Uno de los frutos deformes de la modernidad, hijo de la reforma y el naturalismo, es esa ideología simplista que llamamos animalismo. Vagamente asociado a la apoteosis del hombre que esconde el humanismo. Con el animalismo viaja el vegetarianismo, pero también el esperanto o el antipatriarcalismo… en una síntesis que se pretende revolucionaria.
Este conjunto de ideologemas conforma una visión distorsionada del mundo que, siendo dominante, se presenta ciegamente convencida de su absoluto valor de verdad. A los afectos a esta ideología la figura del torero les resulta la del asesino sin matices, ni paliativos. Por lo mismo, la cultura que acoge la tauromaquia como fiesta propia sólo puede ser una cultura degenerada, netamente perversa o para decirlo con la burda expresión que ha usado recientemente el pánfilo escritor que es Ken Follet: “grande y mala”. Aterradora, es decir, grande por su poder, mala por su orientación.
Desde semejante perspectiva, apartarse de esa cultura depravada es no sólo una señal de buen gusto, sino índice de una consciencia en armonía con la naturaleza de la que el hombre es parte, a idéntico título que el resto de seres vivos. Aunque haya que añadir una salvedad, puesto que el hombre afronta una abrumadora y singular responsabilidad, resultado de su consciencia de sí y del mundo: la responsabilidad del cuidado del conjunto de la realidad. Con su posición antitaurina el independentismo catalán no sólo contribuye a la secesión o a la quiebra de la unidad de la nación política, pretende mucho más: la neta separación del mal absoluto. La independencia alcanza – a través del gesto antitaurino – una dimensión metafísica. Con ella el hombre nuevo y consciente se distancia definitivamente del viejo hombre de la tradición: devorador de carne y señor de los animales. El independentista trasciende la lucha política y se rodea del aura fascinante del hombre en apoteosis. España es el mal y la independencia un acto de redención.
Pero ese gesto de rechazo es efecto de una ceguera fundamental. Es efecto del fogonazo radiante de una razón disminuida, que es la mera razón o la razón pura. Estos furiosos racionalistas son incapaces de percibir la dimensión trascendente de la fiesta, su carácter de sacrificio ceremonial. Reducida a espectáculo para turistas atraídos por la mera curiosidad, resulta un acto de barbarie o una espectacular bagatela que merece su prohibición. Por eso son débiles los muy pragmáticos argumentos económicos a favor del mantenimiento de los toros. Frente a la repugnancia abismal ante un acto perverso ¿qué puede significar el rendimiento económico? Pero tampoco vale la idea vergonzante de evitar la muerte del toro, como una víctima sacrificial que sobreviviera ridículamente a su sacrificio.La tauromaquia es un arte que incluye un sacrificio, del que es constituyente ineludible la valentía. La vida ha de estar allí siempre expuesta, aunque no de cualquier manera. No es uno de esos deportes extremos, ni es tampoco un modo paradójicamente brutal de tratar al animal al que no simplemente se mata - pásense por los mataderos, industrias de embutidos o en general por las fábricas de alimentos y comprenderán qué significa producir carne – sino que se le sacrifica. La relación con la víctima sacrificial incluye siempre un vínculo numinoso, algo muy distinto de la relación productiva del matarife con la res.
Finalmente, es fácil comprender que quien ignora qué es un sacrificio, cometa con facilidad un sacrilegio. Debió ser por 2008 cuando un grupo de racionalistas furiosos profanó la tumba de Julio Robles y trató de exhumar su cadáver. Desde el enfoque naturalista y racional del animalismo los restos mortales del maestro Julio Robles se concebirían como un amasijo en descomposición, así mismo estos adoradores de los animales sólo ven en la lidia el organismo sangrante. Para estos animales parlantes la vida se articula íntegramente sobre el gozne del placer y del dolor. No podrán entender nunca que la vida y la realidad humana trascienden la mera biología.
La profanación de la tumba de Julio Robles es la más abyecta – que uno recuerde – de las brutalidades antitaurinas. La semana pasada el Juli sufrió un intento de agresión en la plaza de Arlés, los asistentes respondieron coreando La Marsellesa. Es, sin duda, una respuesta adecuada a la constitución histórica de Francia y ha sido ocasión para recordar la falta de letra del himno español. Más adecuado, sin embargo, a la constitución histórica de España sería responder a una agresión semejante con una profunda y silenciosa oración.