Leí, no hace mucho, la menos maliciosa que inflexible biografía que el doctor Samuel Johnson escribió, en el siglo XVIII, sobre el poeta John Milton. Me entero por ese texto revelador, que Milton fundó en un suburbio de Londres una escuela particular en cuyo revulsivo programa estaban incluidas la física, las matemáticas, la astronomía, la botánica y la zoología. Johnson agudamente observa que “la prudencia y la justicia”, dos de las virtudes cardinales establecidas por los griegos pertenecen a todos los tiempos y cualquier sitio. “Somos continuamente moralistas –enfatiza- y raras veces geómetras o botánicos (…)”. Cierto. Podemos tratar a una persona casi toda la vida y no tener oportunidad de apreciar sus conocimientos de física, zoología o hidráulica, pero su índole moral se revela inmediatamente. En lo personal, creo con el doctor Johnson, que acaso la misión menos importante del hombre en la Tierra es vigilar el crecimiento de las plantas o el curso de los astros; Sócrates pensaba que nuestro deber esencial es oponernos al mal y obrar con justicia; aunque, desde luego, tampoco hay razón valedera para que un individuo se niegue a los placeres de la física, la astronomía, la literatura o la filosofía. Sin embargo, estoy de acuerdo con el doctor Johnson en que la ética ha sido el problema esencial de todos los tiempos. Y lo sigue siendo en el nuestro donde concretamente ralea.
Esas flaquezas inherentes a la condición humana, creo, hacen vulnerable a nuestra época. Empecemos siendo sinceros, aunque eso irrite. A la mayoría de la gente le interesa más el resultado de un match de fútbol o de un encuentro de tenis, que la educación, los actos de corrupción o la desviación social, que involucra la inseguridad de cada individuo. En nuestras democracias, al momento de votar, se tienen más en cuenta ciertas frivolidades de los candidatos, que las propuestas correctoras o modificatorias de la realidad que nos afectan. Las determinaciones para apoyar a un candidato suelen pasar por la bendición de programas televisivos, dedicados al baile o por las sandeces de almuerzos con gente del ambiente del espectáculo.
Sin el ánimo de ser insistente o reiterativo, permítaseme sumar otras causas que no agotan mi criterio y supongo que tampoco el de mi lector. Menciono en primer término a la publicidad, que unida a cierto periodismo banal pretende hacernos creer que la noticia difundida de un hecho es más creíble que el hecho mismo; a la omnipotencia de los Estados que miden la grandeza de las naciones por la mera extensión de sus territorios y su poder militar o económico; a los nacionalismos, que con una xenofobia cavernaria pretenden levantar muros para dividir a los pueblos; al abuso de las estadísticas, que han reemplazando al buen criterio; a la tortura, el secuestro y el espantoso fantasma del terrorismo, que parapetado detrás de una religión, mata y pretende justificar su acción criminal.
Una modesta observación de lo que sucede en el mundo nos permite aproximarnos a fenómenos novedosos de la sociedad contemporánea, que se ve, además, sorprendida todo el tiempos por el avasallante desarrollo tecnológico y científico, indetenible en sus sostenidos avances. Desde esas metamorfosis, comprobamos que el desgaste de las ideologías tradicionales y la despolitización del hombre común son un hecho indiscutible. Todo se expone y, en algunos casos, se enfatiza o se justifica ante los ojos de todos.
Vemos así, cada vez con más preocupación, que las antiguas moralidades apoyadas en un dogma, en el honor y la virtud, se van diluyendo en una amalgama de nuevos comportamientos que marcan un retroceso para algunos y para otros una falta de respeto hacia la comunidad. Ya casi no existen las lealtades, que la mala praxis de la política ha reemplazado por la complicidad. La creencia en las religiones, como una encarnación de la verdad revelada y de la pureza espiritual, ha caído también a niveles condenatorios por los actos de pedofilia de algunos de sus representantes. En nuestro mundo occidental y cristiano, esas obediencias tenían una importancia que se ha ido degradando.
Vivimos épocas difíciles, no caben dudas. Asistimos a una decadencia donde poco se tiene en cuenta la ética. Somos testigos del ocaso de ciertas normas de convivencia que hoy se ven como obsoletas y estamos a merced de modos de corrupción nunca vistos, que involucran no sólo a políticos y altos funcionarios, sino a Gobiernos y a los propios Estados; hechos tan escandalosos que pueden provocar el desmantelamiento y la ruina económica de un país, sumando más pobreza a la ya existente, en algunos casos con absoluta impunidad. Todo eso justificado por una complaciente justicia, convertida en una corporación con privilegios que puede llegar a niveles descalificatorios de su esencia: hacer justicia.
