Opinión

Musulmanes en privado, españoles en público

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 24 de agosto de 2017

Una vez más un abrumador sentimentalismo ha asolado los medios de comunicación tras los atentados que padeció España la pasada semana. Los sentimientos son parte de la condición humana, pero el sentimentalismo es una hiperplasia de los mismos que ha alcanzado dimensiones de epidemia. En esta inflación sentimental la percepción se tuerce y la acción se confunde. Pero es urgente entender el acto terrorista y su sentido, templando nuestra trémula subjetividad. La emoción que, sin duda, anima el análisis ha de subordinarse al objetivo de entender. Templemos, pues, los ánimos.

Nos importa entender si la población que Europa ha recibido y está recibiendo, caracterizada por su confesión islámica, puede convivir con la población europea (hay quiénes la llaman “indígena”) en las condiciones del presente, resultantes de la historia de Europa. Es evidente que esas condiciones históricas y, por tanto, cambiantes se verán afectadas por el nuevo aporte. Nos preguntamos si esa modificación continuará, rectificará o contradirá los principios en que se fundan las sociedades europeas actuales.

Europa es hoy una población de individuos flotantes que viven su vida dentro de la ley, según criterios propios – subjetivos – con el único veto de interferir en la vida de los demás. Es el veto de la tolerancia. Recordemos, sin embargo, que esa tolerancia no es el efecto, sino la causa del pacífico, aunque anodino, consenso entre subjetividades separadas, educadas en la mutua indiferencia. La tolerancia fue el resultado de la más cruenta de las guerras sufridas en Europa hasta la fecha de su consagración. Las guerras de religión que asolaron Europa en el siglo XVII se resolvieron en unos u otros países como suelen hacerlo las guerras: con la victoria de uno u otro de los grupos enfrentados. Sin embargo, sobre el territorio francés el combate se ve abocado a una indefinida irresolución. Esta circunstancia conduce a la superación del sangriento enfrentamiento entre identidades religiosas merced a la elevación del Estado a última instancia o exclusivo detentador de una violencia legítima: es lo que comúnmente se conoce como absolutismo político. Desde Francia los principios de la nueva política se extenderán sobre Europa modulándose entre el laicismo riguroso y la no confesionalidad.

La tolerancia es, en efecto, un momento fundamental del absolutismo político y su artífice último acaso haya sido Jean Armand du Plessis, cardenal de Richelieu. En defensa de la Monarquía francesa Richelieu sometió a las facciones religiosas al mutismo, silenciando su presencia pública en nombre de la tolerancia. En sus espacios privados cualquiera podrá practicar una u otra religión, siempre que no traten de llevarse al espacio público los principios de la misma, desencadenando nuevamente el enfrentamiento. El conflicto quedará silenciado por la retirada a la privacidad de las conciencias de las cuestiones en litigio. De este modo, el principio de tolerancia resulta el pilar fundamental de las modernas sociedades políticas o estados absolutos. Y los Estados absolutos son la antesala de los Estados Nacionales que resultan de la revolución, de manera que ésta perfecciona y culmina, no contradice, el absolutismo político. Y así la política, elevada al absoluto, se presentará en Europa cada vez más como una técnica abstracta de gestión y administración, un instrumento directivo neutral cuyo objeto es idealmente sólo económico. Cualquiera que oiga al presidente Rajoy presentar el crecimiento económico como el exclusivo interés de la ciudadanía sabrá de qué hablamos.

La vida pública se ha vaciado de fines trascendentes y horizontes metafísicos, arrojados al espacio de la conciencia subjetiva o privada: al espacio de la opinión. Las sociedades modernas estarían formadas por millones de individuos cuyas trayectorias discurren en paralelo, sin interferencias mutuas. ¿Pero cómo concebir el inevitable encuentro entre los individuos libres e iguales en un espacio regido por la mutua tolerancia? Como relaciones contractuales. Lo sujetos ajustarán sus relaciones de manera libre y racional, estableciendo por contrato los términos de su relación.

No valoro este resultado, simplemente lo señalo. Como señalo que en las sociedades musulmanas este proceso, más reciente, es menos claro. Aceptar la separación de las dimensiones pública y privada no será fácil, y acaso no sea bueno habida cuenta de la vacía consistencia de la sociedad europea actual. En cualquier caso, es una separación que caracteriza a la Europa moderna.