Opinión

España contra España, alguien quiere apostar

Tribuna

Roberto Alifano | Martes 10 de octubre de 2017

En español casi no se usa la palabra revuelta. La mayoría prefiere la palabra revolución, que, bastante desgastada, ralea en estos tiempos. Tampoco el ilustre Diccionario de la Real Academia tiene demasiado en cuenta la palabra revuelta y prefiere ciertos clichés ideológicos para definirla, cuyos sinónimos aparecen como alboroto, insurrección, sublevación o sedición; en tanto que reaccionario es quien tiende a oponerse a cualquier forma de innovación. Más o menos así de simple. Ya en el siglo XV Covarrubias se refería de esta manera a esa actitud incontrolable definida como revuelta: “rebolver es ir con chismerías de una parte a otra y causar enemistades y quistiones y a éste llamamos revolvedor y revoltoso, rebuelta la cuestión”…

La España actual, afirmada en un creciente desarrollo industrial y en la revolución de la tecnología, con una serie infinita de mutaciones globales que la benefician por formar parte del primer mundo europeo, constituida como comunidad democrática, es hoy, por otro lado, una incómoda llanura de revueltas, quizá menos retrógradas que chauvinistas, infectadas de anacronismo. En lo que llevamos del siglo XXI se han terminado de quebrar las añejas convenciones y los revoltosos, con ideas reaccionarias, se atrincheran en sus espacios políticos para consumar revueltas como la que ahora mismo envuelve a Cataluña y, por ende, irrita a toda España. Como las cosas tienden a mezclarse de manera chabacana, donde estaba la derecha bien se puede ubicar la izquierda o viceversa; en tanto que los dinámicos progresistas se pueden convertir en aterrados conservadores y llegar al colmo de “revoltosos secesionistas”. De repente, este desaguisado, hace que todos parezcan adolescentes de media enseñanza que buscan subirse a flamantes reformas y aun extremarlas, ya que sólo aspiran a impulsarlas para que, de un modo gatopardista, todo siga igual.

Estos revoltosos pueden ser funcionarios políticos, intelectuales o periodistas enmascarados de renovadores que en el statu quo, por mantener un espacio, se resisten con vehemencia a los valores democráticos. Y hasta mutando a reaccionarios; algo que constituye una suerte de maligna infección que agrava el complejo presente que nos toca vivir. Sin embargo, muchos se imaginan a sí mismos como rebeldes izquierdistas o liberales en una batalla abnegada, aunque practican ese triste conservadurismo de facción que lesiona a todos y cada uno de los valores que dicen resguardar.

De esa manera, inconstitucional, los dirigentes del Govern catalán, en actitud de revoltosos, se han empeñado en incitar a sus partidarios a desobedecer las leyes establecidas en la Constitución y a dar una suerte de golpe de Estado al país. El llamado referéndum ha sido una caricatura de consulta, ajena a la legalidad, sin censo de votantes, ni urnas autorizadas, ni debidamente fiscalizadas, ni padrones electorales, con un porcentaje mínimo de participantes y sólo independentistas; es decir, el monólogo patético de una minoría ciega y sorda a la racionalidad. Eso hizo que, según las encuestas, por lo menos dos tercios de los propios catalanes admitieran que el referéndum carece de validez legal.

Esa insurrección ha servido para alimentar el victimismo, ingrediente esencial de toda ideología nacionalista, y acusar al Gobierno español de haber violentado la democracia impidiendo al pueblo catalán ejercer el derecho a decidir su destino mediante la más pacífica y civilizada manera democrática, que es votar. Han llegado hasta el colmo de mostrar falsamente a personas agredidas por la Guardia Civil, con filmaciones que evocaban las más sangrientas represiones, y de enfrentar a la policía nacional con la regional.

Ahora bien. ¿Qué ha llevado a Cataluña, una de las regiones más cultas y cosmopolitas de España, a que prenda internamente, de manera tan extendida y burda, esa anticuada, provinciana y aberrante ideología que es el nacionalismo independientista; sobre todo en estos tiempos en que la unidad europea integra a los pueblos de manera eficaz y alentadora? ¿Cómo es posible que millares de jóvenes universitarios y escolares de una sociedad moderna, que forma parte del más generoso e idealista proyecto democrático de nuestro tiempo, la construcción de Europa, concebida precisamente como una ciudadela contra los nacionalismos que han bañado de sangre y de cadáveres la historia, tengan ahora como ilusión política querer encastillarse en una sociedad cerrada y obsoleta, que retrocedería y empobrecería brutalmente a Cataluña, pues saldría del euro y de la Unión Europea y tendría un largo y difícil trámite para retornar a ellos?

