Opinión

Krauze 70 años: historia y poder

WELTPOLITIK

Carlos Ramírez | Miércoles 20 de septiembre de 2017

Enrique Krauze cumple 70 años de edad y 45 años de estar en el debate político. Ingeniero de profesión, su verdadera vocación ha sido la historia; y dentro de ella, la política al estilo de Tucídides u Homero: la historia no para saber lo que fuimos sino para entender lo que somos.

A lo largo de su desarrollo profesional Krauze ha sido también un polemista: no deja pasar señalamientos. Su gran debate ha sido insistir --ante la necedad de sus adversarios y críticos-- que el enfoque liberal no es reaccionario ni conservador, toda vez que el facilismo crítico obvia reflexiones con acomodamientos geométricos. No es, ciertamente, el actual el mejor tiempo político para preocuparse por esas minucias que obligarían a sus adversarios a razonar lo irrazonable: la intolerancia intelectual.

Krauze es un intelectual a la manera de Ortega y Gasset: es él y su circunstancia y no se salvará él si no la salva a ella. El facilismo histórico ha pasado del registro minucioso de hechos y fechas a la interpretación acomodaticia del pasado para justificar posicionamientos del presente.

Las circunstancias de los demás le han dejado poco espacio de movilidad a Krauze. Despiertan más pasiones sus razonamientos anti populistas --reflexivos en términos de la historia, gusten o no-- que sus trabajos de reescritura de la historia política de México. Su hazaña ha consistido en escribir, fuera del pensamiento histórico oficial y, peor aún, en contra, la verdadera historia de la historia del sistema: de Hidalgo a Zedillo.

Tres son sus obras magnas que cubren dos siglos mexicanos: Siglo de caudillos --el XIX mexicano--, de Hidalgo a Porfirio Díaz (1910); Biografía del poder --la construcción del sistema político mexicano en el siglo XX--, de Díaz dictador a Cárdenas (1940); y La presidencia imperial --el ascenso y caída del sistema político priísta 1940-1997--, de Avila Camacho a Ernesto Zedillo. En estas tres obras se consolida la explicación histórica, para quien siga buscando explicaciones, de por qué el PRI y sus secuelas, del origen y destino de México, pero también de sus posibilidades frustradas y sus desilusiones recurrentes.

Pero Krauze no es sólo un historiador, sino a la manera de sus colegas de la primera mitad del siglo XIX, también es un escritor político; es decir, al entender el pasado ha podido plantear parámetros del debate del presente. En esta vertiente tuvo, cuando menos, dos textos fundamentales para la discusión del futuro mexicano a partir del pasado: El timón y la tormenta (1982), una explicación del colapso mexicano de 1982 que prohijó el agotamiento del viejo sistema político priista y abrió el camino al abandono histórico en aras del mercantilismo económico y la globalización, y Por una democracia sin adjetivos (1984), con el que llamó la atención al fin del ciclo priísta a partir del modelo referencial de la transición española a la democracia 1976-1978.

Historia y política han sido, en los textos de Krauze, una síntesis dialéctica de posibilidades y limitaciones. Con profundidad, Krauze ha podido darle su espacio contradictorio a la historia --registro de hechos, punto referencial, carga emocional, elemento de dominación cultural-- y ha demostrado que la historia puede ser la maestra de la vida, en tanto que magisterio que construya conciencias críticas, serenas, abiertas.

Puede decirse que Krauze es el anti Carlyle; lo escribió en el prólogo de Siglo de caudillos: “México es un país carlyleano por excelencia”, en referencia a una explicación brillante de una nueva oportunidad frustrada donde los héroes sustituyen la democracia: en 1994 México encaraba el desafío del nuevo desarrollo con el tratado de comercio libre con los EE.UU. y Canadá, y en el profundo sur indígena saltó el Subcomandante Marcos como líder guerrillero tipo castrista pidiendo la restauración del mundo indígena; y lo carlyleano convirtió a Marcos en el líder placebo de la democracia; el líder guerrillero fue, en la referencia de Mailer a Kennedy en los sesenta ante la incertidumbre estadunidense, un “héroe existencial”, en donde la existencia precedía a la esencia: la existencia de Marcos como líder antisistémico fue más importante que el análisis de sus posibilidades y destinos.

Nacido a la vida política activa en el movimiento estudiantil del 68 --a los 21 años--, Krauze comenzó en el debate político intelectual en el suplemento La cultura en México que dirigían Fernando Benítez y Carlos Monsiváis; sin embargo, en 1977 se decantó como intelectual al incorporarse a la revista Vuelta de Octavio Paz y hubo de compartir epítetos acusatorios de conservadurismos inexistentes. Fue la época en que los intelectuales se acercaron al poder --Benítez, Carlos Fuentes y otros con Echeverría en el periodo 1973-1976-- y el reclamo de Paz en la revista Proceso a finales de 1977 de que los intelectuales podían trabajar en el gobierno “pero mantener las distancias con el Príncipe”.

La propuesta intelectual de Krauze es el liberalismo, quizá más cercano a la socialdemocracia que al conservadurismo, pero incomprensible en una sociedad mexicana dominada por los resabios revolucionarios meramente referenciales. Pero el mundo intelectual mexicano se sigue moviendo en escenarios inexistentes: la izquierda marxista, por ejemplo, se volvió priísta-neocardenista-pospopulista-perredista-lopezobradorista y la derecha católica decimonónica se ahoga en los resabios del puritanismo.

A Krauze le falta historiar el México de la confusión 2000-2018 desde el punto de vista de la historia porque las contradicciones, limitaciones y frustraciones de hoy tienen su explicación en la incomprensión del pasado; por ello su ensayo Por una democracia sin adjetivos (1984) recobra vigencia: evitar la reconstrucción del pasado priísta --paradójicamente hoy con el PAN, el PRD y López Obfrador--, justo donde México encuentra sus peligros en el relevo presidencial de 2018.

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