Opinión

Españoles a la intemperie

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 19 de octubre de 2017

Sánchez y Cuixart, líderes de las más conspicuas asociaciones del catalanismo, victimista y depredador, han sido detenidos. Duermen en la cárcel, en nombre de una legalidad que así se muestra vigente. No es una respuesta política sino el funcionamiento, lento pero eficaz, del mecanismo jurídico. Que la detención no es una respuesta política se ve de lejos, a la luz de los nuevos avisos y plazos que la vicepresidenta del gobierno, con atildada voz, ha señalado al secesionismo, incluso ofreciéndoles facilidad para evitar la aplicación de nuestra ley fundamental. Es obvio que se busca el apaño a cualquier precio. Pero la dinámica impersonal desatada parece llevar al desastre al margen de la voluntad de unos actores que están, unos y otros, metidos hasta el corvejón en el lodazal de la corrupción mayor: a ambos lados de esa falsa frontera hispano–catalana.

Hay una corrupción menor relativa a sobresueldos, recalificaciones, comisiones… que pese a resultar secundaria ha alcanzado un desarrollo asombroso al punto de que nadie parece desear su final. Pero hay, sobre todo, una corrupción mayor que afecta a la identidad política de la nación, a la comprensión de la propia historia y del sentido de su lugar en el mundo. Y, aunque parezca asombroso, también esta corrupción es compartida a ambos lados de la falsa frontera hispano-catalana. Es una corrupción común a derecha e izquierda, pero a la que acaso haya contribuido sobremanera una izquierda pánfila. Esa anómala izquierda española que rechaza el adjetivo y que, presa de dogmas avejentados, sigue pensando mecánicamente que la lucha de clases es el motor de la historia, sin reparar en que esas clases están previamente encuadradas en unidades políticas que no son fantasmáticas superestructuras. Envueltos en la bandera nacional un partido socialista podría lo que Podemos no puede. Y a estos efectos valdría una bandera tricolor que se esgrimiera antes como española que como republicana, anteponiendo la substancia – España – a la forma accidental de gobierno – república – que pudiera merecer. Claro que, en esa posición, vendrían a confluir problemáticamente con las posiciones fundamentales de la derecha social. Dejémoslo ahí.

El afán por el diálogo induce a pensar que ambos persiguen la persistencia del actual estado de cosas. De entrada, se juegan el turbio charco en que abrevan desde hace décadas, un lodazal que precisa un dragado en profundidad, si queremos que el agua vuelva a fluir cristalina en algún momento. O todo lo cristalina que la caída realidad histórica permite. Y esa depuración no se refiere tanto a esa corrupción menor, que produce un escándalo inmediato, y podría reducirse con relativa rapidez. La transformación esencial tendría que alcanzar a la corrupción mayor, que es la causa remota de una crisis social y política sin precedentes y de un atentado a la unidad que tiene su raíz en una honda perversión de la identidad de España. Un viejo amigo se burlaba hace muchos años al oírme hablar de la idea de España. A su juicio, no existía semejante idea. España sería algo así como un hecho en bruto, un accidente impensable. De hecho, su burla manifestaba su ignorancia. Mi amigo ocupó plaza durante años en la Asamblea de Madrid, por el partido socialista. Asimismo, resulta asombroso que el académico representante del partido que se apropió del movimiento del 15 de mayo reconozca no poder pronunciar la palabra "España". Pero el asombro se deberá al desconocimiento del triste estado de la vida académica y filosófica de la España del presente. La ocasional denuncia de la apropiación, por parte de la derecha, de la idea de España significa, sencillamente, que no hay otra idea que oponer y la prueba de esa inopia filosófica es la asunción de los objetivos independentistas, que significan la disolución de la España realmente existente. No se olvide que ésta es la única plataforma que pudiera servir de punto de partida para la construcción de otra España. Pero faltando toda idea al respecto la alternativa es no ya vacía, sino simplemente destructiva. Por su parte, la derecha en el poder rompió hace tiempo con la historia y entiende España como un país tan cargado de futuro, que carece enteramente de pasado. Ya sea abrumados por la leyenda negra, ya sea por sus viejas relaciones con el franquismo, sólo miran al futuro. Pero el futuro simplemente no es y, si no es en función del pasado, es otra forma de la nada. Así pues, ni a uno, ni a otro lado se encuentra la fuerza real dotada de una idea proporcionada de España que, sin repugnar su pasado consienta su futuro. Una fuerza social y política capaz de sobreponerse a una disolución que – sea inercial o sea revolucionaria – nos dejará a la intemperie en un presente histórico que, más allá de nuestras fronteras, también empieza a resultar desolador.