Rafael Nadal ha ensanchado su cosecha histórica, y del inmejorable 2017, con el título del US Open, su decimosexto Grand Slam. El astro español domesticó la potencia de Kevin Anderon con rotundidad y consistencia, las dos armas que han conducido su crecimiento en Nueva York hasta el punto de establecer exhibiciones en las fases previas. El resultado, 6-3/6-3 y 6-4, corroboró la superioridad del favorito en las casas de apuestas. El mejor deportista nacional de la historia sumó otro título, de esta aterciopelada manera, a su renacimiento. Y es que en su camino hacia el número 1 de la ATP en diciembre ha acumulado su décimo Roland Garros, los trofeos de Madrid y Montecarlo y las finales del Abierto de Australia y Miami. Todo un resurgir dorado a sus 31 años.
Vaticinó el isleño que, para saborear la gloria de nuevo en territorio norteamericano, debía "cambiar los ritmos de juego, hacerlo agresivo y minimizar los errores". En la otra trinchera batallaría un protagonista inesperado, que cosechó su primer billete para la final de un Grand Slam a los 31 años y devolvió a su país, Sudáfrica, a un escenario semejante en Flushing Meadows 52 años después de que Cliff Drysdale perdiera ante Manolo Santana.
El mejor resultado que refleja su currículo fueron los cuartos de final de este mismo campeonato 2015 y nunca llegó al top-10 del tenis, pero su fiereza en el golpeo era el principal elemento a anestesiar por medio de la multiplicidad de la paleta del español. Había que moverle y deshacer su lineal estilo. Sólo quedaba comprobar si los focos y la categoría del español no les deslumbraban. No en vano, su camino hasta este domingo pasó por eliminar a Carreño -en las semis-, Querrey -cuartos de final-, Lorenzi -en octavos-, y Coric, Gulbis y Aragone en las primeras rondas.
La leyenda española arrancó el partido mejor que su rival, aunque no lo suficiente como para despegarse con celeridad y evitar que el primer set durara casi una hora (58 minutos). A pesar de evidenciar una mayor soltura en la defensa de su servicio y llevar a su oponente a ofrecer cuatro bolas de break en sus tres primeros saques (cuando en el marcador figuraba un 3-3 tenso), el juego del balear salió ciertamente atenazado, sin asumir riesgos.
Ese ejercicio de autocontrol quedaría retratado en la dinámica y en la estadística, en contraposición con el estilo agresivo y de latigazos y a borbotones del sudafricano. Así, Nadal concluiría la manga inicial con sólo ocho ganadores y cinco errores no forzados, mientras que el gigante de dos metros que le hacía frente conectó 18 winners pero falló en 23 ocasiones. Anderson enchufó, además, 6 aces por ninguno del manacorí, pero, ahí estuvo la clave, también acumuló 4 dobles faltas por el vacío del favorito en ese, su parámetro más lucido. Nadal leyó el saque del cañonero y empezó a desesperarle.
La primera ruptura del duelo llegó para el 4-3 a favor del zurdo. En deuce, su oponente envió al fondo de la pista una pelota sencilla, que flotaba a media cancha como esperando el latigazo certero del coloso. Pero falló y allanó el camino de un número uno que interpretó este break como una liberación que soltó su despliegue. A partir de ahí, Nadal despegaría, apoyado en una finura en la lectura de los espacios y velocidad de piernas que relegaban a la sorpresa del campeonato al papel, impotente, de sujeto pasivo. Sólo podría el 28º cabeza de serie perseguir su lentitud ante el rayo y el ritmo disparatado con los que Nadal llegó a la red para rematar el 6-3.
Lanzado, el pupilo de Toni Nadal y de Carlos Moyá inauguró el segundo periodo con un juego en blanco inmaculado. Sin embargo, Anderson empezó a intercalar su arrollador esquema de puntos rápidos entre tanto peloteo impuesto por el español. Esa mayor intensidad y atino en el golpeo del sudafricano le permitió empastar la lógica que le estaba arrinconando a actor secundario para reflotar su candidatura. Arrancó el 2-2 degustando algo de su juego identitario.
Pero, como un deja vu del primer set, Rafael amilanó a su exuberante rival con la mezcla de talento, profundidad, defensa rocosa y pegajosa y hambre. La efectividad de Nadal en cada apartado del juego, en cada situación, provocó que Anderon dudara hasta con su servicio. Cada subida a la red era sospechosa de ser superada por un passing cruzado o paralelo; cada peloteo pertenecía, casi de manera automática, al favorito; y cada ocasión en que se abría el horizonte del aspirante para golpear con potencia amanecía un achique vertical, ofensivo, que le devolvía al fondo y a su agujero de dudas. La hoja de ruta del sudafricano se veía borrosa.
En ese pentagrama alcanzó el break decisivo el zurdo para colocarse 4-2 y restar para uniformar de sentenciada a la final. Su tercer US Open asomaba con antelación: la competitividad del gigante se redujo, a estas alturas, a la defensa, timorata, de su servicio. Ya nada le parecía seguro y firme. Debía amoldarse al relámpago variado que le dañaba, impío, pero no lo estaba consiguiendo y su fragancia de ataque animal, instintivo y de golpeo duro sólo se representaba como estertores dentro de la trama. Rafael firmaría el 94% de primeros saques para apuntarse, también, la segunda manga por 6-3.
La profundidad de la erosión mental sufrida por Anderson se desnudó en la estadística del segundo set (duró 39 minutos y sólo consiguió un ace). Lo tenía muy cuesta arriba el sudafricano y un Nadal que navegaba en velocidad de campeón no perdonó. Olió sangre y le hizo un break a las primeras de cambio. Asimismo, el veterano debutante en la final de Nueva York sólo había cedido su saque en el torneo en cinco ocasiones; el balear le hirió con cuatro breaks sólo en este domingo.
El sudafricano respiró algo de paz y confort en plena travesía por el desierto al ganar su saque en blanco para el 3-2 en contra -en el periodo final-, pero muy poco le duraría el aire fresco. Sólo para alargar la agonía unos minutos más y no volver a perder su saque. El español llegaba sobrado a cada desafío, para abrir ángulos o llegar a la red para rematar los puntos con una eficacia exótica (firmó un 15 de 15 en remates desde esa posición, por el 15 de 32 de su contrincante).
Se marcharía de la Arthur Ashe con un 6-4 postrero, un 88% de puntos ganados con el primer servicio, 28 ganadores por 10 errores no forzados y ni un sólo break en contra (cero pelotas de ruptura concedidas). Y, además, con una brecha importante en la cima del ránking que permite soñar con la posibilidad de acabar el año como el mejor jugador del planeta. La leyenda no solo ha vuelto sino que está hambrienta.