Opinión

Barajar y dar de nuevo

TRIBUNA

Roberto Alifano | Martes 03 de octubre de 2017

Asumir el presente siempre es un problema, no sólo porque comporta el desafío de resolverlo, sino porque es inaprensible y está sucediendo sin darnos tregua, todo el tiempo. Desde hace décadas, ya demasiadas décadas, la República Argentina es un problema que no logra siquiera encaminarse y le cuesta encontrar su rumbo. Lo es en el ahora y lo es como futuro, esa luz o esa ilusión proyectada hacia el mañana que suele resultar esquivo. Sin embargo, acaso tenemos algún derecho a la esperanza, ya que empezamos siendo nada, apenas una incómoda llanura insoportable que de solo contemplarla desalentaba al europeo.

En la otra parte del continente, por donde empezó América, sobre las ruinas del mundo precolombino, los españoles levantaron una formidable construcción histórica que, en sus grandes trazos, no paró de desarrollarse. Fueron cruentos, es cierto, pero también unieron a muchos pueblos que hablaban lenguas diferentes, adoraban dioses distintos, guerreaban entre ellos o se desconocían. Sobre la región que después sería la América del Sur, fue distinto. Cuando llegaron a las costas del Río de la Plata no encontraron civilizaciones sino indígenas nómades que se desplazaban en busca de caza para alimentarse. Todo era desierto y desolación. Los primeros adelantados trajeron su cultura y se unieron carnalmente con esas tribus, iniciando el mestizaje. Impusieron después leyes e instituciones jurídicas y políticas pero, sobre todo, fijaron su lengua y su religión. Sí hacemos un balance, encontraremos que las pérdidas quizá fueron enormes, pero las ganancias han sido inmensas. Las misiones jesuíticas, instaladas en el norte de la Argentina, civilizaron a los indígenas y fundaron la primera sociedad comunista del continente.

Para juzgar con equidad la obra de los españoles en toda nuestra América, hay que subrayar que sin ellos –quiero decir, sin la religión católica y la cultura que implantaron- seríamos otra cosa, no lo que somos.

En 1536, luego de la primera fundación de Buenos Aires por parte del adelantado don Pedro de Mendoza, se emprendió la navegación por el Río de la Plata, que concluyó, casi un año más tarde con la llegada al Paraguay. Allí, Juan de Salazar y Espinosa fundó Asunción, que llegaría a ser la primera ciudad de lo que no mucho después se constituiría como Virreinato de la comarca.

Años más tarde se concretaría la segunda fundación de Buenos Aires por parte de don Juan de Garay. A partir de entonces, con un mérito envidiable, extendiéndonos hacia todos los rumbos erigimos la que llegó a ser la más desarrollada de las repúblicas latinoamericanas. En estas tierras, derrotamos primero al invasor inglés y, sucesivamente, al castellano, al brasileño, al paraguayo, al indio y sus cruentos malones, y al gaucho, que después elevamos a mito. Y así llegamos pronto, quizá demasiado pronto, a ser un sitio de superficiales y beneficiadas aristocracias y oligarquías que sorprendían en Europa por su desprendida arrogancia y grosera forma de despilfarro. Aquí, la tierra era generosa, demasiado generosa y las semillas germinaban produciendo alimentos que alcanzaban para satisfacer buena parte de la demanda del mundo; también las vacas y los caballos traídos por el español se reproducían como los panes y peces bíblicos. En definitiva, desembocamos en este contradictorio país que orgulloso empezó a exhibir una clase media con mezclas de sangre de casi todas las razas. Tristemente, o felizmente, debido a ese mestizaje, carecemos del pintoresco color local, tan propicio al turismo.

Con cierta actitud despectiva hacia el resto de la América del Sur, durante bastante tiempo los argentinos buscamos diferenciarnos. Nos considerábamos europeos exiliados, nos creíamos otra cosa, un algo que poco tenía que ver con el resto de los países hermanos del continente; sobre todo Buenos Aires, una capital con puerto, construida a imagen y semejanza de París y en algunos rincones con similitud a Madrid. Tierra de atracción para el europeo, aquí llegó, en el pasado siglo lo mejor de España para contribuir a las bases de una nueva nación. Bástenos con citar los preclaros nombres de José Ortega y Gasset (que nos llamó a reflexionar con su célebre advertencia: “Argentinos a las cosas…”), de Jiménez de Asúa, Claudio Sánchez Albornoz, Ramón Gómez de la Serna, los Alberti (Rafael y María Teresa); de artistas plásticos como Manuel Colmeiro, Luis Seoane y Laxeiro; de actores como Pedro López Lagar, Margarita Xirgu y Alberto Closas; de maestros del teatro como Antonio Cunill Cabanellas; de compositores como Manuel de Falla y tantos otros que en las más diversas actividades ennoblecieron y ayudaron en el terreno del arte a refundar la Argentina.

Pero en otro orden, el de la política, durante las últimas décadas del siglo pasado y en lo que va del que llevamos vivido, la tentación ha sido grande para la clase que detenta el poder, ya que los dirigentes encontraron la forma de favorecerse a través de los negocios con el Estado que viene enriqueciendo desmesuradamente a tirios y troyanos. Nuevos caciques que permanecen metidos en sus caparazones corporativos, en sus reductos de viveza, en sus mafias sectorizadas, en su confort de mediocridad; incluimos también a burócratas, sindicalistas, jueces, policías y empresarios.

