Editorial

La Destrucción de Cataluña: el pensamiento contrafáctico del nacionalismo

Domingo 15 de octubre de 2017

Sabemos bien en Europa, por trágica experiencia en los dos holocaustos fratricidas del siglo pasado, las características xenófobas, excluyentes, supremacistas y racistas del nacionalismo. Hemos asistido nosotros mismos no hace todavía un cuarto de siglo a la película trágica y macabra que se rodó en la antigua Yugoslavia. Si, en efecto, también en Eslovenia (con más de 100 muertos): esa Eslovenia que ahora los nacionalistas catalanes nos quieren poner como ejemplo de su vía a la república de la felicidad.

Pero hay otras características menos sangrientas, quizá, pero no menos traumáticas para los ciudadanos. Las conocemos de otros ejemplos. También en carne propia de nuestros padres y abuelos: el general Franco –que si era algo, era un nacionalista impenitente- ensayó durante los años cuarenta una versión extrema de la política económica nacionalista, la autarquía. El resultado fue una hecatombe económica, hambre y desolación.

Sin embargo, antes que política y economía, antes incluso que una ideología, deberíamos reparar en las formas de pensar y preguntarnos cómo construyen los nacionalistas sus razonamientos. Porque ahí está la clave. Desgraciadamente para todos, particularmente para los ciudadanos de Cataluña, en estos días estamos asistiendo a un ejemplo ruinoso de una manera de pensar característica del nacionalismo. En lógica se conoce como contrafactual aquella idea que se basa en la noción de que un movimiento por parte de un actor en un escenario social, el resto de los actores permanece estático. Se trata de un supuesto profundamente equivocado, porque la realidad no se comporta así. Al contrario: el resto de actores y factores se reordena en función del nuevo escenario. Toman las posiciones preventivas que consideran oportunas para reubicarse, prevenir perjuicios o aprovechar oportunidades.

Durante la Guerra Civil, y precisamente en parte de Aragón y Cataluña, los anarquistas se desesperaban –y con razón desde la lógica de su ideario- porque los campesinos contestaban a sus colectivizaciones con aquello de que “entre lo que tengo y lo que me toque en el reparto”…Una versión menos dramática –aun cuando no menos ilógica- de ese tipo de razonamiento sería la idea que se desliza en multitud de propuestas del nacionalismo secesionista, que vienen a decir algo así como “yo me independizo, pero vds. no”. Vds. a seguir igual, mientras yo me muevo. Por eso disponen a volonté de la Liga (española), reparten pasaportes y convenios de doble nacionalidad y dan por hecho que constituir un nuevo sujeto de soberanía no conlleva solicitar la admisión del mismo en cuantos tratados y organismos internacionales existen, incluida, naturalmente, la Unión Europea (donde así está específicamente establecido).

Pero, como la realidad no se comporta así, ocurre lo que a la vista está: que los fondos de inversión y de sindicatos internacionales toman posiciones respecto a los bancos con sede en Cataluña, se producen corridas de bolsa y las entidades financieras (que temen quedarse fuera del paraguas del Banco de Frankfurt) cambian sus sedes. Y no sólo las grandes empresas, como el Banco de Sabadell, la Caixa o Gas Natural: son ya 540, las empresas que huyen del disparate secesionista. También la gente común se siente indefensa y amenazada, de modo que vota con los pies y corre a colocar sus ahorros en sucursales bancarias en localidades situadas fuera del territorio independentista. Y que nadie se engañe: lo que es pésimo para todos los españoles, para los ciudadanos catalanes se está convirtiendo en una catástrofe. Tampoco carecemos de ejemplos: la amenaza nacionalista ahuyentó a las empresas e inversiones de Canadá; con el tiempo han regresado, pero a Quebec, ya no han vuelto.

En algún lugar dice Unamuno que el nacionalismo es aquel sistema por el cual los ciudadanos se sacrifican a la patria. Al menos, en Cataluña se está cumpliendo la regla de que el nacionalismo destroza y arruina a aquellas naciones que dice defender e impulsar.