La imagen folklórica de un Trump dirigiendo la mirada sin protección alguna al eclipse del pasado 21 de agosto, dice mucho del sujeto. Lerdo el rubito. Así, sin protección, va diciendo granujadas y bufonadas un día sí y otro también el muy tontorrón. ¿Sabe usted que por decir cosas como las que acabo de escribir, se rumora que hay gente a la que le están negando la visa estadounidense? Como a mí visitar ese país no me interesa, porque ni que fuera el país más bonito del mundo, pues entonces no tengo empacho en escribirlo. No será una visa la que impida hacer los necesarios pronunciamientos. Faltaba más.
Pero le diré algo amigo lector en ambos hemisferios: otra nota señalaba que un congresista demócrata ha pedido que a Trump se le someta al psiquiatra. Demasiado tarde, “my folk” (mi compa), porque el dañó ya está hecho por ese badulaque. Acaso serviría más deponerlo. Por el propio bien de los Estados Unidos. Sospecho que por efectos del eclipse reciente –entre las muchas consecuencias pronosticadas– el martes Trump señaló que sacará a Estados Unidos del TLCAN, que ha iniciado sus rondas de negociación (serán 7) la semana anterior. En ese tema, Trump ya está como dice la canción ranchera: “estás que te vas, que te vas, que te vas y no te has ido…”. A mí me da bostezos.
Es que es inconcebible que Trump mande negociadores, mientras amaga con salirse. Alucinante. Iracundo Trump, está de atar el hombre, no cabe la menor duda. Embajadores y secretarios han tenido que salir a desmentirlo. A su paso por México, el exsecretario del Tesoro Lawrence Summers (1999-2001) de plano ha expresado que Trump puede decir lo que guste, pero que los lazos comerciales de América del Norte son firmes y por ende, no los romperá. Ya en junio pasado había mencionado que Trump era un claro y presente peligro para EE.UU.. Esta clase de impresiones de Trump tiene locos los mercados. Como es natural. Dispara la cotización del dólar y expone la economía. Hillary Clinton acaba de llamarlo degenerado.
Es que de verdad la verborrea de Trump, sus calentones de boca, su ira son para el psiquiatra.
Pero su país ha dado la nota en otro rubro: los supremacistas envalentonados no quitan el dedo del renglón. Los Estados Unidos son racistas y dejan esa practica impune. Se la denuncia en las calles, desde Hollywood, se la minimiza como “casos aislados”. Se la evidencia desde los deportes o la excluyente televisión, siempre privilegiando a los blancos y dejando de lado a las minorías. Lo niegan, pero se exhiben tal cual son. La tibieza de Trump frente a ellos, lo convierte en uno de tales. Dios los crea y ellos se juntan.
Y allá ellos. Empero lo que sí es verdad es que la Guerra Civil estadounidense no pretendía liberar negros por simple humanidad ni considerarlos iguales a los blancos, sino definir el futuro económico del país. Ergo, liberarlos fue la consecuencia de la derrota de los esclavistas y no por valorarlos como humanos, de forma tal que no se acompañó de dotarlos de derechos. Por eso un siglo después seguían peleando por ellos y por eso hasta hoy son ciudadanos de segunda, aunque se haya avanzado y no obstante que se niegue oficialmente que lo sean.
Eso explica también su confinamiento, su atraso y su segregación cuajada de racismo –también debida a su indolencia manifiesta– y explica por igual que mientras se toleraran grupos como el KKK, que no se resignaron a que los blancos esclavistas perdieran la Guerra Civil teniendo que conceder algunas libertades a sus esclavos no por ser negros, sino como revancha y por el costo de la derrota. Mezquinos hasta el final. Nacieron los negros pues, desprovistos y con una torcida idea de su libertad. Triste papel el de los negros en Estados Unidos que han tenido que ver el transcurso de 220 años para colocar a uno de los suyos en la presidencia. Una monopolizada por los blancos, después de todo.
