Comentaba Michel de Montaigne (Ensayos) que el filósofo Antístenes decía, con humor, que el hombre debía proveerse con bienes que flotasen sobre el agua para poderlos salvar con él en el naufragio. “Ved –añadía el propio Montaigne– lo que supone elegir bien los tesoros que pueden salvarse del desastre…”. Y uno, que si bien obviamente no es ni Antístenes ni Montaigne (y que, a este ritmo, ni escasamente llegará a ser una versión acabada de uno mismo), acota: entre bienes y tesoros, se han olvidado de la gente –ese término que se parece mucho a un diagrama de Venn y que termina por englobar a un cierto número de personas que comparten una circunstancia dada, un lugar en el espacio y el tiempo, una nacionalidad, etc.– que suele seguir a algunos en sus causas o caprichos.
Y pienso en un naufragio más que evidente –el del bote chapucero o balsa que han armado independentistas catalanes y adláteres de ocasión-, y me pregunto qué pasará con ese pasaje que es mantenido como rehén por los timoneles del despropósito. Qué y quién flotará luego del naufragio.
Una cosa parece segura: el empirismo indica que el odio flota y sobrevive en cualquier medio.
Es de esperar, entonces, que aquellos que se vieron forzados a navegar a la deriva en esa balsa hecha con un rejunte de falsificaciones, eslóganes y promesas de privilegios y panaceas, regresen a sus vidas sin más sobresaltos que el de percatarse que ya no hay nada como “sus-vidas-ante-demencia”. El naufragio no arrastrará las tensiones –si eso, las hinchará, como la madera mala y las dietas de discurso y movilización-.
Así, aquellos de los que se embarcaron más o menos a conciencia que logren llegar a tierra firme después del descalabro, lo harán impregnados de un adoctrinado sentimiento de ofensa y humillación. Y exigirán reparación (pero no a quien verdaderamente deberían, claro está).
Porque, vamos a ver, esto de la independencia se trata de eso: de unos señores que creen que son más que los andaluces, extremeños, asturianos, gallegos; vamos, que los españoles (o ese conjunto de personas que, según esos mismos señores, no tiene intersección con el conjunto de las personas catalanas); que entienden que todas sus frustraciones provienen del hecho de estar lastrados por esa España haragana y de escaso entendimiento, y que, por tanto, de ser independientes, aquello (Cataluña) sería jauja o el Valhala catalán. Unos señores, estos, que, además, andan con muchas ganas de asegurarse una impunidad frente a los casos de corrupción en los que están involucrados. Vamos, que quieren privilegios –y quienes les apoyan creen que habrá un derrame de los mismos, como en esas pirámides de copas que chorrean champán, que los bañará-. Pero no. No saben o no quieren saber, en estas etapas tempranas del envilecimiento, cuando se confunde el deambular diario con esteladas y voces con una gesta romántica; decía, no saben que las ventajas se gozan cuando son exclusivas, usufructuadas por sobre la mayoría.
Pero finalmente como no habrá ni independencia ni ínsula Barataria, la frustración de los varios que han apoyado activamente la esperpéntica escenificación de orgullo herido y combativo, y de los otros tantos que lo hicieron en un segundo plano, como más expectantes, jugando a no quedarse en medio, como en el tute cabrero, irá dirigida, en forma de resentimiento, y presumiblemente de furia –ejercida, conjeturo, por los más jóvenes de entre los seguidores-, contra esa España inexistente que tanto han mentado los señores timoneles.
De la odisea de Ulises para regresar a su hogar, hemos degenerado a este quieto viaje comarcal sin coraje, sin siquiera astucia, sin más propósito que huir sin moverse del lugar. Si por lo menos los torpes timoneles –que esperan pasar desapercibidos entre tanto náufrago- parlamentaran como el natural de Ítaca; pero ni esa tregua conceden.