Opinión

El arte del arrepentimiento

Alberto Míguez | Viernes 04 de julio de 2008
Hace ya varios meses que el hombre de confianza del ex presidente Fujimori, más conocido por “el Chino”, Vladimiro Montesinos está en el penal del Callao, uno de los más terribles establecimientos penitenciarios peruanos y sin duda el más cruel de América Latina.

Montesinos ha sido condenado a cadena perpetua por su íntima e insana colaboración con el hombre que dominó el Perú con mano de hierro durante años hasta que fue extraditado de Japón, país del que era originario o al menos del que decía ser natural.

Fujimori nunca dejó de prestar la más sincera colaboración con Fujimori en todo cuanto éste le pidió y que no era precisamente moco de pavo.

Montesinos estaba encargado del trabajo sucio en la presidencia de Fujimori y lo hizo con tanto entusiasmo que al final terminó cayendo en manos de quienes le habían ayudado en los detalles, esto es, en los pequeños crímenes y delitos cotidianos.

Fujimori corrompió a políticos, militares, narcotraficantes y policías y lo hizo con tanta habilidad que antes de que su patrón -es decir Fujimori- abandonara Japón pudo largarse sin que sobre él cayera lo más grave del memorial de delitos cometidos en Venezuela, Colombia e incluso Perú.

Claro que sus relaciones con el mundo del narcotráfico no era precisamente una tontería. Como no lo fueron, por otra parte, algunos crímenes que rozaron el genocidio como el genocidio colectivo de “La Cantuta” donde fueron asesinados cincuenta estudiantes. Nunca se supo por qué ni para qué.

Junto con los crímenes promovidos y el tráfico en gran medida de cocaína procedente del Alto Huallaga, Montesinos convirtió en una fortuna espectacular lo que comenzó siendo una oportunidad. Y dodo eso lo hizo con el apoyo de la policía federal, el ejército y los servicios de inteligencia que él controlaba con mano de hierro.

Pero como a todo gallo le llega su “San Martin” Valdivieso no tuvo más remedio en el momento de la verdad de contar cuanto sabía y cuanto los demás podían saber. Terminó así cantándolo todo y, de paso, descubriendo muchos de los pequeños detalles del “presidente” Fujimori, que ya se encontraba en Japón.

Fujimori tras un largo recorrido por Asia y América Latina, detenido en Chile y condenado en este país terminó por caer en manos de las autoridades judiciales peruanas y finalmente dio con sus huesos en el penal. Y allí se encuentra con la lejana esperanza de obtener algún día la libertad condicional, algo a lo que está dispuesto porque para ello cuenta ya con las muy recientes declaraciones de Valdesinos que acaba de declarar ante un tribunal los delitos y sospechar que caían sobre el ex presidente tiene menor cuantía. Lo que significa más o menos que si cuenta con el apoyo de un buen gabinete jurídico, poderoso apoyo de origen nipón y presión por parte del poderosísimo lobby nipón en Perú, las posibilidades de salir a la calle en libertad condicional son evidentes. Cosas más escandalosas y graves se han visto en los países andinos y además los peruanos no tienen tal recuerdo de Fujimori y no olvidan que el “chino” fue capaz de terminar con Territorio luminoso sin que para ello haya tenido que utilizar síntomas un tanto hirsutos o salvajes.

Son muchos todavía hoy quienes echan de mano de Fujimori y quienes en un momento dado recuerdan que fue él quien acabó con Abimael Guzmán y su mafia criminal de bandidos en la alta sierra de Ayacucho. Los pueblos tienen reacciones sorprendentes y la historia del Chino Fujimori es una de ellas.

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