Y cuando se dice que es el observatorio más grande que se va a lanzar al espacio, se hace referencia a las dimensiones de su escudo solar, equivalente a una cancha de tenis, y a su espejo primario segmentado, de 6,5 metros de diámetro. Los objetivos de JWST se centran en el estudio de las primeras galaxias y su evolución, el nacimiento de las estrellas y sus sistemas protoplanetarios y la aparición de sistemas planetarios y el origen de la vida. Dicho estudio implica la observación de objetos muy lejanos y de pequeño tamaño, por lo que hace falta un observatorio de grandes dimensiones que observe en el infrarrojo, ya que esta longitud de onda permite “viajar en el tiempo”.
“El infrarrojo nos permite ver más lejos. La luz que viene de las primeras galaxias es muy lejana y, como el universo está en expansión, la luz de esas galaxias está en el infrarrojo”, explica Catarina Alves, científica de proyecto de la ESA en James Webb. Para ello, el observatorio contará con cuatro instrumentos, tres de infrarrojo cercano y uno mediano, y dos de ellos han contado con participación europea, NIRSpec (de fabricación enteramente europea) y MIRI (dividido al 50% entre la NASA y la ESA). En este aspecto, Javier R. Goicoechea, científico del CSIC, apunta que “desde el punto de vista científico, Europa tiene mucha tradición en la astronomía de infrarrojo”. De hecho, ya hay un alto número de propuestas iniciales de la comunidad científica del continente para acceder a datos de JWST. “El factor de presión del telescopio es muy alto, probablemente, el más alto de la historia”.
La observación en esta longitud de onda permitirá comprender cómo se pasó de las estructuras primordiales del Universo a los planetas con capacidad para albergar vida. “Se ven las nubes de gas y polvo que forman los esqueletos de las galaxias”, explica Goicoechea, que da un ejemplo de la diferencia que JWST representará frente a Hubble. Éste ya detectó hace tiempo discos protoplanetarios en nubes de gas, pero en luz visible sólo se intuye la forma de dichos discos que, además, son de dimensiones reducidas. Los instrumentos de infrarrojo de James Webb, y el gran tamaño de sus espejos, permiten ver en el interior de los discos protoplanetarios y estudiar el origen de los planetas.
Asimismo, el telescopio podrá caracterizar la composición mineralógica y química de las atmósferas de los exoplanetas y, en el campo de la cosmología, se espera que sea capaz de detectar la luz de las primeras estrellas, formadas unos 400 millones de años después del Big Bang.