Opinión

Otro nacionalismo es posible

TRIBUNA

Luis Asua Brunt | Lunes 16 de octubre de 2017

El nacionalismo, como artefacto ideológico, nació a principios del Siglo XIX en Alemania… Así empieza la obra Nacionalismo de Elie Kedourie. Un libro imprescindible para conocer su historia ideológica.

Las personas necesitan certezas para vivir una vida estable. Antes la religión facilitaba esta base, pero ninguna de las dos, ni religión ni nacionalismo -aunque estables- han sido pacíficas. Ninguna de las dos evita las ansias destructivas del ser humano.

Salvo algún multimillonario o algún espíritu completamente libertario, nadie se escapa del nacionalismo. Pero sí podemos atemperarlo. Los calorcitos tribales, las pasiones patrióticas o el amor al terruño son placebos que duran poco en nuestra existencia, más o menos rutinaria, en las que prima la búsqueda de la seguridad y la libertad para sacar adelante nuestro proyecto de vida.

Lo que hemos vivido estos días en Cataluña ha sido la expresión brutal de un nacionalismo trasnochado. Ofende la apelación racial ¡él precisamente! de Junqueras, como ofenden también el desprecio a la ley y el vapuleo a una parte muy considerable de la población, que podría incluso ser mayoritaria. En fin ofende, es el mal de estos tiempos, el abuso de la confianza depositada en beneficio de una mayoría sin contrastar y de unos objetivos disparatados o simplemente muy egoístas.

Al final, hasta los propios líderes del catalanismo recularon para no lanzarse a un abismo en el que se acabarían pareciendo a una Venezuela aislada y radical, muy lejos de la Cataluña motor económico y social de España y referencia para muchos extranjeros.

El martes 10 de octubre en el Parlament estalló el nacionalismo trasnochado que describía antes. Todo estaba montado sobre una homogeneidad falsa e intolerante. Nuestro (inevitable, muy pocos se escapan) nacionalismo moderno es mucho más diverso, integrador, abierto y democrático. Mucho más rico, en suma, que lo que se proclamaba desde el secesionismo catalán.

La formación, la renta y la diversidad de los españoles no tienen nada que ver con las categorías mentales, propias del siglo XIX, con que han actuado Puigdemont y compañía.

La disputa ahora no debe ser si habrá o no referéndum. No tengo ninguna duda de que lo ganarían los partidarios de mantener la unión con España, siempre que haya una mínima inteligencia y sensibilidad política en el estado. La disputa debería ser cómo nos enriquecemos todos, y no hablo de solo lo material, atendiendo a los diferentes sentimientos nacionales existentes, a las diferentes formas de querer a nuestro país.

España, como Canadá después de los problemas con el Quebec, tan innovadora en cuestiones sociales y políticas, podría iniciar un nuevo camino que creo apasionante y borrar de esta forma los lamentables hechos de las últimas semanas.

Empecemos por restablecer la “conllevancia orteguiana”, pero con el mismo nivel de exigencia para las dos partes. ¿Más autonomía e inversión? Puede ser, pero garantizando los derechos mínimos a la educación, la lengua, la lealtad institucional y algunas otras cuestiones esenciales que separan a catalanes y españoles... recuperemos la confianza, pero en los dos lados.