Opinión

La mutación del poder presidencial

LETRAS DESDE MÉXICO

Rafael Cardona | Viernes 08 de septiembre de 2017

Esta es una crónica de los nuevos usos del poder. En México, con a fuerte tradición presidencialista, las cosas han cambiado y en el V año del gobierno, cuando el poder mengua y la popularidad declina (aun más), apenas estos signos se pueden interpretar. EL Presidente ya no va al Congreso, se festeja y explica en su propia casa.

Afuera del Palacio, reluciente en su estatura de dedal, las calles ya se pueblan de banderas tricolores y el imaginario fervor patrio, en el mes nacional, tiñe los tristes tonos de la mañana envuelta en bruma, neblina, llovizna, hebra fina de agua delicada, apenas diluida por un pálido sol, mientras en el patio central, los invitados aguardan el momento mágico, casi de artilugio en el cual puedan descubrir los signos, el guiño definitorio, la suave implicación, el acto revelador con cuya cabal comprensión se pueda conocer, por anticipado, el misterio reservado al mudo lenguaje de las estrellas.

--Quién se sienta dónde, a quién saluda el hombre y cómo; a quién le entrega la mano por más tiempo el Presidente en el saludo ceremonial; cual de los mencionados logra el aplauso mayor cuando se hable de su atinada gestión en bien de la patria, a quién exhibe como su mejor colaborador, a quién le dedica más tiempo en la palabra del recuento republicano; a quién le palmotea la espalda en más ocasiones, cuál de los elegidos será el verdadero elegido, quién es el candidato, ese es el verdadero interés para acudir a este Quinto Mensaje de Gobierno en cuyas palabras el propio Enrique Peña Nieto ya pone ciertos acentos de adiós prematuro pues ya anuncia los hechos políticos del próximo año electoral.

Y los sicofantes, nigromantes, arúspices y Casandras de fin de sexenio (hay tantos) trabajan horario extendido en el gran patio convertido en galería de teatro, con su primero y su segundo pisos, con sus sillas y sus gradas y sus edecanes y sus señoras de copete y caballeros de traje oscuro.

--Mira, acaban de venir por el padre de Meade; estaba sentado más arriba, lo cambiaron de lugar.

Todos están ahí, todos quieren interpretar, adivinar, seguros de asistir a un acto así, por última vez en el sexenio, pues para estas fechas del año 18 de este siglo XXI, cuya definición es --en palabras del esperanzado presidente Peña--, el tiempo mexicano por venir, otros serán los soles sobre los pedregales de la ambición, las praderas del negocio prometido, del empleo anhelado, de la oportunidad esperada.

En ese sentido Peña juega con la cara impenetrable.

Para no mencionar a ninguno, habla de todos los posibles –Narro, Osorio, Nuño, Meade—con la pura referencia a los ámbitos de su competencia. Jamás un nombre, jamás.

Por eso el discurso se divide en los cinco ejes anunciados desde el principio del gobierno y al último un mensaje de índole personal, de oferta individual, de esfuerzo humano, de compromiso único.