El cerebro humano no es algo inmutable. Como cualquier otro músculo, nuestra mente es capaz de evolucionar, de adaptarse a las circunstancias. Puede mejorar, si se ejercita correctamente, pero también podría atrofiarse si no la utilzamos como debemos. La Ciencia ha llamado a esto 'neuroplasticidad'.
La neroplasticidad no es un dogma, es una realidad. Los científicos llegaron a esta conclusión hace mucho tiempo. Uno de los primeros en darse cuenta de ello sería el psicólogo norteamericano Karl Lashley, quien, en 1923, condujo varios experimentos con macacos de los que se inferían cambios en las redes neuronales, en función de las actividades que estos desempeñaban.
Pero sería un jovencísimo Michael Merzenich (hoy considerado uno de los padres de la neurociencia), quien pasaría de la mesa al laboratorio, demostrando que nuestro cerebro cambia anatómica y fisiológicamente en función de las actividades intelectuales que desarrollamos. Merzenich también utilizó macacos para sus experimentos, pero, a diferencia de Lashley, no se limitó a observar su comportamiento.
El investigador realizó una serie de cortes en las manos de los simios, para observar la actividad neuronal. Al principio el cerebro se mostraba confuso, pero, a medida que las semanas pasaban, Merzenich descubrió que el cerebro de los simios se iba adaptando a la baja movilidad de sus dañadas extremidades, y generaba nuevas redes neuronales que volvían a reconocer el origen de los impulsos nerviosos. La neuroplasticidad había sido probada...
Imaginemos que nuestro cerebro es una enorme piscina que está dividida en miles de millones de compartimentos. Dentro de cada uno vive una pareja de peces (neuronas). Lo ideal sería alimentarlos a todos equitativamente, y a diario, porque así crecerían fuertes y sanos. De esta forma cada pareja se reproduciría con rapidez (sinapsis), dando lugar, primero a familias y luego a bancos enteros (regeneración celular). Lógicamente las necesidades alimenticias del grupo, mucho más numeroso ahora, aumentarían, pero también lo haría su salud, fortaleza y velocidad. De hecho, los peces se volverían tan fuertes que podrían saltar por encima de las barreras que los separan, llegando incluso a romperlas cuando alcanzaran ciertas dimensiones (se forman nuevos circuitos neuronales). De esta forma seguirían creciendo y reproduciéndose hasta alcanzar la plenitud. Por supuesto, en el momento en que dejáramos de alimentarlos algunos se debilitarían y otros morirían.
Pero quizá el alimentador tenga predilección por un grupo determinado de peces, o no disponga de tiempo para darles de comer todos los días. En el primer caso, algunas áreas de la piscina se volverán comunes, porque los ejemplares serán muy fuertes y romperán sus barreras, mientras que el resto de peces permanecerá en su compartimento, sin apenas crecer o incluso muriendo. En el segundo supuesto la totalidad de la piscina crecerá débil. Puede que, de cuando en cuando, algún pez consiga saltar, pero serán casos marginales.
Así funciona nuestro cerebro. Una persona que realice actividades intelectuales con frecuencia desarrollará más aquellas áreas del cerebro vinculadas a la comprensión, la lectura, el lenguaje o la memoria a largo plazo, que una persona que jamás ha abierto un libro. En cambio, la actividad de un deportista profesional, ya sea futbolista, nadador o piloto de carreras, potenciará las zonas asociadas a los reflejos, la memoria de trabajo, la vista o el oído. Y esto es algo que ya intuían nuestros ancestros. La celebérrima frase de Juvenal: “Mens sāna in corpore sānō”, cobra aquí más sentido que nunca. Se trata de alimentar a los peces…
En décadas posteriores a los hallazgos de Merzenich, los científicos ha venido estudiando con mimo la neuroplasticidad, concentrando la mayor parte de sus energías en el proceso de aprendizaje del cerebro. Hoy sabemos que la experiencia de cada individuo puede alterar de forma profunda los circuitos neuronales, fortaleciéndolos o debilitándolos, y provocando en última instancia que nuestra mente "crezca" o "mengüe", tanto en el plano funcional (fisiolófico) como en el físico (anatómico).