En lo que me toca, por tener una parte de mi descendencia en esa región (tengo una hija, una nieta y un nieto, ciudadanos españoles que viven allí), confieso que, sinceramente, me da mucha pena ver que Cataluña retrocede a un provincianismo menos progresista que elemental. Sobre todo en esta época de saludable globalización, que sabiamente desvanece fronteras. Ojalá esa violencia soterrada no estalle nunca ni asome a la superficie con algún centelleo, ya que –más allá de Cataluña contra Cataluña- sería catastrófica para toda España.

Sin duda, la respuesta no puede ser la que esgrimen estos frentes nacionalistas, cuyo argumento principal se debe a que “España roba a Cataluña buena parte de lo que ella recauda”, una falacia, pues, precisamente, desde la caída de la dictadura de Franco y la transición hacia la democracia, esta región ha obtenido progresivamente la mayor atribución de competencias económicas, culturales y políticas de toda su historia. Quizá podría no ser suficiente, y tal vez haya habido, de parte de los gobiernos centrales, una cierta negligencia en atender algunos reclamos de Cataluña; pero esto, que tiene una salida perfectamente negociada dentro de la legalidad, no puede justificar la pretensión de cortar de manera unilateral quinientos años de historia común y romper con el resto de una comunidad que está presente e imbricada de mil maneras en la sociedad y en la historia de los catalanes.

Por desgracia, muchas de las informaciones que ahora tenemos sobre Cataluña se dan a conocer a través de medios que, en la mayoría de los casos, dependen de las subvenciones y apoyos de la Generalitad, e impiden que la prensa libre se exprese con independencia. Leo, con alarma, que un coro de seguidores de estos grupos ha hecho circular un relato lleno de simplificaciones y falsedades en torno al lema central de “España contra Cataluña”, que justificaría la declaración unilateral de independencia. A ellos se han unido los llamados “historiadores militantes”, encabezados por Josep Fontana, a quien conozco y consideraba un lúcido y sensato profesor; esos mismos tópicos se repiten a tiempo completo y todo argumento en contrario, debido al fanatismo, es ignorado. Siguiendo una aplicación de las tácticas que permiten el despliegue del efecto mayoría, han conseguido llenar con artimañas el escenario social, que parece tener el fervor de una tribuna de aficionados hinchas del Barça. Guste o no, el procedimiento ha funcionado, borrando de la visibilidad y de la condición de catalán a quien no asuma el independentismo.

He notado, también, que lo que más irrita a ese llamado “soberanismo” es la comparación de esos antecedentes con los cruentos años treinta del pasado siglo XX, al impulsar la Generalitat una homogeneización forzosa de las ideas en la sociedad catalana (a ese respecto sobran pruebas: en la Feria del Libro Antiguo, que se realiza en Madrid pude ver en el periódico Crónica, de aquellos remotos años, algo que me resultó definitivamente revelador y que se repite en estos días con idéntica artimaña). Creo, por consiguiente, que los rasgos totalitarios son incuestionables. Monopolio del discurso público desde la Generalitat, utilizando el sí como instrumento del “pueblo catalán”; condenando el no como oposición a Cataluña. Todo bajo la sacralización del nombre de Cataluña, esencia suprahistórica, portadora desde tiempo inmemorial de un ansia democrática negada por España. A eso se agrega, como si fuera poco, el arrepentimiento tipo confesión: amaban a España, buscaron pactar. Fracasaron, ya solo cabe el divorcio político.

La marcha del domingo fue una demostración de que la mayoría sensata y bien intencionada rechaza ese nacionalismo aberrante. Los discursos de Mario Vargas Llosa y de Josep Borrell fueron claros e impecables. La cordura soberana y la lógica democrática movilizó a miles y miles de personas con un solo clamor ilusionante: la unidad de toda España en contra la actitud separatista de un grupo de revoltosos.

En una entrevista anterior sobre el espinoso asunto, el Premio Nobel de Literatura (que tiene una hija catalana), considera que la hipotética Cataluña independiente se convertiría en “un paisito muy menor, muy marginal y gobernado por fanáticos”. Coincido definitivamente con esos conceptos. Vargas Llosa, que nunca ha ocultado su hostilidad hacia el nacionalismo catalán, pero sus declaraciones han alcanzado nuevos vuelos tras el absurdo inicio del proceso independentista. Que la revuelta en cuestión no siga causando heridas y unidos en el proyecto común los catalanes sumen y no resten a la dinámica España, tan bien instalada en esta modernidad que borra fronteras y beneficia a todos.