Esos blancos esclavistas que lo perdieron todo, tuvieron la astucia de engatusar a los negros cuando se les nombró como gobernadores y alcaldes, pese a que solo sabían ser lo de siempre: esclavos, acorralándolos. En esos entresijos y vacíos de poder, se empoderaron los blancos y recuperaron su fuerza o al menos, el espacio para edificar símbolos de su supuesta supremacía. Eso explica la erección de monumentos a militares y a supremacistas sudistas. Y claro, esos defensores en vida de los ideales esclavistas derrotados por la armas, no lo fueron en las mentes y por eso perduran visibles y retadores orgullosos de ser sureños confederados.
Esos monumentos y todos los símbolos alusivos al periodo esclavista y a su defensa en la contienda, tolerados, evasivos de leyes o abiertamente permitidos a contrapelo de ellas, parecen un encono que quedará solo en anécdota si se los retira, porque la mentalidad racista persiste como lo ha hecho por siglo y medio. No nos engañemos. Derribarlos incluso por gente blanca, no es gratificante y ni siquiera supone un inicio de un cambio de mentalidades o de paradigmas acendrados revalorando positivamente a las minorías. No. Solo refleja un debate existente y sin posibilidades de cerrarse. Se trata solo de un episodio más para el anecdotario. Tristemente.
Resulta grave el envalentonamiento de los supremacistas y la tolerancia por activa y por pasiva de las autoridades. Se pronuncian y manifiestan abiertamente porque se saben impunes y porque transitan sin poca ni más vergüenza en los linderos de la ley. La burlan en sus resquicios y tienen en Trump a un símbolo inspirador. Será por ser el hombre naranja como lo apodan sus detractores.
Comprendamos que los supremacistas han existido desde que acabó la Guerra Civil, porque se los toleró y protegió. No son cuatro gatos y nunca se han ido. Se les ha minimizado, difuminado por épocas, pero no extinguido y desde luego que hasta se ha negado su existencia, su continuidad y que sean muchos. Y no son pocos y su discurso de odio y de despreciable e infundado convencimiento de que son superiores y mejores sin serlo, se demuestra como que ellos en primera persona, justo ellos, no son ni los inventores de nada ni los inspiradores de algo, sino rubios de bajo potencial intelectual o de plano, ociosos sin oficio ni beneficio, que los coloca en la patética condición de ser simples miserables sin aporte alguno al bienestar de su país y mucho menos, a la civilización de la que presumen ser guardianes y creadores. Es lo esperado de unos acomplejados postrados mentalmente, facetos mamarrachos que no deben de impresionarnos ni dejarnos boquiabiertos.
Por eso además de rogar no cruzarme con uno de esos descerebrados, lo que puedo decir es que me inspiran una repulsión mayúscula y un aburrimiento total por su solaz ridiculez y su impresentable percha, por su carencia de legitimidad para señalar nada y a nadie, por su repugnante degradación que los muestra inferiores, cual lo son, y por su estólida actitud delincuencial y estéril que flaco favor le hacen a su degenerada naturaleza e inexistente superioridad. Porque ya le digo: esos supremacistas que cada vez más asoman la cara para amedrentar, no son en primera persona ni los creadores de nada de su dudosa cultura superior de la que se ufanan ni les debe algo; de la que solo disfrutan mas no la enriquecen, impedidos así de ser su garante o sus defensores, aunque se asuman como sus centinelas y no lo son, porque su nauseabunda degradación se los impide. Son la viva imagen de la tumba de lo que dicen defender, que ya amerita estar sepultado. Así de fácil responderles.
Ese discurso deshilachado y mierdero de los supremacistas blancos es trasnochado y de una putrefacta bajeza moral. Es un discursillo deplorable que merece siempre responderse y depositarlo en el excusado (water) de la historia, de donde jamás debió de brotar.