, pero la culpa no es suya.
Son muchos y van tan apretados que se convierten en un blanco ideal para alguien que quiera convertirse en un asesino de masas. Hace unas décadas íbamos siempre allí, preferiblemente de noche, con la seguridad de encontrarnos en El Café de la Ópera, en el London o en cualquier otro local de los aledaños alguien con quien pasar una madrugada entretenida en los bajos fondos. Era la nostalgie de la boue, tan cara al jovenzuelo, que luego puede volver a casa, ducharse y lavarse toda la boue. Con los años la avenida se aseptizó, el hervor de turistas nos la hizo incómoda y se la dejamos a ellos, sobre todo en verano: por eso tantas víctimas del atentado son extranjeras, los barceloneses raras veces pasan por ahí a esas horas y en pleno agosto.
Pienso que los bolardos que habrá que instalar para evitar que se perpetre otra matanza así serán un permanente recordatorio de la matanza; igual que en el Liceo, frente al cual se detuvo la furgoneta asesina, la ausencia de la típica araña de mil lágrimas de cristal es el permanente memento de los dos artefactos que la desplomaron sobre el público en el atentado de 1893.”