Mencionamos, en un párrafo anterior, el vasto universo de la ciencia y la tecnología, que incorporando el internet y otros medios sofisticados de comunicación, nos ponen en un instante en contacto con las más remotas formas de la cultura y de todo el saber. Fantástico, sin duda. Con tocar una tecla se nos abren las páginas de enciclopedias y las puertas de bibliotecas de todas las épocas. Algo prodigioso, que también involuntariamente, nos ha hecho dependientes de una pantalla que nos construye una realidad paralela (que hasta intenta desplazar al libro y a la lectura en papel) con nuevas formas de dominación y mecanismos de poder, que ya incorporamos como propios y naturales. Estamos así ante una forma de realidad que puede disociar el discurso de los hechos y hasta el relato de la misma realidad. Eso que no es verdad, sino pura apariencia, se transforma por una suerte de birlibirloque, en un espejo donde se proyecta en muchísimos casos nuestro deseo narcisista. Es como si lo concreto de la existencia se hubiera esfumado y lo reemplazara la irrealidad de una simulación.
Eso ha hecho, además, que la complejidad ponga límites severos al entendimiento, y nos haga, en tantísimos casos, renunciar al pensamiento. Nos contentamos con el simulacro, con el fantasma y la ilusión, y aceptamos, resignados, las engañosas imágenes construidas sobre falsos escenarios, que pueden ir desde los juegos electrónicos para niños, hasta las series de Netflix para adultos.
Hay, sin duda, en todos estos medios modernos elementos probatorios de la fatuidad de nuestra época, que nos hace víctimas de adictivos y alienantes (especialmente difundidos por los medios audiovisuales) inventores de una inteligencia artificial alimentada de procesos falsos, que como en el mito de la Caverna Platónica, inciden sobre las formas del mundo contemporáneo, evitándonos pensar. De tal modo hasta podemos imaginar que hacemos un vuelo transatlántico, mientras permanecemos sentados ante un simulador que nos reconstruye una realidad paralela. En este caso proyectada en la pantalla, que emite el refinado simulador. Persiste así la infidelidad de convertir los hechos en pura representación virtual.
En suma, el mundo pasó a ser, también involuntariamente (así queremos suponerlo), un burdo experimento de la realidad, una suerte de derivado de la auténtica existencia. Esto hace que participemos de la agonía de la política y la deformación de los poderes constituidos. La democracia se ve arrinconada por totalitarismos mediocres representada por grotescos líderes; pareciera que hemos pasado de la imaginación del poder al poder de la imagen.
En las últimas décadas la gente tuvo acceso a una enorme cantidad de información, que desmitificó a las autoridades, desarrollando un sentido común más agudo que el de las elites y perdió el respeto por el criterio de autoridad. Las verdaderas conversaciones y los intereses reales de la calle se han ido alejando, incluso, de los temas que la ciudadanía, siguiendo el deber ser, puntualiza ante los encuestadores. Por otro lado, todos somos hoy emisores desde que se han masificado los smartphones. La opinión pública parece haber tomado vida propia y asume un protagonismo de aeroplano de papel, a veces burdo y anarquizante.
Quizá lo único permanente es la fugacidad, los votantes ya no son de nadie, los humanistas no son escuchados ni llaman demasiado la atención, las buenas intenciones y la educación poco valen ante la prepotencia de ciertos caudillos apropiados de la democracia; algunos pocos dirigentes bien intencionados intentan aún pescar en una pecera cerrada mientras la mayoría de la sociedad flota a la deriva en mar abierto.
El dinero, ese otro invento del hombre, símbolo del poder individual y colectivo es, cada vez más, la llave ganzúa que abre todas las puertas y corrompe todas las conciencias (verbigracia los recientes casos de coimas del grupo Odebrecht). Un dinero que multiplican los bancos a través de los negocios financieros, y poco o nada tienen en cuenta el bienestar general.
La gran pregunta es: hay algún sendero que nos conduzca hacia un mundo más justo y humano, o estamos asistiendo acaso a los finales de un tiempo que aún no nos revela la forma que adoptará en el futuro, y si habrá futuro. Lo preocupante es que la crisis ética de nuestra época se ha transformado en la gran grieta cuya amenaza es un abismo con caída libre. La educación, la cultura y las normas morales de convivencia parecen agotadas en un universo donde el hombre ha desarrollado al máximo su imaginación y su capacidad creativa para rodearse de confort y disfrutar mejor de la vida; por el otro de injusticias e instrumentos letales, quizá para auto eliminarse.
Si repasamos la historia de la humanidad, vemos que los antiguos problemas aún nos pesan y que el porvenir es cada día más incierto. Conjuntamente con el desarrollo científico y tecnológico, están esas armas de destrucción masiva, que si se ponen en funcionamiento pueden acabar con nuestra casa común, el Planeta Tierra, y con nosotros mismos, por supuesto.
Mientras tanto, alegremente, dos matones irresponsables, especialistas en bravuconadas hacen alardes de fuerza y amenazan con lanzar sus ojivas nucleares destructoras. La remota frase del comediógrafo latino Plauto cobra actualidad: “Homo homini lupo” (el hombre es lobo del hombre). Es verdad, el hombre parece empecinado en seguir siendo un lobo para el hombre.