El sueño (autor de representaciones),
En su teatro, sobre el viento armado,
Sombras suele vestir de bulto bello.
Luis de Góngora
He cometido la imprudencia de nacer en septiembre, el mes de la primavera en nuestro Continente Sudamericano y del signo astral de Virgo en el Universo. Por mi madre, doña Salvadora Concepción Castellano Tomassi, apasionada y devota lectora de la Divina Comedia, supe desde niño que siguiendo el paso de algunos de mis mayores, entre ellos Giuseppe Tomassi, el autor de Il Gatopardo, mi destino sería la literatura; predicción que se ha ido confirmando (para bien, para mal) a lo largo de los años. En ese mes o bajo ese signo nacieron también -me disculpo por mi inocente vanidad, pero no puedo evitar señalarlo porque me colma de orgullo- don Francisco de Quevedo, Emilia Pardo Bazán, Julio Cortázar, Adolfo Bioy Casares, Nicanor Parra, Faulkner, F. Scott Fitzgerald, Prosper Mérimée y, nada más ni nada menos que los dos grandes Migueles: don Miguel de Cervantes y don Miguel de Unamuno; el generoso signo astrológico lo incluye -esto tampoco lo puedo obviar- a Jorge Luis Borges, León Tolstoi y a Truman Capote, nacidos bajo el signo de Virgo antes y después; es decir, en el mes de agosto o de septiembre.
Así pues, como buen lector ya entrado en años y asistido por cierto derecho a la ancianidad, que a uno lo vuelve gárrulo (o “paleto”, como se dice en España) e individualista; con las correspondientes disculpas del caso, por supuesto, me he tomado el atrevimiento de empezar este artículo con cierta compulsiva jactancia. Pero vamos al grano, que es lo que interesa a mi lector:
Aunque suele utilizarse más frecuentemente en lenguaje coloquial, el término ensueño se refiere al proceso de soñar; algo que desde la antigüedad es considerado como una forma de contacto con la divinidad, siendo el hombre para Píndaro apenas la sombra de un sueño (Homo umbrae somnium) y acaso la mejor manera de vaticinar situaciones futuras. Los sueños nos traen cada noche universos insólitos, personajes misteriosos, visiones infernales o angelicales y episodios maravillosos que no podríamos vivir despiertos.
Soñar es abrir una puerta de la mente hacia lo prodigioso. Todas las esperanzas, ambiciones, deseos, miedos, fantasmas, amigos, tiempos buenos y malos residen allí, son parte de la mente primitiva y constituyen una vía de acceso a realidades que están más allá del alcance de la lógica. Por consiguiente, los sueños son únicos y han sido objeto de estudio a través de siglos, siendo esenciales para el psicoanálisis moderno. Cada sueño se conecta con su propia “realidad”, por lo tanto, al interpretarlos, es importante ponerlos en el contexto de nuestra experiencia y vida personal.
Vale recordar que un sueño unifica al cuerpo, mente, y espíritu. Provee conocimientos sobre nosotros mismos y medios para la exploración de la propia personalidad. “Si comprendes tus sueños -decía Li Po-, te habrás conocido y entendido un poco mejor.”
Los sueños parecen ser una manera por la cual el inconsciente considera, clasifica y procesa todos los problemas que se encuentran en la vida despierta. El trabajo de famosos psicoanalistas como Freud y Jung ha ayudado a miles de personas normales y sanas, por no mencionar los muchos casos de perturbaciones mentales graves. Sus hallazgos pueden ser aplicados de una forma sencilla a la propia experiencia de cada uno.
En lo personal, diré que yo aprovecho casi siempre el aporte que me brinda mi inconsciente para hacer, además, literatura; trato de descubrir el sitio donde se dan mis sueños, indago en ellos y, de alguna manera, intento compartirlos. Por lo general, cuando les encuentro alguna identidad, forma de revelación o sentido estético, trato de registrarlos. Mis diarios y mis apuntes, como mi poesía y mi prosa abundan en situaciones oníricas, y uno de mis libros, con prólogo de Borges, se titula Sueño que sueña.
Pero voy al sueño que soñé en la madrugada del 2 de septiembre de 2017; es decir, hace tres días, y me despertó de súbito con ganas de describirlo y compartirlo con usted, amable y paciente lector. Le cuento que el inefable escritor y político inglés Joseph Addison, traductor de Virgilio y autor de la famosísima obra de teatro Catón, observó que el alma humana, cuando sueña, desembarazada del cuerpo, es a la vez el teatro, los autores y el auditorio; idea que encaja impecablemente con los versos del poeta don Luis de Góngora (a quién seguramente Addison leyó), y he usado como epígrafe de este texto. Esas metáforas de andaluz y del dramaturgo inglés, quizá puede conducirnos a la tesis, peligrosamente atractiva, de que los sueños constituyen el más antiguo y el no menos complejo de los géneros literarios”. Alighieri, Stevenson, Kafka, Chesterton, Carroll y Borges no me dejarán mentir.
