Opinión

Filósofos y poetas al poder

TRIBUNA

Roberto Alifano | Martes 12 de septiembre de 2017

Necesitamos filósofos, maestros, humanistas y –por qué no- poetas para que gobiernen los países, no mercaderes (echados del tempo por Jesús), ni políticos profesionales (condenados por Azorín en el siglo pasado: “la política es un juego sucio entre matones”). Acaso el mundo pueda ser salvado por pensadores con la grandeza de un Marco Aurelio, Giordano Bruno o Baruch Spinoza. Necesitamos recuperar la moral que hemos perdido y, por ende, la ética y la estética. Ya no quedan dudas, la crisis que vivimos es esencialmente espiritual. Envueltos en un materialismo excluyente, los hombres corremos atropellándonos y combatiéndonos sin consideración, y con cada vez menos reglas de juego. Hasta el ejemplo de respeto y buena educación que exigía el hidalgo más célebre no es considerado.

Quizá con las ideas de Baruch Spinoza, el olvidado padre del pensamiento moderno, nos haya llegado la hora de abordar, de una vez por todas, nuestra realidad sin supersticiones. Es hora de plantearnos si la historia que nos han vendido existió de verdad o es una farsa entramada para engañarnos. Lo que orgánicamente nos relatan es probable que haya existido, pero de otra manera. La historia para el filósofo judío era lo que había sucedido en el Occidente y acaso su pensamiento tiene menos que ver con la rigurosidad que con la experiencia de sus lecturas. Spinoza y su gran preocupación, la ética, son una parte necesaria de estos tiempos tan confusos y vulnerables.

Me detengo en unos párrafos para hablar del filósofo neerlandés de origen sefardí. Partiendo del deslumbrante brote de pensamiento humanista que sembrara Renatus Descartes (el célebre autor del principio cogito ergo sum: “pienso, luego existo”, elemento básico del racionalismo occidental), don Benito o Baruch Spinoza crea un sistema heterogéneo muy original, que aúna “elementos judíos, escolásticos y estoicos”, afines a los requisitos y necesidades del hombre. Bajo ese punto de apoyo cartesiano, considera que la existencia parte de tres sustancias: el pensamiento, la extensión y Dios, y lo reduce a una sola, que denomina: “Sustancia Divina Infinita” y que, de acuerdo a la perspectiva que adopte, se identifica bien con Dios o bien con la Naturaleza (ambos términos llegan luego a ser equivalentes para él), según su célebre expresión Deus sive Natura: “la naturaleza o Dios”, pilar esencial de la doctrina Panteísta.

De esa manera, para Spinoza, la substancia es la realidad, causa de sí misma y a la vez de todas las cosas (que existen por sí mismas) y son la productora de “toda realidad”; por lo tanto, la naturaleza es equivalente a Dios; o, lo que es igual, a Dios y el mundo, cuya manifestación es idéntica. Todos los objetos físicos son, en definitiva, los “modos” de Dios contenidos en el atributo “extensión”. Del mismo modo, todas las ideas son los “modos” de Dios contenidas en ese atributo fundamental del hombre que llamamos “el pensamiento”. Las cosas o modos son, por consiguiente, lo que él llama “naturaleza naturada, mientras que la única substancia o Dios es “naturaleza naturante”. Conclusión: las cosas o “modos” son finitas, mientras que Dios es de naturaleza infinita y existencia necesaria y eterna, inseparable de la necesidad humana.

Desde esa elaboración, la unidad del alma y el cuerpo está justificada por la unidad de la sustancia infinita; pero, a la vez, abre un camino para explicar la “libertad humana”. La anterior distinción de Descartes, en tres sustancias, le permitió al sabio judío sustraer del determinismo mecanicista, al entendimiento, con lo cual el ser humano mantendría su libertad. Esta libertad de la que hacemos uso todos nosotros.

En el aspecto político, Baruch Spinoza, sigue en parte a Thomas Hobbes cuya doctrina tuvo gran influencia en el pensamiento determinista del siglo XVIII. Sin embargo, Spinoza por su libertad fue siempre, y en todos los campos, un filósofo proscrito, hasta el punto de que a comienzos del siglo XIX no se le reconocía, especialmente por parte del movimiento Romántico alemán (Goethe, Jacobi, Schiller, Novalis, etcétera). Con cautela y ciertas interesadas reservas, se le consideraba el precursor de Jean-Jacques Rousseau, pues su pensamiento traslada la visión de Galileo, que afirmó que “el mundo está sujeto a unas determinadas leyes, y que a través de ellas se debe buscar cuales son las que regulan a la sociedad”. En este punto coincide en parte con Descartes y con Hobbes; pero con la singularidad de que Spinoza, además, busca las leyes que rigen la moral y la religión, entrando de lleno, tanto en una como en la otra, e intentando descartar la superstición, que suplanta por la razón en ambas esferas, para lo cual usa un método definitivamente racional.

Hacia el final de su obra, el filósofo reivindica la democracia como el principio más amplio y posible de gobierno, aunque dentro de ella no incluye explícitamente a las mujeres, a las que retacea derechos políticos. Finalmente, como buen machista de su época, se inclina por sostener una inferioridad innata de las mujeres y, coincidiendo con la Iglesia Católica, afirma que el mejor gobierno es de los hombres sin la participación del género femenino. No obstante, deja una puerta abierta al reconocimiento de las mujeres, deslizando finalmente que si son iguales a los hombres, quizá pueden gobernar, pero que lo mejor es evitar el tema, ya que puede generar conflictos. Según su visión, el fin supremo del Estado es hacer a todos los hombres libres, lo que significa que el hombre ha de dejar de ser un autómata. Algo que, por el contrario, los sistemas de hoy en día contradicen, pues el Estado, en cualquier forma de gobierno, cada vez interviene más en la privacidad y se ha convertido en un ente recaudador de elevadísimos impuestos para alimentar a las parasitarias burocracias.

