Opinión

Unidad o Universalidad de España

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 28 de septiembre de 2017

Que España es una nación política o un estado nacional análogo a los de su entorno europeo no parece que pueda ponerse en duda. Bastaría una elemental constatación. Otra cosa es que pueda discutirse la fecha y el modo de su constitución como tal. La referencia a Francia como canon del estado-nación no puede ocultar la diversidad de modos de realización histórica de dicha figura, que no necesariamente ha de atenerse a la forma de fuerte centralización y profunda homogeneización que caracteriza a la nación histórica francesa. Pese a todo se ha pretendido que España sólo aparentemente – en el terreno de las superestructuras – puede juzgarse una nación. De ahí que se hable del “Estado” como un aparato sobrepuesto a una realidad social plural y diversa, constreñida por un corsé o una armadura jurídica y administrativa que la unifica desde fuera, sin lograr reducir a unidad su “eterna” pluralidad. Un llamado Rufián clamaba ayer mismo por la libertad de las al parecer naciones españolas, sujetas y oprimidas por ese Estado. Pero la plurinacionalidad del estado no puede tener sentido político, sino étnico o cultural. La expresión “nación de naciones” es equívoca, porque el término “nación” posee un sentido enteramente distinto en las dos menciones y sólo el singular tiene sentido político, el genitivo plural sólo puede tener un sentido étnico o cultural. Por lo demás toda nación política se configura a partir de una pluralidad de gentes.

Pero al negar que España sea una nación (política) se presupone la realidad de una entidad – España – dotada de alguna forma de unidad, anterior a su constitución como estado nacional. Esa unidad anterior no merecería llamarse política puesto que, precisamente, no es la unidad del Estado. Pero se trataría de una forma de unidad que satisface todas las funciones que, de otro modo, satisface el estado nacional moderno: necesidades productivas, defensivas, conjuntivas o cohesivas. España habría llegado a ser una nación política moderna, análoga a las de la circunstancia europea, a partir de esa unidad anterior que habría definido una realidad que no es la del estado nación.

La pregunta que entonces se plantea es la siguiente: ¿Qué era España antes de ser la nación política que hoy reconocemos? España era una entidad dotada de una forma asombrosa de unidad, puesto que se trataría de unidad abierta o infinita, más adecuadamente: de universalidad. Pero nótese que en esa estructura meta-política la particular identidad española está trascendida o superada. Tarde se hablará de hispanidad para señalar la identidad de esa universalidad, persistiendo hasta su derrota definitiva un título anterior: Cristiandad. España se agotó en el programa de sostenimiento y prolongación de esa morfología no meramente política que fuera la Cristiandad medieval. Trató de reconstruir la vieja Comunidad Universal manteniendo sus constituyentes esenciales. La “política moderna” que la derrotada Monarquía Católica no pudo llevar adelante podría orientar programas alternativos a la política del equilibrio de poderes o de la razón de Estado, de cuyo colapso último son signo las dos últimas guerras mundiales. Por el contrario, nuestro presente se asienta sobre el mismo principio de la razón de Estado y podría, por consiguiente, conducirnos a resultados muy semejantes.

La universalidad de España acaso sólo pueda recibir nuevo aliento de un posible – aunque muy improbable – renacimiento de la identidad cristiana de Europa. En esa Europa improbable España ocuparía un lugar fundamental y de ahí el valor de una unidad que nos permita no ser, sino estar a la espera “de una ocasión cualquiera de intervenir en el mundo de un modo digno de ser inscrito en la historia universal". (G. Bueno)

Son importantes, sin duda, las razones económicas, políticas o culturales para mantener la unidad de la nación española. Me temo, sin embargo, que esa apelación a la unidad sólo alcanzaría verdadera eficacia a través de la universalidad que ha caracterizado nuestra posición en la historia. De aquí que nos asalte hoy un melancólico cansancio.