Francesc Torralba (Barcelona, 1967) es un filósofo contemporáneo, en la más estricta concepción del término. Combina su pasión por autores como Nietzsche, Sartre o Camus con su afición por la bicicleta, la escalada o las maratones. Doctorado en Filosofía por la Universidad de Barcelona y en Teología en la Facultad de Teología de Cataluña, Francesc imparte clases de ética en la Universidad Ramón Llull. Su pensamiento gira en torno al análisis de las cuestiones centrales de la existencia humana. Cuestiones que analiza desde una perspectiva filosófica que trata de integrar la riqueza de la herencia judeocristiana y las corrientes filosóficas modernas y contemporáneas.
La obra de Francesc es prolífica: más de noventa libros de filosofía e innumerables artículos publicados dan buena fe de ello. Una de las últimas tendencias filosóficas que han conseguido atraer la atención de Francesc es el transhumanismo, un movimiento que aboga por un nuevo ser humano, mitad hombre, mitad máquina, como paso lógico en el camino de la evolución. Tras su conferencia: "Un movimiento emergente: el transhumanismo", mantenemos una charla con el sabio para averiguar algo más sobre esta peculiar corriente filosófica que sueña con tocar la inmortalidad con la punta del dedo índice...
Hay dos teorías del conocimiento que se ven profundamente interrogadas por los planteamientos del transhumanismo. Por un lado la antropología y por otro la bioética. En la medida que uno estudia la condición humana, y por lo tanto lo que nos define y hace distintos singulares en el Universo, y en la medida en que uno estudia los problemas éticos que plantea, tiene que interesarse en las teorías transhumanistas.
El transhumanismo parte de la idea de que el ser humano debe ser mejorado mediante biotecnologías, ya sea mediante chips o prótesis que pueden ser instaladas en el cerebro, el sistema nervioso o en cualquier otra parte. En consecuencia este ser humano tendrá unas capacidades y unas potencias distintas al original. Eso sería un transhumano.
Esa es la teoría central del Manifiesto Transhumanista y de sus grandes representantes. Sin embargo yo creo que no. La tecnología debidamente utilizada y distribuida de un modo equitativo puede mejorar significativamente las comunidades humanas y corregir defectos, como unas gafas o una válvula en el corazón… Pero yo creo en el potencial de mejora del ser humano, a través de las instituciones educativas, de la cultura, de los libros, o de los mismos medios de comunicación correctamente utilizados. El problema del transhumanismo es que pone todas sus esperanzas en la tecnología, que adquiere una dimensión casi mesiánica o plenipotenciaria. Y eso para mí es más que discutible…
En efecto. Es un hecho. Por eso, para entender las sociedades contemporáneas no basta con comprender la técnica como instrumento, sino como sistema. Como marco en el que vivimos, nos movemos, interaccionamos, compramos, vendemos o trabajamos. Ya no es un instrumento que utilizamos tangencialmente para desarrollar una actividad, como lo fue el martillo o la bicicleta, sino que es el medio, el útero en el que nos desarrollamos y crecemos. Nos hemos convertido en 'tecnoadictos', especialmente la generación adolescente. No podemos imaginar nuestra vida sin este factor. Debemos analizar los 'pros' y los 'contras' de este sistema: inercias, mimetismos que genera, patologías físicas…
Un fallo en el sistema. Ya lo estamos observando. El fenómeno tecnológico es sistémico, por lo tanto si algo falla, todo se desmorona. Hemos visto por activa y por pasiva que el sistema es vulnerable. Podría generar todo tipo de riesgos o inseguridades en cualquier ámbito: transporte, comunicaciones, comercio, banca, enseñanza, salud…
Hay que distinguir la crítica a la tecnología de la crítica a la tecnocracia. Una cosa es reconocer la aportación indiscutible de la tecnología a nuestra vida cotidiana y otra es criticar el 'tecnocentrismo'. Este fenómeno sucede cuando el lenguaje termina siendo homogéneo y hegemónico, fagocitando el resto de lenguajes de la vida humana. Cuando la tecnología está al servicio de la persona, ninguna crítica: es maravilloso tener esta prótesis que permite andar a este niño, o esas gafas que corrigen el astigmatismo, o esa válvula que facilita el bombeo de sangre del corazón… El problema viene cuando el ser humano vive como un esclavo de un sistema tecnológico, completamente dominado por él, comportándose como un siervo y no como un gobernante. Esta es la verdadera crítica.
Hay síntomas de ello. Especialmente cuando las burbujas donde es posible pensar o reflexionar son cada vez más pequeñas y frágiles. El sistema plantea un lenguaje homogéneo donde a veces no tienes la oportunidad de disentir, por ejemplo viviendo sin teléfono móvil. Debo de ser de los últimos europeos que no utiliza este aparato. Sin embargo, llega un momento en que ese instrumento se convierte en algo absolutamente imprescindible. Lo mismo pasa con muchos artefactos. Uno tiene la libertad de elección al principio, pero el sistema acaba imponiéndolo y te conviertes en un extraño moral en tu tiempo.
Nunca debemos olvidarlo. El pensamiento crítico tiene que ser muy activo porque alguien le interesa mucho que ese sistema se vaya reproduciendo y genere nuevos objetos que tengamos que consumir, muy rápido además, debido a la obsolescencia, para generar más velocidad en el consumo de productos. Productos que muchas veces no necesitamos.
