Domingo 06 de julio de 2008
La liberación de Ingrid Betancourt ha traído consigo muchas más cosas que trascienden del fin mismo y feliz del secuestro de la ex candidata presidencial y del resto de rehenes liberados. Este éxito espectacular ha venido a reforzar enormemente a Álvaro Uribe, que pasará a la historia por ser el presidente colombiano que debilitó a las FARC hasta extremos insospechados. La perfecta combinación entre unos servicios de Inteligencia sobresalientes y una estrategia que combina la acción policial y militar con medidas de reinserción como la Ley de Paz y Justicia, han sido claves en los excelentes golpes que se han dado contra la narcoguerrilla. La muerte tanto de Raúl Reyes –y, lo que es más importante, la incautación del ordenador del guerrillero, con importantísima información sobre las FARC- como de Iván Ríos, el fallecimiento del histórico dirigente Manuel Marulanda y la rendición del cabecillas históricos como Karina, han dejado a la narcoguerrilla en una situación de fragilidad sin precedentes. A todo ello, hay que sumarle, además, que este fin de semana, tres días después del operativo con el que se liberó a Betancourt, el ejército colombiano se incautó de más de una tonelada de explosivos con los que las FARC pretendían atentar en diversos puntos de Bogotá.
El Gobierno colombiano ha sido duramente criticado en los últimos meses por su firmeza frente a los terroristas. Las críticas no sólo venían del presidente Chávez, quien, por cierto, ha variado su actitud sustancialmente e hizo pública su satisfacción por la liberación de Betancourt y anunció que espera con “los brazos abiertos” a su “hermano” Uribe. El mismo Sarkozy, que el viernes abrazaba a Ingrid ante las cámaras de medio mundo, echó en cara a Uribe su inmovilismo frente a la narcoguerrilla. Finalmente, Uribe ha dado una importantísima lección al mundo. Ha demostrado que a la mafia narco-terrorista que representan las FARC –que, a pesar de muchos se empeñen en seguir viéndolas como un romántico reducto de resistencia izquierdista, hace mucho que perdieron su contenido ideológico- se les debe y se les puede combatir con la fuerza de la Ley y la legitimidad que otorga el sistema democrático. Uribe ha de saber gestionar correctamente su victoria y evitar caer en la tentación de personalizar excesivamente el éxito del Estado colombiano frente a las FARC. Sin duda, el mérito de ejecutar firmemente la estrategia correcta es suyo, pero en última instancia quién está acabando con la narcoguerrilla no es Álvaro Uribe sino la democracia colombiana. Sólo así, conseguirá la victoria más importante: asentar y fortalecer definitivamente el Estado de derecho y la Democracia con mayúscula en su país.
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