Opinión

España y un patriotismo con la Constitución

TRIBUNA

Juan José Laborda | Viernes 13 de octubre de 2017

En estos días inciertos para los que amamos la democracia, la Constitución y las Comunidades Autónomas -singularmente, la de Cataluña-, he recuperado mi artículo “Patriotas y de izquierda” que publiqué, a instancias de Javier Pradera, en la revista “Claves de razón práctica” (nº122, año 2002).

Reproduzco más abajo unos párrafos.

Añado ahora unas impresiones de esta misma semana. La senyera y la bandera española ondearon juntas en defensa de Constitución. ¿No es una fusión de tradiciones realmente importante? El acuerdo de Rajoy con Pedro Sánchez, ¿no permite soñar con un nuevo consenso que devuelva al Estado solidez y a la sociedad tranquilidad?

Sin embargo, dejo en suspenso mi juicio, porque echo en falta cordialidad y confianza recíproca en las relaciones de los dirigentes políticos. Sigue presente la sensación de que la táctica política impera mucho más que la ambición compartida de reformar nuestro Estado por consenso. No sería aceptable que Rajoy utilizara al PSOE de Pedro Sánchez para perjudicar electoralmente a Ciudadanos, del mismo modo que se sirvió de Podemos para deprimir los votos que podía lograr el PSOE en su electorado tradicional. El consenso no surge previamente al proceso de hacer o reformar la Constitución, sino que es un compromiso que surge al final del mismo, en el momento que hay que votar el texto. Y el PSOE puede lograr con el PP el acuerdo que abra un horizonte de libertad, paz y bienestar para las generaciones jóvenes.

Este fue mi texto de Claves de mayo de 2002:

“La Constitución de 1978 anuda un acuerdo entre dos tradiciones. La primera, laica, republicana y racionalista. La otra, confesional, monárquica e historicista. Igualmente legítimas ambas. Aproximadamente, se corresponden con los dos grandes espacios políticos, a derecha e izquierda. Pero no es una correspondencia exacta. Hay laicos conservadores, como hay historicistas en la izquierda. Y en una y otra tradición existían, y existen, partidarios de la máxima descentralización, y de lo contrario.

El ideal del rey patriota, según el perfil que Fernández Albaladejo ha rastreado en el dieciocho ilustrado, no sólo puede ser asumido por el republicanismo, supuesta su capacidad integradora superior a la de un jefe del Estado nacional, sino por lo mismo, facilitar la aceptación de la noción de un pueblo español soberano, por parte de aquellos que suelen emplear sugestiones tales como “la unión sólo en la Corona”.

Como insistió en su intervención José Varela Ortega, aunque la tarea de crear ese patriotismo común obliga a muchos, es la izquierda, la que puede hacerlo mejor porque no tiene complejos. Nunca podrá llegar a ser acusada de haber usado el patriotismo contra la libertad. Y además, por el hecho de haber coincidido con los nacionalistas en la resistencia al franquismo, la izquierda dispone de mayor capacidad y credibilidad para hacerse cargo de la complejidad de conceptos y sentimientos que debería atender un nuevo patriotismo de raíces cívicas.

Lo que aún no se sabe bien, es si la izquierda querrá hacer ese esfuerzo. En sus prioridades defendiendo la Justicia y propugnando la validez del Estado del Bienestar, aparentemente las preocupaciones patrióticas quedan algo apartadas. Pero sin un sentimiento compartido de asociación y de pertenencia a una “patria común”, un programa político socialdemócrata no tendrá facilidades para llegar a recibir apoyos mayoritarios.

Sin sentimientos compartidos, la solidaridad (expresada en obligaciones fiscales o con las pensiones públicas), será menos movilizadora que otras apelaciones basadas en el egoísmo individual. Hay que considerar el hecho de que la descentralización política, ha producido el fenómeno de que los gobiernos de las Comunidades Autónomas rivalizan entre sí, sin distinción de color político, en ofertar las mejores prestaciones y subsidios sociales.

Sin un programa que galvanice la solidaridad de una patria de ciudadanos, y que proponga metas, sacrificios y esperanzas compartidas, el socialismo democrático tendrá estrechos cimientos sobre los que construir una apetecible casa para la mayoría.

Una identificación clara con metas comunes, ha de servir para dotar de coherencia a un programa socialdemócrata, en un momento en el que las ofertas programáticas influyen menos en la decantación electoral que factores emocionales. “Ya subrayó Max Weber que el prestigio nacional era el único valor para quienes se encontraban en una posición inferior en términos de mercado, estatus o poder”, escribió Dominique Schnapper, la prestigiosa socióloga francesa, hija de Raymond Aron.

A juzgar por el comportamiento electoral de los ciudadanos de los distritos tradicionales del movimiento obrero, estos parecen apreciar aquellos proyectos que contemplan el tipo de solidaridades que son posibles dentro de los estados nacionales europeos. La historia familiar de los trabajadores españoles está dibujada por la emigración, del campo a la ciudad, al menos, y frecuentemente, recorriendo mayores distancias físicas y culturales. Si un grupo humano puede entender bien lo que significa un patriotismo de lealtades múltiples, ese es el de los trabajadores a los que el socialismo aspira a seguir representando.”