Lunes 09 de octubre de 2017
¡Muchísimos! Serán un millón, medio o trescientos cincuenta mil, pero es innegable que la manifestación de ayer en Barcelona desbordó todas las previsiones: el trayecto hasta la Estación de Francia se colapsó, al punto que la manifestación no se desplazaba y de que abarrotó las calles laterales de su itinerario.
Además, de que se desarrolló con absoluto civismo, resultó impresionante que, fuera ya de la convocatoria de la Asociación Civil Catalana -un grupo que resiste con conmovedora gallardía las presiones y agresiones de los nacionalistas- decenas de ciudadanos de todas España se convocaran espontáneamente por las redes sociales. Desde ayer hay un antes y un después, como ocurrió con Miguel Ángel Blanco. Y antes, con el intento de golpe de estado de Tejero, lo de ayer en Barcelona contra el golpe de estado nacional-populista marcará un parteaguas: la mayoría silenciada ha hablado y no va a ser fácil silenciarla. La calle de Cataluña no es sólo de los nacionalistas: ha vuelto a ser de todos.
No obstante, sería un error pensar que los cientos de miles de ciudadanos que ayer recorrieron las calles de Barcelona lo hicieron sólo contra el golpe de estado nacionalista, pidiendo libertad y exigiendo el respeto a la ley, valga la tautología. Los manifestantes de ayer expresan la creciente irritación de una ciudadanía harta de inacción, de medias tintas y de contemporización con los golpistas. El Presidente Rajoy haría bien en escuchar lo que es un clamor que reclama se haga cumplir la ley y que se desaloje a los golpistas de las instituciones autonómicas. No se tarta de una exigencia producto de calentura y pasiones: es una temeridad mantener a fanáticos e iluminados al frente del Govern.