Opinión

Cuéntame un cuento

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 05 de octubre de 2017

Érase una vez el país de charanga y pandereta que acabó siendo, un siglo mediante, un país de rave y acidhouse. Un país de botellón y secundaria obligatoria, con masas crecientes destinadas a figurar de camarero radiante en un hotel de la costa. Un partido en el gobierno inficionado de corrupción hasta las entretelas de la bancada azul, hoy casi enfrentado a la élite burguesa y biempensante de su coto catalán, que medró chapaleando en el famoso tres por ciento, a la espera rapaz de porcentajes mayores. Y siempre una izquierda de plástico, sentimental y plañidera, ajustada al turno con el partido liberal conservador y tomada hasta el final por la misma práctica sancionada y consabida de la dádiva y la regalía. La misma izquierda centrada que hizo del Estado un instrumento al servicio de sus fines parciales, la misma que solo añade el matiz de la lágrima y el moco tendido, cultivando la imagen de un decadente y falso humanismo.

El crecimiento económico, aunque no modificó la proporción de pobres y ricos, si no para incrementar la distancia entre ambos, sirvió también para mantener fijos los ojos en el gran supermercado, Mall rutilante y shopping centre. Bien aderezado por un inglés plebeyo y deformado, signo de una colonización blanda y paciente: la de una conquista sin gloria y sin imperio, propia de la mercantilización íntegra de la vida. Último tránsito del modernismo liberal que confunde la inconsistencia de la suma de subjetividades caprichosas con el nervio de la verdadera democracia. ¡Votemos! ¡Que nadie nos limite el derecho a expresar nuestra absoluta voluntad! No importa el objeto, ni el medio, lo importante es que se nos permita expresar nuestra diminuta noluntad. Gozamos del carácter quebrado del niño consentido, que es el rebelde adulto al que basta quererlo todo y quererlo ahora. Ni siquiera disfrutamos del lento crecimiento y del aprendizaje de la cortesía formal y vacía de los países del norte, históricamente vencedores en la gran batalla por el dominio industrial y la colonización comercial. Las últimas décadas del siglo XX son las del auténtico ingreso de España en el orden económico y político de la modernidad triunfante. Su pertenencia anterior, bajo el franquismo, a ese orden de la abundancia, propio del mundo libre, estuvo escondida tras una cenicienta ideología que se hacía pasar por catolicismo de cruzada, cuando era un gesto defensivo que, aunque comprensible, resultaba del largo tiempo de su renuncia a la batalla espiritual. Y en nuestra entrega asumimos como propia la insidiosa imagen reflejada por el deforme cristal de una Europa en que parecían correr arroyos de leche y miel, por laderas pobladas de jóvenes entregados al amor libre y a la paz mortecina, asistida por narcóticos sin substancia: consumo divagante, oferta televisiva y cinematográfica, turismo de ensoñación y tantísimas naderías bien iluminadas. El yermo español, la tierra desolada, el esfuerzo ingente para fertilizar un suelo reseco y tábido quedó en el olvido. El viejo programa de una modernidad contraria al mero crecimiento económico y su política del equilibrio resultaría olvidado, o escarnecido como un fantasma del pasado, falaz e ideológico. El horizonte por el que batalló la España histórica se desdibujó hasta desaparecer enteramente de las conciencias de los disminuidos españoles de nuestro tiempo. O se concibió como un objetivo rígido y sanguinario, según nos cuenta nuestra muy oscura leyenda negra.

Pero el crecimiento económico se vio frustrado por una gran crisis económica que despertó un viejo combate entre clases que, en realidad, venía intensificándose desde hacía lustros, por efecto de la llegada masiva de una mano de obra capaz de arriesgar la vida para ser explotada en las benévolas condiciones de la Europa del bienestar. Fugitivos de la masa marginal y desasistida, de los pobladores del tercer mundo. Lumpen proletariado que es la inmensa mayoría de la población mundial. La izquierda humanista y pánfila abría sus brazos para recibir una fuerza de trabajo, que eran de hecho hombres de carne y hueso, no siempre asimilables por los restos, ciertamente arruinados, de la vieja civilización europea. Reducida a superestructura o decorado de cartón piedra esa vieja civilización podía ser menospreciada y los hombres reales podían concebirse como miembros sin identidad del nebuloso género humano.

Entonces se alzó un pueblo, o su mitad mal contada, para escapar de ese orden de ensueño en nombre de una Arcadia imaginaria. Salir del sueño de una España actualizada por su estatuto europeo, para entrar en el reino sublime de la gran patria catalana. Unos para escapar del fiscal, otros para hacer su revolución social, todos para realizar sus sueños. El final de España, acaso antesala del ocaso europeo, cobra la forma del humo que se difumina dibujando figuras momentáneas. Humareda onírica tras la que sólo queda la nada.