Los analistas políticos deberíamos callar después de la carta de Puigdemont al Gobierno de España, porque nada aporta para la clarificación política que demanda una ciudadanía activa en la defensa de su nación. Más bien, la clarificación e ilustración política a la que tienen derecho todos los ciudadanos de España está siendo hurtada por alguien que cobra de nuestros impuestos. Por lo tanto, de estas declaraciones de Puigdemont, el jefe de los secesionistas, y el Gobierno de España, a través de su vicepresidenta, los españoles no sacamos nada en limpio, salvo que nadie sabe qué sucederá y cómo se resolverá la crisis política más importante de España de la democracia postfranquista.
Se dice pronto que “nadie sabe nada”, pero ese fundido en negro, como dirían los cineastas, encierra la tragedia más grande de la política española. Todo es obscuro. Nadie sabe, incluido los propios jefes de los partidos políticos, que pasará el jueves o la semana que viene ante el desafío de un grupo político que trata de romper la nación española. Es el destino de trágico de un pueblo que no ha sabido dotarse de una clase política a la altura de una democracia de calidad. La carta de Puigdemont, independientemente del desprecio o aprecio que le merezca al lector, ni fija una posición del mesogobierno catalán ni da razones políticas para eludir la responsabilidad que le pide el gobierno de España. La respuesta del Gobierno ha sido similar, porque elude, como Puigdemont, una explicación sensata y ajustada al sentido común. Las declaraciones de unos y otros son propias del género literario utilizado por Valle-Inclán para tratar lo que sobrepasaba los márgenes de lo razonable; creo que el intercambio epistolar y las declaraciones de algunos miembros del Gobierno sobre la crisis de Cataluña son antes objetos para construir un esperpento que expresiones dirigidas a orientar a los ciudadanos sobre qué podemos esperar.
Ninguna posición política relevante y nueva se deriva de este intercambio epistolar entre el Gobierno de España y el mesogobierno de Cataluña. Esa es la ineluctable realidad, la tragedia, que muchos quieren eludir con palabrería; sí, son muchos los periodistas que construyen hipótesis, imaginan posibles escenarios de negociación, e incluso se ponen en la piel de los principales actores de este acontecimientos. Son formas de ocultación de la realidad, de no querer enfrentarse a la oscuridad que han sembrado los golpistas catalanes. Son formas, en efecto, de eludir la crítica a los golpistas y sobre todo pasar por alto la carencia de un plan claro y distinto del Gobierno de España. En efecto, y este es el peor escenario político imaginable, lo real que es que nadie es capaz de explicar qué pasará. Me temo que ni siquiera los propios responsables por acción u omisión de este desaguisado, catástrofe o crisis política, conocen o han pensado mínimamente el desenlace del proceso golpista seguido por los secesionistas catalanes en España.Desconfíen, pues, queridos lectores, de quienes sospechan que ya están negociando las “elites” políticas de los separatistas con las fuerzas políticas constitucionalistas. Por malo que fuera esa situación, significaría algo políticamente, pero lo real es que los diferentes partidos políticos, incluidos los secesionistas, solo pretenden quedar bien con sus correligionarios y compañeros de partido. Todos se conforman con lo poco que tienen. Pero nadie explica su posición y, sobre todo, sus razones para que los ciudadanos sepamos a qué atenernos. La política muere por la estulticia de los políticos y el ciudadano se desespera por qué no sabe quién manda y, por tanto, qué debe obedecer.