Radicales de todo el mundo, antisistema profesionales, abertzales vascos, activistas de la CUP y sus cachorros de Arran, la ANC, Òmnium Cultural, infiltrados de Podemos y todas las tribus violentas de la extrema izquierda están llamadas a concentrarse en Barcelona para enfrentarse a las fuerzas de seguridad e impedir que los colegios electorales sean cerrados. Detrás de las bambalinas, Puigdemont, Junqueras y su equipo de secesionistas les han convocado y animado.
Porque la Generalidad necesita imperiosamente una apariencia de votación para poder cantar victoria, alardear de que ha doblado el pulso al Estado al celebrar el referéndum y proclamar con solemnidad que la participación ha sido alta y el apoyo a la independencia, abrumador. Puigdemont aspira a desafiar definitivamente al Estado anunciando la sesión extraordinaria del Parlament para el día 3 con el fin de declarar la independencia. Con el evidente “pucherazo” como coartada, intentará hacer creer a los catalanes y al mundo que el pueblo catalán ha decidido romper con España.
Enfrente, el Gobierno a través de la Fiscalía y el Tribunal Superior de Justicia intentará impedir que abran los colegios electorales. De momento son los mossos los encargados de llevar a cabo esta misión. Pero las declaraciones del mayor Trapero y del consejero de Interior aduciendo que no intervendrán si hay riesgo de alterar el orden público han convencido al Ejecutivo de la necesidad de movilizar a la Guardia Civil y a la Policía Nacional para que precinten los locales si los agentes catalanes no actúan.
Y ahí radica el riesgo de que se produzcan altercados entre las fuerzas de seguridad y los miles de radicales cuyo objetivo no es otro que denunciar la “represión del Estado fascista” que impide al pueblo catalán “ejercer la democracia”. Buscan la foto de los antidisturbios desalojando a los activistas. Porque esa es la trampa de elefante urdida por los dirigentes de la Generalidad, a sabiendas de que el referéndum resultará un fiasco, pese a la manipulación de datos que ya han preparado. Pese a la falta de un censo oficial, pese a que las mesas electorales no se podrán formar porque sus integrantes no han recibido la notificación o no acuden ante el riesgo de ser multados, pese a que la mayoría de los más de 2.315 colegios no podrán abrir sus puertas y se colocarán urnas en calles perdidas, pese a que el recuento de los votos resulta imposible al cerrar la Guardia Civil el Centro Telemático, pese a la chapuza bananera de la consulta, la Generalidad está decidida a dar por bueno el referéndum.
Mientras tanto, los radicales, encabezados por la CUP, tomarán las calles de las grandes ciudades catalanes para cantar victoria y dar por hecho que Cataluña se ha convertido en una República independiente con el propósito de provocar enfrentamientos con las fuerzas de seguridad, de extender las algaradas arropados por esos miles de antisistema que han llegado a Barcelona deseosos de incendiar la ciudad. De momento, tienen previsto cortar a primeras horas del domingo la salida del puerto de Barcelona para intentar impedir que los vehículos de la Guardia Civil y la Policía puedan salir. También han organizado comités de defensa guerracivilistas para intervenir en cualquier conflicto que se produzca.
Cientos de colegios electorales ya han organizado acampadas ante la puerta con niños, hijos de los secesionistas, profesores y, naturalmente, activistas de la CUP. En la mañana de este domingo, primero los mossos y, si no, la Guardia Civil y la Policía Nacional están obligados a impedir que se vote. El número de colegios en los que se pueda votar con normalidad resulta esencial en el pulso entre el Gobierno y la Generalidad.
El viernes, Junqueras anunció que estaban convocados 5.343.358 de electores, que se iban a instalar 2.315 colegios y unas 6.000 mesas. Incluso, aventuró el resultado del “pucherazo” que ya tienen preparado. Anunció que votaría el 60 por ciento del censo y que el 80 por ciento apoyaría la independencia. Pese al evidente fraude de este referéndum ilegal, la Generalidad lo tiene todo preparado para anunciar la victoria. Mientras tanto, se incrementa la tensión por el temor a que se desate la violencia. España se la juega ante la atenta mirada del mundo, en especial de la UE.