Opinión

El nacionalismo también sabe de marketing

Montse Fernández Crespo | Viernes 04 de julio de 2008
Hace pocos meses, asistí a una clase en la que los alumnos debían preparar una presentación sobre un tema que el profesor previamente había decidido para cada uno de ellos. Me llamó mucho la atención la exposición de una chica que explicó en qué consistía para ella el sentimiento “vasco”. La alumna expuso ante sus compañeros que se sentía más vasca que española y que ese sentimiento era tan intenso que, si bien no podía explicar razonadamente y en profundidad su por qué, la llevaba a emocionarse con el arresku -baile típico-, los aizkolaris -cortadores de troncos-, y los remeros de las traineras. Y este sentir era tan profundo que si acudía a ver un partido de fútbol de la selección española, ella portaba la ikurriña -bandera vasca- si había algún jugador vasco en el evento, dado que la española la dejaba indiferente.

Este episodio es el origen de algunas reflexiones sobre el sentimiento nacionalista y, por añadidura, del auge de los nacionalismos, que intentaré expresar en este artículo sin pretender sentar media cátedra sobre el tema -en el que me considero, como en muchos otros, ignorante- sino simplemente ofrecer mi más sincera opinión al respecto.

País, Estado, Nación, Estado Nación… Nacionalismo centrífugo, nacionalismo centrípeto, nacionalismo romántico, nacionalismo étnico, nacionalismo económico… Existe un gran repertorio de términos y definiciones que aquellos interesados en el tema pueden encontrar y estudiar. De todos ellos el que más me atrae es el de Nacionalismo Banal, conceptualizado por Michael Billig. Este autor sostiene que el nacionalismo inunda los detalles más pequeños y, aparentemente, inocentes de nuestro día a día. Según esta teoría, incluso los líderes no nacionalistas reproducen sentimientos nacionalistas en muchos de sus actos y hasta podemos encontrar muestras del sentido de pertenencia a una nación en las banderas con que algunos productos identifican los idiomas en que van traducidos sus ingredientes. La nacionalidad está constantemente siendo recordada a sus ciudadanos.

Esta teoría enlaza con el marketing que los partidos y líderes nacionalistas diseñan a lo largo de su territorio para convencernos de que “somos diferentes”, “somos soberanos”, “somos nación”. Podríamos hablar de un “Nacionalismo de campaña”, que crea una marca -la nación- con la que los ciudadanos se sienten identificados, al igual que se trabaja en los cuarteles de comunicación de Coca-Cola, Mac o Tommy Hilfiger. En España recientemente se lanzó la marca “Gobierno de España” en un intento de unificar sus diferentes autonomías y, a la vez, ganar peso en un territorio cada vez más fragmentado.

El protocolo es sencillo. Se trata de utilizar símbolos rescatados de las tradiciones del pasado, con los que enganchar a los ‘consumidores del presente´: la ikurriña diseñada por Sabino Arana, la incorporación del gallego en los anuncios publicitarios o el deleite de la misma gastronomía, se convierten con un poco de marketing y un mucho de estrategia, en los iconos que representan lo que nos une y, a la vez, lo que nos diferencia de ‘los otros’.

Captadores hábiles y captados debilitados. Los nacionalismos están en auge debido a que en un mundo globalizado los individuos temen perder su identidad, desdibujarse, perderse en una sociedad global. Y les brota el miedo y se adhieren a su entorno más cercano con la esperanza de que ya no serán invisibles, de que “su grupo” les defenderá de ataques externos y diversos. La mayoría de ellos se convierten en nacionalismos feroces, reivindicativos, separatistas, irrespetuosos con la identidad y derechos y libertades de los demás. Sus capacidades estriban en la recuperación para los ciudadanos del sentimiento gregario tan necesario: El hecho de compartir la pertenencia a un grupo – ha dicho Morín, (1999) - transforma la relación entre las personas de una manera que permite la acción colectiva coordinada y eficaz, pues, cuando las personas consideran que los demás pertenecen a su misma categoría, es más probable que experimenten confianza y respeto y que cooperen con ellos. (Carolina de la Torre Molina).

Pero hay más. El individuo se siente cómodo formando parte de una multitud y le genera ansiedad sentirse separado o desplazado. Frente a la supuesta identidad que le confiere la pertenencia a un grupo con afinidades e intereses comunes, el sentimiento nacionalista también debiéramos analizarlo desde el punto de vista de las conductas de las masas, del comportamiento que “la masa” adquiere cuando los individuos se juntan, provocando que cada uno abandone su personalidad y ella adquiera una nueva, la del conjunto, siendo ésta, en muchas ocasiones, un tanto irracional: Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo -en bien o en mal- por razones especiales, sino que se siente “como todo el mundo”, y, sin embargo, no se angustia, se siente a salvo al saberse idéntico a los demás. (Ortega y Gasset, La rebelión de las masas).

Lo confieso. Me defino antinacionalista. Y me reconforta saber que antes que yo, personas como Einstein y Camus también lo fueron. Puede que el hecho de mi ausencia -obligada- del núcleo familiar a la edad de 10 años sea una de las causas de mis sentimientos de desarraigo y de la no-necesidad de buscar mi identidad y la defensa de mi individualidad en la pertenencia a grupos de cualquier clase y condición. Pero no es a causa de ello que vea en cada movimiento nacionalista un intento de manipulación en búsqueda de intereses particulares de las élites de poder que lo promocionan.

Si el sentimiento nacionalista va a hacerme estremecer viendo a los harri jasotzailes -levantadores de piedras- o a defender a capa y espada las bondades culinarias de la morcilla de Burgos, me abstengo.

PD. Desde el respeto por las tradiciones e identidades de todos los pueblos.

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