Sin embargo, la mayoría de investigadores que han abordado el tema de la neuroplasticidad lo han hecho desde el punto de vista del aprendizaje intelectual, desdeñando el interpersonal, más relacionado con las emociones, como la empatía, la motivación o la compasión. No resulta desacabellado pensar que si el cerebro cambia cuando aprendemos "por cuenta propia", lo hará también cuando nos relacionamos con otras personas...
Esta ha sido la hipótesis de trabajo de la que han partido los científicos Sofie L. Valk, Boris C. Bernhardt, Fynn-Mathis Trautwein, Anne Böckler, Philipp Kanske, Nicolas Guizard, D. Louis Collins y Tania Singer; del Instituto Neurológico de Montreal (Canadá), la Universidad de Wurzburgo, el Instituto Max Planck y el Insituto de Psicología Clínica de Dresden (Alemania).
Existen dos vías principales para alcanzar el aprendizaje interpersonal (de persona a persona): la socioafectiva, que se basa en la atención, y la sociocognitiva, que parte de la inferencia de conceptos abstractos como las intenciones o las creencias.
Para tratar de abarcar ambas áreas, los científicos decidieron desarrollar un programa de entrenamiento de 9 meses en el que observarían la evolución de varios sujetos. Cada trimestre se les enseñó un tipo de habilidad social: durante los tres primeros meses los individuos "recibieron clases" de 'presencia', que mide la atención (exterior) y la interocepción (capacidad para sentir nuestro propio interior); en el segundo trimestre se estudió el 'afecto' (por ejemplo, compartir algo con otra persona), y en el último la 'perspectiva' (asumir la posición del otro).
Los resultados han sido, una vez más sorprendentes: en todos los casos en que el sujeto mejoró sus capacidades socioafectivas y sociocognitivas, el espesor de las áreas del cerebro vinculadas a estas capacidades (áreas lateral y media de la región frontal del córtex) aumentó, tanto anatómica como fisiológicamente. Por ejemplo, cuanto más entendía y experimentaba la compasión un sujeto (tras entrenar el afecto), más se fortalecía la ínsula derecha, extendiéndo estos cambios, incluso al lóbulo temporal. El entrenamiento en 'perspectiva' afectó a la regiones parietales izquierdas... En definitiva, los científicos descubrieron que las habilidades sociales no sólo definirían nuestra personalidad, es decir, como nos vemos a nosotros mismos o a ojos de los demás, sino que también irían moldeando nuestro cerebro, tanto positiva como negativamente.
Esto significaría que nuestra mente es incluso más plástica de lo que algunos como Lashley o Merzenich creyeron en un primer momento. No sólo la actividad intelectual (como la lectura de un libro, el visionado de una película, o el cálculo de una ecuación) provocaría una impresión física y directa en la materia gris, sino que también lo harían las actividades sociales, tanto afectivas (un beso, una conversación en el parque, colaborar en un centro social) como cognitivas (asistir a una conferencia, jugar al poker).
Hemos hablado de las posibilidades beneficiosas de la neuroplasticidad, pero no debemos olvidar que toda moneda tiene dos caras. La ciencia probó hace mucho que las actitudes y sentimientos negativos, como la envidia, la misantropía o la pereza también modifican nuestras redes neuronales, aunque en este caso, atrofiándolas...
En un mundo cada vez más global, más unido (pese a ciertas disensiones marginales) y más social, parece ineludible tomar conciencia de que nuestra única opción es progresar, en comunión y armonía, junto a nuestros semejantes, hacia un futuro común. Sólo desde la comunidad mejoraremos la individualidad, y únicamente mediante la simbiosis intelectual y social haremos florecer este fascinante vergel virgen llamado mente. Alimentemos a los peces...