Opinión

Separatismo, incomprensión y anécdotas

LETRAS DESDE MÉXICO

Rafael Cardona | Viernes 06 de octubre de 2017

La península de Yucatán, en México es absolutamente extraña. Debido a la formación geográfica del territorio, en forma de cornucopia, se alza hacia el norte aun cuando el centralismo mexicano la ubica en el sur este. Su latitud la coloca por arriba de la ciudad de México.

Y cuando queremos viajar a Mérida, decimos, vamos al sureste, cuando en verdad vamos para arriba.

Pero no es eso lo único incompresible entre yucatecos y mexicas del centro. Tampoco entendemos cómo hace millones de años allí cayó un aerolito, cuyas dimensiones estelares ocasionaron un cambio climático suficiente para extinguir la vida hasta de los dinosaurios. Si no fuera por eso, no habría petróleo en el Golfo de México. No creo nada, pero, en fin.

Y entre tantas incomprensiones debía suceder algún día: los yucatecos, sin llegar a los extremos de los catalanes se consideran primero hijos del Mayab y luego mexicanos. Y es obvio, han hecho intentos de separación, proclamas casi teatrales de independencia y han consagrado su distancia y diferencia con una frase eterna: si se acaba el mundo, me voy a Mérida.

Todo esto lo he dicho porque a los mexicanos los intentos de separación siempre nos han parecido Una extravagancia sin consecuencias. Como lo han planteado los chiapanecos del Soconusco (ese territorio feraz y hermoso cuya tierra quiso gobernar Miguel de Cervantes Saavedra; sin lograr la merced real para realizar tal ambición postrera en su triste vida de soldado manco y abandonado).

Chiapas, por cierto, es un territorio hijo de la secesión: se separó de Guatemala y se unión a México en un voluntario acto de adhesión del cual los chapines aun nos culpan con rencor y resentimiento. Por eso entre guatemaltecos y mexicanos no hay buenas relaciones. Ni malas. Simplemente nos ignoramos los unos a los otros.

Por eso no entendemos el asunto de Cataluña. Y en eso nos parecemos mucho a los españoles: tampoco entienden, ni unos ni otros. Ni catalanes ni madrileños, vascos o gallegos, asturianos o cualquier otro.

El asunto de la semana, en especial la feroz represión y el mensaje del rey, obligaron a alguien a escribir esto:

“¡Una de las dos Españas ha de helarte el corazón”, decía Antonio Machado, para quien una de ellas bostezaba mientras la otra moría!

“Hoy, paradójicamente las dos Españas (la de charanga y pandereta, devota de Frascuelo y de María y la otra, la del ansia democrática a tropezones y a la vejez viruelas), se enfrascan de nuevo en una pendencia incurable e interminable, por consecuencia.

“Hoy el pretexto es el asunto catalán. Si la autonomía nada más o la plena independencia. Puigdemont, como un moderno Pío Marcha se dispone a proclamar una independencia existente nada más en el fondo de su alma, mientras el rey de los españoles hace su aparición pública con un discurso de amnesia y disimulo en el cual no hay una sola mención para la paliza contra quienes querían nada más un referéndum.

“Ni siquiera una revuelta. Una consulta, nada más”.