Como ya he señalado, en el mundo onírico todo tiene, casi siempre, una explicación si nos empeñamos en buscarla. Sucedió que yo releí la semana pasada algunos capítulos de la encíclica Laudato sí, de mi compatriota Jorge Mario Bergoglio, ahora Papa de la cristiandad, y mi sueño se relaciona con esa experiencia y otra que viene de la espléndida obra Franciscus de mi amigo Alejandro Guillermo Roemmers, que se mantuvo en cartelera todo el pasado año en el teatro Broadway de Buenos Aires. Agregaría que también se asocia misteriosamente a mi horóscopo de ese día, que señalaba: “Sepa que un sueño premonitorio le evitará pasar un mal momento. No dude y haga caso a su percepción natural”. En fin, todo encaja y cumplo en darlo a conocer para entrar en mi sueño de aquella madrugada.
Sucedió que me encontraba en Roma, en un sitio paradisíaco que, no caben dudas, era murallas adentro del Estado Vaticano. Llovía suave, dulcemente, y el Papa Francisco y yo, como lo hacemos cada vez que nos encontramos, recitábamos a dúo el soneto “Everness”, de Borges, que es una suerte de clave que usamos cada vez que lo visito:
Sólo una cosa no hay. Es el olvido.
Dios, que salva el metal, salva la escoria
y cifra en su profética memoria
las lunas que serán y las que han sido.
Ya todo está. Los miles de reflejos
que entre los dos crepúsculos del día
tu rostro fue dejando en los espejos
y los que irá dejando todavía.
Y todo es una parte del diverso
cristal de esa memoria, el universo;
no tienen fin sus arduos corredores
y las puertas se cierran a tu paso;
sólo del otro lado del ocaso
verás los Arquetipos y Esplendores.
Luego besé su mano y, como también hacemos, una vez concluido el poema, nos abrazamos con emoción unidos a través de Borges, poeta que nuestro papa Francisco admira profundamente.
Yo tenía un reclamo para mi compatriota y no vacilé en hacerlo. Le propuse dar albergue a los ciento de desamparados (mujeres, niños, adultos, ancianos) que duermen todas las noches en las galerías que rodean a la Iglesia de San Pedro; sobre todo por el frío que calaba hasta los huesos. El Pontífice se disculpó diciendo que para mantener la higiene había ordenado colocar dos baños ecológicos. “Eso no soluciona nada” -me quejé imprudentemente-. “El frío y la lluvia los matarán”.
De pronto se hizo un gran silencio en mi sueño, un rayó cruzó el cielo y empezaron a rodearnos aves y animalitos de todas las especies. Un hombre pequeño, esmirriado y de barba tupida empezó a descender de una nube con los brazos abierto, sorprendiéndonos a ambos. Era el piadoso San Francisco de Asís, que bajaba desde el cielo para sumarse al pedido que yo le había hecho al Santo Padre. “¡Deja pasar a todos los necesitados y alójalos aquí”, reclamó il poverello de Assisi. “Aliméntalos y ofréceles tu techo y el de todos los dignatarios de nuestra Madre Iglesia, que viven aquí rodeados de lujos como príncipes renacentistas, gozando de todos los privilegios. Expúlsalos, como hizo Cristo con los mercaderes del templo”.
Sin duda, a San Francisco y a mí nos asistía la razón. En ese paraíso terrenal, con sus bellos jardines y sus preciosas casinas, diseñadas y decoradas por Miguel Ángel, Rafael, Bramante y Bernini, hay sitio de sobra para albergar a esos necesitados. Pero no, el Papa miraba para otro lado y nos distraía hablando de deseos más ambiciosos, tales como lograr a través de la misericordia, paz en el mundo y una mejor convivencia entre el género humano; es decir, desviaba la conversación hacia lo general y a su valiosa encíclica. “Mi intención -nos explicó- es que espiritualmente la humanidad toda, conviva con nosotros y repudiemos las cosas horribles de las que somos culpables los hombres. Así, aunados en el amor a Jesús, salvaremos al Planeta. Apoyado en esa razón yo he difundido mi Laudato sí”. Yo noté, por la mirada del Santo de Asís que no estaba de acuerdo con el Papa y le exigía una solución inmediata para esos pobres desprotegidos.
