Editorial

Una farsa para nadar y guardar la ropa

Miércoles 11 de octubre de 2017
La escenografía presentada por el nacionalismo en la tarde y noche de ayer ha sido un Vaudeville rocambolesco, cómico, sino fuera porque los resultados están siendo trágicos para Cataluña. La intervención del President Puigdemont, prevista para las 6 de la tarde se retrasó más de una hora porque, al parecer, el texto se había variado a última hora y sin el conocimiento de la CUP.
Cuando, al fin, apareció el President en el escenario, el Parlament ya era un teatro y Puigdemont el protagonista del reparto. Tras una introducción histórica taimada y falaz, llegó la esperada declaración de independencia, basada en el supuesto referéndum ilegal del día 1 de octubre, en que no había censo, interventores ni posibilidad de recuento informático y donde pudieron documentarse escenas de doble y triple voto. Con todo, el pucherazo apenas ha alcanzado dos millones de votos afirmativos de un censo de cerca de tres millones y medio de electores (sobre un 38% de síes).
A partir de esa escena, cuyo guión tampoco se ajustaba a la propia ley (ilegal) del Transitoriedad aprobada en el Parlament, llegó el punto álgido, pero grotesco, de la farsa política (para recordar la figura que hace más de siglo y medio nos relató Carlos Marx): resulta que el President proclamó la independencia, "en forma de República" (gran entusiasmo de la parroquia nacionalista que esperaba fuera de la Generalitat), para suspender su implementación a los cinco segundos (con el inmediato abatimiento de los enfebrecidos patriotas). El pretexto era una oferta de diálogo y mediación (que nadie había ofrecido), pero -eso sí- a la Eslovena: un diálogo que partiera ya de la independencia y de la República. Lo peor (para los secesionistas) es que el frente nacionalista se fracturó y la CUP anunció poco después que no asistirían a futuras sesiones del Parlament.
Por fin, la última escena del Vaudeville consistió en una asamblea informal fuera del Hemiciclo en que los patriotas juramentados y encabezados por su President, firmaron una declaración formal, pero retórica, de proclamación de la nueva República Catalana, la misma que minutos antes no se habían atrevido a presentar en la sesión oficial del Parlament.
Patético. Una farsa tercermundista que nadie nos merecemos y menos que nadie los ciudadanos residentes en Cataluña, que están viendo su imagen pisoteada y su prestigio y seguridad económicas dilapidada y como sus principales empresas están abandonando la Comunidad en busca de refugio y seguridad jurídica.
El Gobierno de España no puede tolerar por más tiempo una situación semejante. La tentación inevitable pareciera aconsejar darle hilo a la cometa del disparate y esperar a que un grupo de nacionalistas fanáticos y delirantes se despedacen entre ellos. Sería hasta divertido, si pudiéramos ignorar el tremendo costo que genera. Sin embargo, el riesgo de dejar por más tiempo a delincuentes alucinados al frente del Govern convierte una estrategia de esa naturaleza en explosiva.