Cada uno de ellos siente que la modernidad amenaza sus negocios y su estilo de vida y, en algunos casos, su libertad ambulatoria. Generan entonces, a modo de contragolpe, una gramática alarmista y emancipadora, que les favorece el bolsillo y para nada tiene en cuenta ni remotamente a la Patria ni a la gente que representan, sino el mantener a salvo sus cargos y negociados. Durante varias décadas esa práctica infame de enriquecerse con el Estado se viene repitiendo incesantemente, se trate de quién se trate. Dicho organismo, mueve millones y millones, y se ha convertido en el botín más codiciado de la dirigencia argentina, transformada ya en otra corporación fraudulenta y recaudadora; pues de manera excesiva o abusiva, el Estados se queda con la mitad de los impuestos que paga cualquier ciudadano común, siendo el sector más coercitivo y voraz de la economía. En su manejo caben hoy todas las artimañas y las demás corporaciones deben ser funcionales a ese poder mafioso que es el padre de todos los poderes. Ese Estado corrupto y con capacidad de sumar corrupción mediante la complicidad de otras corporaciones, crece y se agiganta, funcional a cualquier Gobierno de turno.

Creemos que la Argentina necesita con urgencia y desesperación ser eficiente y competitiva para no seguir fuera del mundo. Vale la pena recordar que Borges, acaso de manera menos sarcástica que lúcida, sostenía que “como el espacio es infinito nuestro país puede seguir cayendo infinitamente”. Con paradójicos criterios feudales hasta hay algunos que sostienen la peregrina idea (verbigracia la izquierda nativa), de que ciertos sectores que proponen la eficiencia y la competitividad son precisamente instrumentos de dominación del imperialismo. Agreguemos que la imbecilidad es también en nuestra región una presencia permanente.

Si quitamos del medio a Venezuela, cuya crisis política, económica y humanitaria significa mucho más que un debate sobre la corrupción, no caben dudas de que la Argentina es el país de América del Sur donde existe mayor impunidad. Aquí, ninguno de los grandes casos de corrupción regional metió a nadie importante en la cárcel; ni siquiera a los funcionarios del gobierno anterior, que por el solo hecho de enriquecimiento ilícito, deberían estar entre rejas. Ninguna de las causas locales sobre la monumental corrupción de la década pasada terminó con sus principales arquitectos y beneficiarios. Un entramado político y judicial, con la debida complicidad, asegura la impunidad política y penal. No impide, sin embargo, la exhibición impúdica, casi pornográfica, de las vergüenzas de una dirigencia que aspira tenazmente a durar, aún a costa de las prácticas más denigrantes.

Ahora bien, cómo se puede conciliar el reconocimiento y la superación del auténtico dolor de los que no tienen con el cambio estructural e institucional que necesita la Argentina. La demanda por la supervivencia es inmediata, en tanto que la transformación es mediata y acaso se pueda dilatar en el largo plazo. Eso sí, si el Gobierno no la consigue pierde credibilidad, como está sucediendo, a pesar de las elecciones que pueda ganar. Sin esta conciliación concebida como la llegada de un futuro que no da indicios de su capacidad de acción inmediata el desgaste es inevitable; hay algo que no está contemplado que es precisamente la intensidad con que el dolor golpea la puerta de los que no tienen y no piden postergación, sino por el contrario reclaman la inmediata satisfacción.

Que vivimos una decadencia no caben dudas. Cada uno la sufre a su manera. Día a día se deteriora la calidad de vida. Los desprestigios de esta caída, aunque menos pregonados, suelen ser más urbanos, visibles y filosóficos que los del progreso; la duda, la melancolía, la desesperación, el descenso cultural, mezclan el placer con el dolor, la sonrisa con el llanto. El descenso que vive la Argentina otorga a la picardía de los políticos, legitimidad histórica y eso es lo grave; sobre todo en estos tiempos en que tienen tribuna, excusas y argumentos suficientes para seguir endulzando al electorado y escamotear el bulto a una justicia, que es tan poco creíble como ellos mismos, para que los legalice. Tal el caso de la ex presidenta Kirchner, a punto de convertirse en senadora con fueros que la harán invulnerable. Eso muestra hasta qué punto el comportamiento mafioso y la impunidad se han convertido en la Argentina en parte del paisaje, en una fatalidad con la que, con mayor o menor grado de resignación, convivimos desde hace décadas.

Lo repetimos. La única revolución posible es la reforma del Estado. Tarea difícil si las hay, pero imprescindible. Poner las cuentas en limpio es algo que reclama toda la ciudadanía. Basta de proteger a la delincuencia institucionalizada. Sabemos que la complicidad supera cualquier forma de lealtad y destruirla es acaso tan difícil como pedirle a un olmo que sus frutos sean peras. Sin embargo, como ya señalamos, nadie nos puede quitar el derecho a la esperanza, esa abstracción posible que nos supera, pero no es del todo imposible. Si la intención de transformar el país no es una consigna de marketing, sino un propósito moral de estadistas quizá se pueda concretar. A partir de ahora la convicción y no la impotencia, mostrará la verdadera vocación de cambiar a la Argentina.