Voy ahora a lo personal. Muy seguido hablábamos con Borges del portentoso Spinoza; era (y lo había sido también para su padre, el doctor Jorge Borges), junto con Schopenhauer, uno de los filósofos que más consideraba. A él le dedicó un inmortal soneto, donde, con su maestría admirable, resume en catorce preciosos endecasílabos toda la biografía del pensador judío:

Las traslúcidas manos del judío

labran en la penumbra los cristales

y la tarde que muere es miedo y frío.

(Las tardes a las tardes son iguales.)

Las manos y el espacio de jacinto

que palidece en el confín del Ghetto

casi no existen para el hombre quieto

que está soñando un claro laberinto.

No lo turba la fama, ese reflejo

de sueños en el sueño de otro espejo,

ni el temeroso amor de las doncellas.

Libre de la metáfora y del mito

labra un arduo cristal: el infinito

mapa de Aquel que es todas Sus estrellas.

Vivimos tiempos decadentes y temerarios donde todo está en tela de juicio y nos hacen dudar, con definitiva preocupación, de la continuidad de la raza humana (“El hombre contra el hombre; alguien quiere apostar”, escribió Juan José Arreola). Asunto, por otro lado, que viene de muy atrás y parece estar más relacionado con lo divino que con lo humano. Si nos atenemos a las Escrituras, vemos que el Espíritu Santo parece complacerse en la destrucción, ya que poco después del Caos asistimos al Diluvio (del cual según observa humorísticamente un padre de la Iglesia, sólo se salvaron los peces).

El capítulo 19 del Génesis se refiere a la destrucción de las ciudades de la llanura; pero, antes, el Señor promete a Abraham que si hubiera cincuenta hombres justos en la ciudad, no la destruirá. Temeroso de no poder lograr esa cifra, el Patriarca hebreo va induciendo a Dios para rebajar la cifra solo a diez. Pero, lamentablemente, apenas encuentra uno, el buen Lot. Esa concepción de que bastan unos pocos justos para salvar al mundo tiene su eco en la doctrina judía de los “Lamed Wufniks”. Dicha leyenda señala que en cada instante de la historia existen treinta y seis desconocidos que justifican a la humanidad ante el Señor. Estos seres humanos no se conocen entre sí, ni tampoco saben que son las columnas del mundo. “Si alguien sospechara que lo es, moriría inmediatamente”, afirma el Libro de Jeremías.

Como a muchos, me fascina el espectáculo de las tormentas. Y hasta me producen una sensación de emotiva felicidad. Ese fenómeno, que con truenos y relámpagos, vientos y choques de electricidad estalla sobre el cielo con su incontenible, azarosa y desbocada naturaleza, y se ofrece como si fuera un sueño multicolor. Es imposible entonces no recordar aquella estrofa de don Luis de Góngora: El sueño, autor de representaciones / en su teatro sobre el viento armado / sombras suele vestir de bulto bello…

También, aterran las tormentas; sobre todo como en estos días cuando se convierten en ciclones, huracanes o tornados con vientos superiores a los 200 kilómetros; ni hablar de los terremotos, como el que acaba de golpear a México. Estas iras de la naturaleza, que parecen un castigo divino, arrasan con todo, y siembran a su paso la desolación y el horror. Es curioso como el hombre ha buscado atemperar esos fenómenos naturales con nombres tan dulces como María, Irma, Cindi, Ophelia, Katia, etc.

Esas tormentas asesinas, definitivamente devastadoras, quizá deberían llamarse Satanás, Mandinga, Adolf, Stalin, Benito, etc.

Agrego otro comentario. Hace casi seis años, cuando viajé por primera vez a China en mi humilde condición de escritor, fui agasajado todo el tiempo por el solo hecho de haber conocido a los dos titanes de la poesía en el siglo XX; me refiero a Pablo Neruda y a Jorge Luis Borges. Curiosamente casi sagrados para muchos intelectuales de esas latitudes. En la ocasión, el entonces Primer Ministro, Wen Jiabao me honró al recibirme. Alguien que había conocido a esos dos maestros, era tan importante como un Presidente o el Primer Ministro de un país; luego, cuando viajó a Buenos Aires, junto a otros hombres de la cultura argentina, también fui recibido por él. La explicación es simple: el ingeniero Wen Jiabao, además de notable geólogo, es poeta y filósofo, y Neruda y Borges eran sus lecturas de cabecera.

Quizá eso explica porque la República Popular China es una potencia en el Planeta. Más allá del sistema ideológico que sustenta, está gobernada por poetas y filósofos, no por abogados, mercaderes ni profesionales de la política y da comer a más de mil cuatrocientos millones de seres humanos. Algo que se acerca al ideal ético de los gobernantes que proponía Spinoza. La Roma del siglo II es recordada especialmente por Marco Aurelio, el primer humanista de la era Cristiana, cuyo legado fundamental a su pueblo fue el pensamiento. Quizá el mundo necesite como nunca de filósofos y poetas que la gobiernen, y no degradados profesionales de la política fácilmente corruptibles o definitivamente corruptos. Ojalá que así sea.