Opinión

La franquicia del terror

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 23 de agosto de 2017

Es posible que yo sea el penúltimo en tratar este drama, pero no por ello la tragedia se aleja de nosotros. En esta ocasión ha sido Barcelona. A buen seguro mañana más y a saber en qué lugar. Una vez más nos queda el tenerlo asumido porque esta sinrazón viene reforzada por nuestra generosidad y a su vez por nuestra propia pérdida de valores. Ya sé que esto no es del todo lícito si por tolerante se entiende hacer recuento de víctimas día sí y día también, o sea, personas como ustedes y como yo, que viviendo de la pacífica compostura de ser bienhechores, somos aniquilados a resultas de unos bárbaros por el simple designio de su radicalismo extremo. Está claro que una vez más el sistema de las conciencias ha fracasado.

Duele que te arrebaten la parte más digna de tu suerte, o sea, la vida misma. Duele porque no hay nada más descarnado que la sinrazón de aquellos que se alimentan de odio, a pesar de ser beneficiarios de gracia en la sociedad que les acoge. Duele porque matan y seguirán matando. Duele el desprecio radical de quienes matan porque alguien les enseña a morir de esa guisa como la cosa más natural para alcanzar una soberanía celestial, al parecer llena de plácemes. Duele porque hay ciertas clases políticas que incluso mercadean con el dolor ajeno. Duele porque Occidente apacienta mansedumbre a raudales por no estar cohesionada como debiera estarlo, y los terroristas se aprovechan de esta debilidad palmaria. Duele porque nuestra flaqueza es y seguirá siendo la sumisa manera de aceptar las cosas.

Todos somos Barcelona, claro que sí, de igual manera que todos hemos sido tantos otros lugares de sufridos ataques. La cuestión es que todos seguimos siendo objeto de deseo para esta parte de sanguinarios capaces de matar sin mirar a quién y sin importarles un carajo el número de personas afectadas. La cosa está en matar al por mayor y con diferentes estrategias en beneficio de su objetivo.

Podemos hablar del destino de cada cual; ya saben, estar en el lugar preciso en el momento que la barbarie te va dejar sin vida. No, esa no es la ventura que el ser humano de correcto proceder tiene reservada. El azar se basa para bien o para mal en algo intangible a la mano del hombre en donde lo inopinado carece de manipulación. Pero el terror que se atribuyen quienes matan hoy por la inquina de morder la mano de quien les da de comer, eso nada tiene que ver con la suerte, créanme. Porque no olvidemos que esta parte de Occidente, vuelvo a decir, no solo les acoge, sino también se les integra, se les cuida, se les protege y se les paga con una generosidad que inclusive sobresale en agravios comparativos respecto de miles de naturales que no gozan de las mismas prebendas ni por asomo. O sea, la desigualdad de trato social y económico se vuelve del revés. Ya saben: “De fuera vendrán, que de tu casa te echarán”

Cualquiera de nosotros, traídos de la cultura pacífica y ordenada en libertades no puede aceptar ninguna clase de barbarie venga de donde venga. La inmensa mayoría formamos una unidad de buenas intenciones, sin embargo está demostrado que sirve de muy poco frente a quienes viven para matar con la franquicia del terror que atesoran haciéndolo en nombre de un fanatismo ideológico, si bien, este es un fenómeno que resulta muy desconcertante, pues cada vez son más los jóvenes de segunda y tercera generación que saltan a la radicalización exprés. “Yo ya no sé lo que es un radical islamista” reconocía un policía belga. Lógico por cuanto han nacido, crecido y desarrollado en el país del asentamiento familiar; en definitiva, jóvenes modernos y ajenos a viejos resentimientos. Lo peor es que lo estamos asimilando con tanta facilidad como maneras de morir tenemos para mayor gloria de quienes comparten, protegen, financian y alimentan toda esta clase de radicalismo exterminador que no cesa y avanza de manera indiscriminada en cualquier parte del mundo. El precio de todo esto es siempre la muerte. No lo olviden.