En la manifestación de repulsa de los atentados, que tuvo lugar ayer en Barcelona, miles de personas -se calcula que en torno al medio millón-, mostraron su absoluto rechazo al terror sembrado por los yihadistas, proclamaron “No tengo miedo” y pusieron de relieve su solidaridad con las víctimas. En la primera línea, los colectivos sociales, los servicios de emergencia y las Fuerzas de Seguridad, y encabezando la marcha, Su Majestad el Rey, Mariano Rajoy y su Gobierno, y los presidentes de todas las autonomías, junto a autoridades municipales.
Tampoco faltaron los líderes de todos los partidos, entre ellos, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y Albert Rivera. Agrupados todos en un mismo grito de condena, la manifestación resultó en términos generales una muestra palmaria de unidad. Porque, solo desde la unidad es posible hacer frente al desafío de quienes pretenden que la sangre y la destrucción acabe con nuestro modo de vida y nuestros valores, basados en una convivencia pacífica en libertad.
Pero contra esa unidad, esos valores y esa convivencia se alzaron inaceptables voces que trataron de que la manifestación naufragara, algo que no consiguieron. Fueron una minoría, pero significativa y bien organizada, que empañaron la marcha. La CUP y los secesionistas plagaron de esteladas la manifestación y silbaron al Rey y al Gobierno, aunque no lograron hacer mella en ellos, que mantuvieron la calma, con su sectarismo e intolerancia.
El comportamiento de los secesionistas, no solo estaba absolutamente fuera de lugar como una bofetada a las víctimas y a sus familias, sino que quiso instrumentalizar el acto en contra del estado de derecho, que es precisamente lo que el terrorismo busca quebrar, y en beneficio de su delirio separatista. Una bofetada inaceptable que muestra a las claras la catadura de aquellos que ni siquiera respetan el dolor producido por el zarpazo asesino de los terroristas.