Opinión

La flor y nata de Barcelona

TRIBUNA

Agapito Maestre | Lunes 28 de agosto de 2017

La flor y nata del Barrio Chino de Barcelona organizó el sábado pasado un aquelarre contra las formas civilizadas de vida. La flor y nata del Barrio Chino de Barcelona escenificó el sábado una obra bufa contra el mundo occidental. La flor y nata del Barrio Chino de Barcelona atentó, según el protocolo de sus ancestrales costumbres, contra España. Puso al Jefe del Estado en segunda fila, ocultó a los terroristas -no se olvide que el criminal de las Ramblas se declaraba independentista, tampoco se eche en saco roto las conexiones de un Teniente de Alcalde de Barcelona, alto cargo de Podemos en Cataluña, y de un diputado de la CUP en el Parlamento catalán, con el mundo más terrible del islamismo- y ridiculizó a todos los políticos de España que de buena fe asistieron a la manifestación contra el terrorismo yihadista.

La fecha del sábado pasado, 26 de agosto del año 2017, ha pasado ya a formar parte de ese extenso y dilatado historial de la flor y nata del Barrio Chino de Barcelona. El año 2017 será recordado de modo similar a la Semana Trágica de 1909, que sería reeditada en el 31 y el 34, y sobre todo tendría su gran reedición, corregida y aumentada, en el año 36. Esperemos que el éxito obtenido por los organizadores de la manifestación del sábado no alcance al que lograron en el 36; aunque tal y como van las cosas, no descartó que el número de personas que salgan de esa ciudad sea muy superior al que emigraron al comienzo de la Guerra Civil, pues que en el pasado salieron todos a la vez -hubo tantos, por poner un ejemplo, que en el 36 se asentaron en San Sebastián que esta ciudad fue rebautizada por un simpático bilbaíno como Sant Sebastià de Guíxols-, pero ahora llevan más de treinta años abandonándola.

Lo más extravagante de todo, en verdad, la locura de la manifestación del 26 de agosto es que había sido prevista. Solo se engañaban y se siguen engañando los bobos. Y los miserables. Ningún periódico el sábado por la mañana dejaba de indicar que el separatismo no respetaría a los caídos por el crimen yihadista. Nadie dejó de advertir que aquello había sido organizado por la flor y nata del Barrio Chino de Barcelona. Entonces, dirán ustedes, ¿por qué participaron el Jefe del Estado y el Jefe del Gobierno? Solo hay dos respuestas: por valentía o por lo contrario. ¡Elijan! Yo no sé qué pensar. Yo solo aspiro a que la petulancia del que cree saber más que los otros, incluso es capaz de prever los detalles más nimios de lo imprevisto, sea compensada, en esta hora trágica para España, por la resignación que es, tal y como están las cosas, uno de los estados espirituales más altos que puede alcanzar el ser humano. No luchemos contra lo ineluctable. Describámoslo: quizá lo lo sucedido el sábado en Barcelona contribuirá a cavar la tumba del separatismo o, por el contrario, quizá acelerará el proceso de desintegración de España. ¡Quién lo sabe!

Por fortuna, algo quedó claro el sábado pasado. No hubo en esa encerrona independentista ningún alto representante de algún país de la UE. Quiero creer que no asistió nadie con entidad moral y política de la UE, porque España, este viejo y complicado país, todavía es querido en Europa y el resto del mundo. Ni alcaldes ni jefes de gobierno ni persona alguna con una cierta legitimidad democrática de la UE quisieron participar en una manifestación contra España y la civilización occidental. Todos sabían lo que iba a ocurrir: no se protestaría contra la yihad, sino que se haría al Jefe del Estado complice de cualquier barbaridad; no se condenaría al terrorismo islamista, sino que se acusaría a Rajoy de vender armas; no se pondrían en cuestión el terror, sino que se gritaría solo una consigna: fuera de España, nadie atentará contra Cataluña.

En fin, como es de sobra sabido, cualquier acto organizado por el separatismo barcelonés acaba mal. Son terribles. Ni a los muertos respetan. No me extraña que el mayor poeta de Cataluña del siglo XX, nacido en Barcelona, eligiera un pueblo de Castilla para que descansaran sus restos. Era la única manera de asegurarse que no profanarían su tumba. Jaime Gil de Biedma eligió con precisión poética ser sepultado en Nava de la Asunción. Sabía bien como se las gastaban la flor y nata del Barrio Chino de Barcelona.