Cuando la tecnología se utilizaba como instrumento uno podía permitirse el lujo de plantearse esta pregunta. Un martillo, por ejemplo, puede usarse para colgar un cuadro en una pared pero también para matar a una persona. Pero la tecnología actual no es un instrumento, es un sistema en el que vivimos y nos desarrollamos. No podríamos imaginar nuestra vida sin la red, porque la interacción con todo nuestro medio laboral y familiar pasa por ella. Por tanto no se trata de bien o mal. Es un entorno donde aparece lo más sublime de la condición humana, (uno puede encontrarse un fresco de Miguel Ángel), pero también lo más mezquino y vil.
El transhumanismo se refiere a este evento como “singularidad”, es decir, el momento en que una máquina sobrepase la inteligencia del ser humano. Es posible que así sea.
Yo no sería catastrofista ni imaginaría un universo apocalíptico. Muchas novelas y películas tratan el evento como una especie de “Saturno devorando a sus hijos”. Cabe esa posibilidad, pero lo que yo creo es que paralelamente a la innovación tecnológica debemos establecer órganos internacionales de deliberación, reflexión y análisis de consecuencias éticas y jurídicas. Mientras hablamos, muchas investigaciones sobre biotecnología o neurociencia se están desarrollando en países como China porque los protocolos de los países avanzados prohíben según qué prácticas. Sin un derecho internacional que diga lo que se puede hacer es fácil que uno se desplace a otro país, para producir un elemento, reproducirlo y venderlo en todo el mundo. Por lo tanto necesitamos límites y una conciencia global de los mismos.
Esta es la clave. Existen intereses muy potentes que apuestan por este nuevo mercado de la biotecnología. Si la gente paga por retocarse la nariz, los glúteos o el color de la piel, que no harían para mejorar su capacidad auditiva, táctil, visual, de memoria o de inteligencia.
Hoy en día ya la estamos viendo (desigualdad). No es lo mismo nacer en una familia que en otra, en un barrio que en otro, en un país que en otro… Será un mercado elitista. Cada uno tendrá diferentes capacidades en función de su poder adquisitivo. Esto podría provocar una gran brecha social entre los que no tienen acceso a ese tipo de innovaciones biotecnológicas y los que puedan, por ejemplo ver su esperanza de vida alargada indefinidamente. Se crearían dos castas enormemente desiguales: una, que contaría con mejores capacidades físicas e intelectuales, y otra, que viviría subyugada por la primera.
Cambiaría absolutamente todo. Las relaciones con nuestra familia o amigos, nuestra educación, nuestro trabajo, y por supuesto nuestro sentido de la vida. Dispondríamos de un tiempo indefinido para ir reinventándonos. Sin embargo algunos escritores, como Jorge Luis Borges, afirman que, al final, nos cansaríamos de pasar tanto tiempo viviendo guerras, revoluciones, repúblicas, imperios… Además, nos enfrentaríamos a la superpoblación. Cuando yo nací había 4.000 millones de seres humanos. Ahora somos 7.500… Pero el mundo sigue teniendo el mismo tamaño, sólo que está más contaminado. Yo me pregunto ¿es esta es la eternidad que deseamos?
No es una hipótesis descabellada. Una de las experiencias que motiva más la vivencia religiosa es la finitud: la muerte de los seres queridos, la enfermedad, el dolor… Eso nos obliga a pensar sobre el sentido de la vida, sobre la búsqueda de Dios, sobre la salvación...
Lo curioso es que en el transhumanismo es la tecnología la que juega el rol salvífico de la gracia de Dios. Si uno mira la filosofía de la historia del transhumanismo no existe un dios que venga a salvarnos de la muerte y nos prometa una vida eterna. Lo que sí hay es tecnología. Una tecnología que promete la inmortalidad y se presenta como mecanismo de salvación, frente a la finitud carnal. Pero yo lo discuto profundamente...
Inexorablemente, incluso en las sociedades más desarrolladas, donde hay más bienestar, sufrimos y envejecemos. Es verdad que ahora gozamos de mejor calidad de vida, vivimos hasta los 120, pero seguimos cayendo por la enfermedad, sufriendo por los nuestros, y en última instancia, muriendo. Aceptar eso es una condición sine qua non para aceptar la condición humana.
Me es muy difícil hacer prospectivas a una semana vista, cuanto más a un milenio (risas). Podemos imaginar que todo estará mucho más tecnificado y que afectará a nuestros propios organismos. Pero se hace muy difícil de pronosticar. Cuando leemos a los grandes científicos que nos hablan de prospectivas de futuro hay grandes diferencias, pero, curiosamente la mayoría de ellas son apocalípticas. Por ejemplo Stephen Hawking opina que habremos conquistado otros planetas, más por obligación que por devoción, ya que la Tierra habrá quedado devastada ecológicamente…
Tengo esperanzas en nuestra capacidad de reacción y anticipación. Debemos aprender de los errores de la historia.
Depende del uso que le demos. Si somos capaces de poner límites a determinados desarrollos, distribuirla equitativamente y no cruzar según que líneas rojas, es posible.