En mi precioso sueño, donde San Francisco se solidarizaba con mi pedido humanitario, todo se volvía color del cielo, renacían las flores más bellas con su perfume y los pobres del mundo abrían sus manos, conmovidos y sonrientes y agradecían que nos ocupáramos de ellos. Había negros, orientales, indígenas, blancos, niños, mujeres, pájaros, perros, gatos y animales de todas las especies. Delante de ellos y ante mí, complacidos y felices, los dos Franciscos derramaban lágrimas y bendecían al Pueblo de Dios.
Bien, hasta ahí mi menos áspero que reconfortante sueño. Desperté con la convicción de que todo era mejor en el mundo y que la tierra es imposible sin una crítica al cielo, tantas veces alejado del injusto mundo nuestro. Mientras tanto, inapelablemente, la realidad, como parte de un castigo Divino se me vino encima con su tormenta abrumadora. En los Estados Unidos y en la India las inundaciones han dejado sin hogar a miles de congéneres; enfrentados aun verbalmente los dos macabros matones, el coreano y el norteamericano mostraban con orgullo las armas concebidas en cada uno de sus países, destinadas a exterminar inocentes. Los fanáticos terroristas de Isis, blandiendo sus ametralladoras amenazaban con otro festín de sangre como el de Barcelona y aquí, en la Argentina, un nuevo desaparecido llamado Santiago Maldonado, que el Estado no puede encontrar (¿Pareciera que no aprendemos ni aprenderemos más?) agitaba de nuevo el odio entre hermanos y la inadmisible violencia en las calles con su correspondiente represión.
En este renacer y remorir perpetuos de nuestras sociedades, comprobamos cada día, que la repetición parece ser la regla. La misma piedra siempre para tropezar. En verdad, sólo los cristianos podemos seguir crucificando a Dios ya que el hombre no celebra en la altura; lo hace en un agujero. Su danza es de terror y, quizá, de una nostalgia de la espantosa caída, que no cesa. No contentos con los muchos paraísos de confort que hemos construido, pareciera que ahora nos dedicáramos a la invención de infiernos, de multiplicados infiernos, cada uno poblado de crueldades cada vez más atroces, aunque refinados.
Lo más urgente es que nuestro mundo occidental y cristiano recobre su propio sentido y se enfrente a una realidad real que ya es preocupante, por no decir terrible. En cien años hemos avanzado mil por un lado y retrocedido otro tanto por la otra. Tenemos la asistencia de la tecnología y de la ciencia que evolucionan de manera fabulosa. Para acompañarla con ideas modernas se requiere una crítica rigurosa y despiadada de nosotros mismos y de las verdaderas índoles de la decadencia. Hemos permitido que muchos conceptos salvadores se transformen en supersticiones y no en instrumentos de liberación sin máscaras. Al ocultarnos nos ocultamos de nosotros mismos. Nuestro mundo moderno necesita más que dirigentes políticos (especie demasiado abundante e innecesaria en demasiados casos), críticos y sabios con buenas intenciones.
Al arte y al amor les podemos admitir que sean rebeldes; a la política y los políticos, no. Los elegimos para que sean coherentes, sensatos y decentes; por el contrario, se nos revelan hipócritas, corruptos y perversos; ahora no habitan en los suburbios ni en las catacumbas, sino en las aulas, las redacciones, los estudios de televisión y los parlamentos.
Estamos ante realidades desconcertantes en muchos aspectos que sólo las grandes potencias, por interés propio, se empeñan en ignorarlas. Las oposiciones mayores de nuestra época no son las que nos enseñó el marxismo: “capital y trabajo, proletariado y burguesía”. Estamos ante un tiempo nuevo que va más allá de esos esquemas ideológicos, no previstos por los fundadores de la doctrina comunista ni sus discípulos, llámense Lenin o Trotski, Stalin o Kautski. La contradicción se da ahora entre países “desarrollados” y “subdesarrollados”. Cada día las naciones ricas son más ricas y las pobres más pobres. Lo cual significa que las cosas no van bien.
Agobiado por los noticieros de televisión, que vomitan sangre todo el tiempo, se fue diluyendo mi sueño, que sólo sueño fue. Qué razón tenía Hölderlin cuando reflexionó que “el hombre es un dios cuando sueña y sólo un mendigo cuando piensa”. Tampoco pude dejar de recordar a Lope de Vega y la remota lección de Fuenteovejuna, donde la llamada justicia pregunta: “¿Quién mato al comendador?”. Y el pueblo responde en coro: “¡Todos a una, señor!”… A Jesús, a Martin Luther King, a Kennedy y a las víctimas del terrorismo no los mató uno como todos. Ese uno tiene una cara que todos conocemos. Es el uno universal fuera de toda ley y acaso estimulado por la desmesurada ambición de poder.