Hace la friolera de unos veinte años empecé a sumergirme en las aguas, no siempre cristalinas, de un asunto que ha hecho consumir ríos de tinta. Se trataba de afinar el proceso, el sentido y la función de la imagen —luego estereotipo— que los pueblos construyen de sí mismos y de otras civilizaciones y culturas; tanto de las próximas, como de las remotas.
Como he adelantado en alguna ocasión, un concurso de factores me han impulsado a perfilar este asunto, por la trascendencia que tuvo —y sigue conservando — la imaginología en las relaciones de hostilidad y enfrentamiento que las potencias y los pueblos han sostenido desde illo tempore.
Un tema, el de las imágenes cruzadas, que nunca ha sido ajeno a los españoles desde que Julián Juderías y Loyot publicó en la afamada Ilustración Española y Americana (enero-febrero de 1914) una conocida obra sobre la “leyenda negra” que gravitó sobre España durante siglos. De esta obra clásica existen dos ediciones recientes. No solo de la “leyenda negra” anti-española, sino también de otras varias obras existen ediciones en las que se discute el hecho de que todos y cada uno de los imperios de los que hay registro cabal hayan generado, tarde o temprano, una “leyenda negra”. La suya, propia e intransferible, aunque elaborada desde el exterior por los adversarios directos u ocultos del imperio de turno, siempre blanco de no pocos dicterios e imprecaciones.
Puesto que no estamos en un seminario de estudios, sino simplemente deslizándonos por el género del ensayo historiográfico, nos puede bastar, por el momento, la reflexión final que Joseph Pérez ha escrito en una clásica síntesis sobre el tema que aquí nos concierne:
La política, como la naturaleza, según Aristóteles, tiene horror al vacío: cuando una potencia retrocede, otra avanza para ocupar su lugar. Eso fue lo que se produjo en Europa después de los tratados de Westfalia..., que consagraron el declive de la Europa meridional y dieron paso al auge de la septentrional; no hizo falta más para que aquella Europa, anglosajona y mayoritariamente protestante, se creyera superior a la primera, la latina, pero también católica…, aunque dicha idea —matiza el conocido hispanista francés— no fuese dirigida en particular contra España, no por ello dejaba de estar en la primera línea de las críticas por la extensión de su cultura [e imperio]…Recordemos, por un instante, cómo el foco flamenco en discordia con la idea imperial carolina, y también filipina, fue la llama que aventó el príncipe de las provincias calvinistas en los Países Bajos, enfrentadas con el cetro y corona del reino de España:
La Apologie ou Défense du très illustre Prince Guillaume… contre le ban et édict publié par le roy d´Espagne fue impresa en Leiden (1581) y conoció una difusión espectacular en detrimento de la imagen de la Monarquía Hispánica.
En el enfrentamiento de marras, el príncipe Guillermo puso puntos sobre varias íes, llamadas a convertirse en el trípode sobre el que se erigió la “leyenda negra” anti-española:
Lo que persigo en estas líneas, de hecho, es subrayar cómo la argumentación que sostiene y nutre toda “leyenda negra” genera, temprano o tarde, una respuesta defensiva por parte de no pocos poderes políticos, fácticos, literarios y publicísticos pertenecientes al denostado imperio de turno —español en principio, turco-otomano poco después, y alemán en tiempos más recientes—. Ítem más, subrayar que tal respuesta produce siempre un efecto de rebote en el interior de la sociedad imperial. De tal modo que, por ejemplo, entre 1931-1939 la España republicana se convirtió en la bête noire de la derecha pensante y erudita integrada por Menéndez Pelayo, Ramiro de Maeztu, Pedro Sainz Rodríguez y Calvo Serer, entre otros. Y viceversa, naturalmente. De esa confrontación interpretativa (“vividura”, habría escrito Américo Castro) se alimentó precisamente la hostilidad entre las Españas en pugna entonces; y en ocasiones también hogaño.
Pretendo introducir en este escueto ensayo historiográfico los escenarios de los imperios turco-otomano (1453-1922) y germano (1870-1945), con las “leyendas negras” que ambos inspiraron y las contra-argumentaciones de rigor que los afectados elaboraron en su momento, en un intento de borrar ¿la memoria real o fabulada?, desde el exterior; o de esquivar el sambenito correspondiente. Además de la España imperial, conviene recordar aquí que aquellos otros dos imperios, antes mencionados, han sido implacablemente asediados por todos los fuegos de la artillería enemiga, “disparados contra los muros de la patria mía”, como se plañía Francisco de Quevedo.
Veremos, por tanto, centrados en los bocetos que siguen, cómo y por qué se fueron generando las respectivas “leyendas negras” de Turquía y Alemania, siendo la leyenda anti-turca, prácticamente, coetánea de la anti-española. La anti-alemana, por el contrario, nació al socaire de una contemporaneidad, en la que ya España —y por largo tiempo— se había convertido en un país venido a menos, una potencia de segundo rango dentro del que se dio en llamar “concierto de Europa” en las cancillerías del viejo mundo al finalizar las guerras contra Bonaparte.